9.6.18

Libres en el mar



"Adoro este ruido salvaje que es el inicio del infinito".

-Víctor Hugo



No sé porqué nos sentimos tan atraídos por el mar. Posiblemente su inmensidad líquida, siempre en continuo movimiento, y eternamente cambiante, ejerza sobre nosotros una fascinación incontrolable. También sus sonidos, y su capacidad de modificar nuestro ánimo. Pero tal vez, la verdadera respuesta esté en que todos procedemos de él. 

Es sorprendente el constatar que en nuestras venas la sangre fluye con el mismo porcentaje de sal que en el océano; tenemos sal en nuestro sudor y en nuestras lágrimas; nuestra piel es suave como la de un delfín; nuestros dedos están ligeramente palmeados; flotamos y somos hidrodinámicos; y estamos cubiertos por una fina capa de grasa subcutánea. Incluso tenemos la capacidad, al igual que cualquier mamífero marino, de aminorar el ritmo de nuestro corazón para descender a grandes profundidades. 

Estamos ligados al mar. Y cuando nos acercamos a él para surfear, para nadar, o simplemente para contemplarlo, regresamos al lugar de donde procedemos.




La costa siempre ha tenido un atractivo especial. El mar, el aire salado y el sol estremecen nuestros sentidos y acentúan la sensación de bienestar. Alejada del ruido y de las preocupaciones, la mente puede flotar libremente por la playa mientras escuchamos el sonido del viento, de las olas y de las gaviotas. Algunos lo considerarán una pérdida de tiempo, pero existen pocos placeres que superen el caminar por una playa, zambullirse en sus olas, o flotar sobre sus aguas cristalinas. Es impresionante la lista de experiencias y sensaciones a las que hemos tenido acceso gracias a una vida en contacto con el mar: dinamismo, miedo, diversión, belleza, compañerismo… , y todo lo que hemos aprendido simplemente observándolo. Siempre atentos a la dirección del viento, a las corrientes, al nivel de la marea, a las olas.

Sin duda alguna la vida es más agradable cerca del mar. Los días pasan tranquilamente tomando el sol, surfeando, riéndonos, bañándonos, hablando con los amigos... En la playa siempre hay algo divertido que hacer. Sobre la arena aprovechamos los días al máximo. Descubriendo la vida. Sumando momentos en los que parece que el tiempo se detiene. Divirtiéndonos. Porque somos libres en el mar.




Las personas acostumbradas a vivir cerca del mar solemos afirmar que no podríamos hacerlo lejos de él. Y es absolutamente cierto, porque cuando recibes su llamada es imposible resistirse.

Vivir cerca del océano me ha dado la oportunidad de contemplar muchos amaneceres y atardeceres y su increíble luz. Gracias a la fotografía, y a la capacidad que nos ofrece de poder inmortalizar esos momentos, creo haber podido capturar en algunas ocasiones la belleza de la luz. Me gusta muchísimo observar la manera en cómo ésta se refleja sobre el océano, y las formas y colores que crea en la superficie. Podría pasar horas observando esas hermosas texturas. A ras de agua, casi completamente sumergido, y a poco que se preste atención, se puede captar todo lo que emana del mar: sus variaciones, sus ondulaciones, sus destellos, su energía... 

Hacer una foto desde el agua puede parecer sencillo. Te sumerges. Remas y cruzas la rompiente. Alejado de la orilla, flotas en medio del mar. Sitúas el objetivo de tu cámara a nivel del agua. En función del oleaje, la lente se sumerge o emerge, captando sin control la superficie del océano. En esa situación, y por mucho que tengas una idea sobre la imagen que quieres tomar, la fotografía que resulte estará a merced de la variación del nivel del mar. De hecho, muchas veces pienso que mi única función es la de pulsar el disparador: el mar hará el resto. El resultado es muchas veces impredecible, pero en la mayoría de las ocasiones sorprendente.

Tras muchos errores, con el tiempo he aprendido que para obtener una buena foto basta con dejar una distancia suficiente para que el mar se pueda expresar en toda su naturalidad: reluciente, encrespado, estriado, rugiente... Balanceado por las olas y las corrientes, puedes sentir su progresión rítmica y su amplitud, hasta un punto en el que te fundes mentalmente con él. Estás mar adentro, sin nadie a tu alrededor, ni tan siquiera en el horizonte; sólo tú, la evidencia de la soledad y el ritmo irregular del mar.




“Si surfeas diariamente o muy a menudo, y te lo tomas bastante en serio, corres el riesgo de acabar complemente absorbido por el surf. Una vez has experimentado ese fenómeno, pierdes el contacto con todo, excepto con tus amigos de la playa; las olas y el océano se imponen sobre ti”. 

-Nat Young



El surf tiene un profundo impacto en mi vida. Te riges por el mar. Lo observas todos los días, buscando líneas, largas y rectas, que desde el horizonte avancen hacia la costa. En la playa analizas el modo en cómo rompe cada ola. Incluso intentas adivinar cómo romperá a medida que se modifican los fondos de arena. Te despiertas cada día de modo diferente a la gran mayoría de las personas, mirando al cielo, observando las nubes, pensando en la temperatura del agua y en el nivel de la marea, porque siempre esperas, independientemente de cuales sean tus otras obligaciones, poder surfear.




Existen múltiples definiciones de qué es el surf. Desde las más básicas a las más técnicas y complicadas. De entre todas las que he escuchado, estás tres son las que más se acercan no sólo a lo qué es, sino a cómo es.

“Siempre he pensado que la forma en la que nos desplazamos sobre una ola y reaccionamos espontáneamente es más un arte que un deporte. Tal vez no sea el caso de todo el mundo, pero sí de aquellos que tienen un contacto más profundo con la naturaleza y desarrollan una relación más cercana con el mar; para esa gente el surf se convierte en su medio de expresión”. 

-John Severson



“En el surf, la materia, la forma y el vacío están íntimamente unidos. Al igual que en la música los silencios son elementos esenciales de una partitura, el vacío en el surf es también necesario para que lo tangible cobre su máxima expresión. Pensemos en los cóncavos de una tabla y en los tubos huecos en las olas. El vacío y su opuesto, la forma, son expresiones universales que han de ir unidas para poder definirse”. 

-Juan Aramburu



"La línea sobre la pared de la ola y la fuerza de la gravedad son las dos cosas que producen velocidad en el surf. Conseguir utilizar ambas de modo óptimo es una cuestión de habilidad. Si consigues meter un cóncavo plano en la pared de una ola, subirás. Añádele una cola fina y notarás la sensación de recorrer una larga pared vertical impulsado por el empuje de la gravedad. En ese momento estarás surfeando una ola con el equilibrio perfecto entre la bajada y la velocidad máxima que puedes alcanzar, produciéndose un momento de ingravidez y de completa libertad".

-Terry Fitzgerald





"Ante la inmensidad del océano nos sentimos microscópicamente pequeños. Pensar en luchar contra ese mar provoca en nuestra mente un estremecimiento de aprensión, casi miedo. Y es que miden una milla de largo y pesan mil toneladas esos monstruos formidables que embisten la orilla a más velocidad que un hombre corriendo. ¿Qué posibilidades hay de vencerles? Ninguna".

-Jack London, tras su primera sesión de surf en Hawai en 1911. 



Pero gracias al surf, ese miedo desaparece, y el océano pasa a convertirse, durante la mayoría de los días, en el mejor campo de juego que la naturaleza nos puede ofrecer. Resulta increíble pensar en la cantidad de horas de diversión y felicidad que el surf nos ha ofrecido. Surfear nos permite evadirnos, transportándonos a una realidad completamente distinta, tan llena de experiencias que resulta imposible describirla sólo con palabras. Algunos lo han llamado la fuente de la eterna juventud. Puedes dedicarte a ello toda tu vida y aprender muchas cosas sobre ti mismo y sobre la vida en general, y aún así, no llegar a experimentar todo lo que realmente puedes. Siempre hay algo por aprender.

“He llegado a la conclusión de que aquéllos hombres estaban experimentando un placer supremo mientras el mar los conducía tan rápida y suavemente”. 

-Willian Anderson, a bordo del HMS Resolution frente a la costa de Tahití en 1778.



Puede parecer que surfear consiste simplemente en deslizarse sobre una ola. En realidad, y desde el punto de vista de la física, es el resultado de una increíble conjunción de fuerzas cuya base matemática es profundamente compleja. Sin embargo, como expresión de la relación entre el hombre y la naturaleza, no existe una actividad más sencilla. El surf posee una energía especial que se manifiesta de modo evidente en el momento en el que coges una buena ola. Cuando te deslizas sobre su pared, conectas con un campo de energía que ha sido creado por el viento a miles de millas de donde tú estás, y que te lleva a un estado de felicidad que no encontrarás en ningún otro lugar. Como la mayoría de las experiencias “espirituales", resulta difícil describirlo con palabras. En los días realmente buenos, llegas a sentir que estás en armonía con el océano, en un estado que te permite olvidar tus miedos y preocupaciones, y distanciarte por un instante de tu vida y asuntos diarios. El tiempo se vuelve relativo. Tu capacidad de concentración parece infinita. Sobre una ola planeas. Giras en el interior de paredes tridimensionales. Te tumbas hasta tocar la base de la ola. Trepas sobre espumas que acaban de romper. Te lo pasas en grande, en un estado de perfecto equilibrio, mientras con un mano rozas suavemente su pared.




Erasmo decía: "¡Qué locura confiar en el mar!". Y hasta cierto punto tenía razón. Porque desde la orilla puede parecer una locura enfrentarse a las borrascas y sus olas. Pero, ¿y si esa locura fuese la verdadera cordura?

La tierra es el único planeta del sistema solar con mares y océanos. Los mismos ocupan el 70 por cien de su superficie, limitando con los litorales más diversos de todos los continentes. Producen alimento y oxígeno. Curan mediante las sustancias activas de la sal y las algas. Determinan las costumbres y la economía de múltiples regiones. Influyen en el clima del planeta. Nos fascinan con sus mareas gobernadas por la luna, por sus profundidades insondables y sus permanentes cambios de escenario y de color. Así que cómo no confiar en él.




"El mar, prodigio de la monotonía inagotablemente variable".

-Víctor Hugo



Desde que era niño siempre me ha fascinado el ciclo de las estaciones y los cambios que la acompañan. Cambios que siguen una pauta que se repite una y otra vez, y que son una de las más fuertes manifestaciones de los equilibrios que la naturaleza establece para que la vida sea posible. Estos cambios expresan la transitoriedad que acompaña nuestras vidas. Nunca nada es para siempre. Todo pasa. Y ésta es una lección que hasta una simple ola rompiendo nos puede enseñar. El mar, frente a la falsa sensación de permanencia que nos ofrece la tierra, representa la eternidad del cambio. Y al igual que ocurre en la vida cada vez que nos enfrentamos a una decisión crucial, en el mar, al vértigo que precede a la bajada de una ola, le seguirá el placer del equilibrio que llega después.




El universo está lleno de ondas. Algunas son tan pequeñas que no podemos verlas. Otras incluso son invisibles, como el sonido o la radiación solar. Algunas son tan grandes que sí las apreciamos, como los frentes de nubes o las mareas. Entre todas las ondas, las olas tienen la proporción y el tamaño adecuados para que podamos relacionarnos con ellas. Cuando remas hacia el interior del mar, alejándote de la orilla, entras en un terreno salvaje. El océano es imprevisible. Todo eso crea una relación muy especial, y motiva sentimientos también especiales. Que podamos jugar con las olas, disfrutarlas, nos convierte en unos seres privilegiados. Cuando nos deslizamos sobre una ola, se nos permite pasar a ser parte de algo más grande que nosotros. En esos momentos la naturaleza nos muestra de modo evidente que somos parte de este planeta llamado Tierra.




“El mar es libertad. 
Hombre libre, siempre buscarás el mar.” 

-Baudelaire



Tengo una libreta en la que guardo textos que voy recopilando. Se trata de párrafos y frases escritas por diferentes autores, que he ido mezclando y modificando, como un collage, a lo largo del tiempo, y con los que he dado forma a muchas de las ideas y pensamientos que describen mi relación con el mar. Aunque yo no he sido el autor, y el mérito corresponda a gente como Drew Kampion, Frank Lanting, Phillip Plisson, Christian Buchet, Pierre Borham, Albert Falzon, Javier Aramburu, Willy Uribe o J.F. Kennedy, me siento totalmente identificado con sus palabras, hasta el punto de sentirlas casi mías.

La idea original era que todo esto diese forma a un libro y a una exposición. El libro ya es realidad (aunque hay sólo 2 ejemplares). De la exposición no tengo ni idea.

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