3.11.15

HISTORIAS. Biarritz (parte 13 y fin). Villa Belza.



















Con esta entrada se termina la serie dedicada a Biarritz. Y no podíamos acabar, sin escribir algo sobre Villa Belza. No es precisamente el edificio que más me gusta de la ciudad, pero de entre todos, posiblemente sea la construcción que sirva mejor para identificarla. Podía haber sido el faro, el Casino Municipal, el hotel du Palais, la casa del océano y del mar o el acuario, pero Villa Belza, por su ubicación en La Cote des Basques, sobre un saliente de roca que es visible, hacia el sur, desde toda la costa, es la imagen con más fuerza de la ciudad. 

La historia de Villa Belza comenzó en 1825, cuando un agricultor llamado Dominique Daguerre, y a través de un intercambio con el municipio, se hizo con la propiedad de un campo que se encontraba sobre una rocas en las faldas de la Atalaya. Aquel era un terreno sin valor, salvo por el uso que le daban los habitantes de Biarritz, que acudían a él a pescar desde sus rocas o a pasear. El terreno, conocido como el “campo de los ruiseñores”, fue pasando de propietarios hasta que en 1882 lo adquirió Ange du Frenay, gerente de la compañía de seguros Phoenix en París. 

Las obras de construcción de la villa se iniciaron en 1889, dirigidas por el arquitecto Alphonse Bertrand, y terminaron en 1895. La casa era un regalo de du Fresnay a su mujer, Belza. El edificio en sí, si no fuese por su torre, es bastante normal. Lo que lo hace realmente especial es su ubicación sobre las rocas. No sé si este emplazamiento, en su día un tanto alejado del núcleo de la ciudad y que parece adentrarse en el mar, unido con sus miradores de aspecto transilvano y los tejados de pizarra que recuerdan a la mazmorra de un castillo medieval, le dieron a la villa un cierto misterio, lo que unido a su nombre Belza, (en euskera “beltza” significa “negro”), ayudó a crear entorno a ella numerosas leyendas protagonizadas por el misterio que la vinculaban con la brujería e historias de  fantasmas. 

Todas estas leyendas se alimentaron posiblemente por los diferentes usos y ocupantes que tuvo la casa a lo largo de su historia, sobre todo a partir del año 1923. En ese año, du Fresnay alquiló la casa a Gregory Beliankine, cuñado de Igor Stravinsky, quién abre en la villa un restaurante ruso, aunque el nombre que le puso no lo pareciese: “el Castillo Vasco”. El restaurante tenía como principales clientes a los miembros de la realeza y burguesía rusa que veraneaban en Biarritz, pero también a otros miembros de la realeza europea. El lugar pronto se cobró la fama de ser “el último refugio de los juerguistas impenitentes”. Durante las noches de verano, se celebran lujosas cenas, siempre organizadas en torno a una temática particular: hubo fiestas japonesas, fiestas dedicadas a los dioses Neptuno y Baco; en las llamadas noches africanas, el jardín de la casa se convertía en un selva, en la que no faltaban ni los gorilas. En 1927 se emprendió una renovación total del edificio que lo transformó en un cabaret ambientado en el siglo XVII, con paredes cubiertas de cortinas rojas, muebles Luis XIII y temática dedicada a los mosqueteros. A pesar del cambio de nombre introducido por Beliankine, que buscaba alejarlo del misterio que acompañaba a la casa, en el pueblo tuvieron más fuerza las leyendas, por lo que el lugar continuó conociéndose como Villa Belza. 

Toda esa intensa vida social en la casa se mantuvo hasta 1940, en el que el edificio fue requisado. Un nuevo cambio de propietarios, pasada la guerra, llevó a su restauración interior y a la división de la villa en 7 apartamentos. La relación entre los nuevos propietarios estuvo siempre protagonizada por las paleas, las denuncias y los pleitos, …, lo que llevó a una continua degradación de la casa, que entre 1950 y 1974 sufrió dos incendios. Afortunadamente un nuevo propietario corrió al auxilio del edificio, y evitó que sufriera un deterioro definitivo. Desde 1997 la villa es propiedad de la ciudad. 

Gracias a su fuerza visual, el edificio ha servido de decorado en numerosas películas, catálogos de moda, anuncios, …, y hoy en día sigue siendo uno de los mejores fondos posibles en cuanto a lo que a fotografía de surf se refiere. De hecho una de mis intenciones era esa: hacer alguna foto buena de surf en aquella playa, No sólo por el lugar, sino por la calidad de la gente que surfea allí, sobre todo en longboard. Sabía también que durante esos días, además de los habituales Donizetti, Delpero o Margaux, estaban por la zona Lola Mignot y Kelia Moniz. Pero no coincidí con ninguno de ellos en el agua, así que las fotos serán en otra ocasión, al igual que otras muchas cosas que quedaron sin hacer en este viaje.

"El mar es muy frío, y se necesita mucha fortaleza para decidir entrar. Sin embargo, no me he perdido un solo baño desde que estoy aquí."

-Eugenia de Montijo

4 comentarios:

  1. Muy interesante Jesús, y muy bonitas fotos

    ResponderEliminar
  2. Buenas Jesús, desconocía la historia, me ha gustado y me ha traído recuerdos.
    A mi sin embargo me pasó que estaban haciéndole un reportaje a las chicas de Roxy y la foto del baño, según el fotógrafo, fue una que me tiró a mi. Casualidades.
    Saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jeje!!!, qué bueno!!! En mis 2 viajes las olas un desastre. Espero que el fotógrafo al menos te haya enviado la foto (salir en el catálogo de Roxy hubiese sido demasiado).

      Eliminar
    2. Pues si, la foto me la pasó. En cuanto a lo de salir en el catálogo de Roxy, me temo que no doy el tipo ;).

      Eliminar