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22.7.19

Playa do Palleiro.



Hace unos meses, Ángel Chao me enviaba por correo electrónico una serie de planos del siglo XVIII en los que aparecía, con más o menos detalle, la costa que forma el Golfo Ártabro. Ángel me los enviaba porque le había llamado la atención que en todos ellos aparecía un arenal como el nombre de Pallejo, Palleiro o Palleyro en lugar del de Doniños (pulsar sobre las imágenes para ver en grande). Revisando otros planos de la época, en ningún otro aparecía esta denominación, así que tras darle las gracias a Ángel por compartir los planos conmigo, le prometí que investigaría el porqué de ese nombre.

Y como suele ocurrir muchas veces, la respuesta llegó a mí por casualidad. Me la dio el otro día Matilde Caridad, a quien se lo había contado el Sr. Guillermo hace años. La mitad norte de la playa de Doniños, que en realidad se encuentra en la parroquia de San Jorge, era conocida como la playa de Os Palleiros por los pescadores que navegaban frente a esta costa.

Antes de la construcción de los faros de Cabo Prioriño y Prior, cuando las gentes del mar salían a pescar (lo hacían todavía a remo), se orientaban en base a referencias que tomaban en tierra. Frente a un arenal de algo más de kilómetro y medio, y una costa no siempre con buena visibilidad por la niebla, una de esas referencias eran los palleiros que los campesinos de la zona de Outeiro levantaban en sus tierras con la hierba segada. Esos cúmulos, que se formaban a partir de un poste de madera central, servían para guardar la paja, protegerla de los agentes atmosféricos y lograr que conservase sus cualidades nutricionales. La producción de hierba de la zona debía de ser tan buena, que se cuenta que los palleiros que se formaban en Outeiro eran especialmente altos, lo que los hacia perfectamente visibles desde el mar. Y esa referencia le dio a la playa durante muchos años un nombre que hoy ya casi nadie conoce.





28.10.15

HISTORIAS. El Pedrido.


Independientemente del calendario, hay muchas cosas que marcan el verdadero comienzo del otoño: recoger las primeras castañas, que se acaben los tomates en la huerta, encender la estufa de leña, el primer baño en el Pedrido, ... . Ayer fue ese día. 

He hablado de el Pedrido alguna vez en el blog, pero nunca con tanta extensión como lo hice hace un año en un artículo que se publicó en la revista Hangten. Y ya que ayer comenzó el verdadero otoño, creo que hoy es una buena ocasión para recuperar aquel artículo. Así que podéis leerlo, tal y como se editó en la revista pulsando AQUÍ, o a continuación en el blog, con fotos sacadas en el último año, algunas de ayer:
























Decir que algo es “lo más” siempre conlleva un cierto riesgo. ¿“Lo más” con respecto a qué?. ¿En qué materia?. ¿En qué ámbito geográfico?. Afirmarlo debería requerir de un conocimiento casi absoluto sobre la cuestión a la que se hace referencia, lo que en muchas ocasiones resulta imposible. Por eso, calificar a la ola del Pedrido como la más larga de Galicia, incluso como la más larga de Europa, como alguno se ha atrevido a decir, posiblemente sea muy aventurado. Pero si nos ceñimos a mi experiencia, la de alguien que más bien ha viajado poco y que por tanto no es que conozca muchos lugares, sí puedo decir que de todas las olas que he surfeado, ésta cumple perfectamente con esta condición.

La ola toma su nombre de uno de los puentes más emblemáticos de Galicia, el del Pedrido, puente que atraviesa la ría de Betanzos en la desembocadura del río Mandeo, en la provincia de A Coruña. La idea de construir el puente surgió a principios del siglo XX. Antes de su construcción, las comunicaciones entre Ferrol y A Coruña eran bastante malas. La opción más rápida de viajar entre las dos ciudades era por mar, pero los temporales de invierno desaconsejaban muchas veces esta opción: una vez perdido el abrigo de las rías, las embarcaciones quedan expuestas a toda la violencia de los temporales. Además la configuración de este tramo de la costa, con multitud de bajos, como los situados frente al islote de A Marola, da lugar a que el mar multiplique de forma brusca su tamaño, y a que las corrientes sean especialmente fuertes, lo que dificulta mucho la navegación. Sólo así se pueden entender los múltiples naufragios que han tenido lugar en la zona. Por tierra, aunque más seguras, había tras dos opciones tampoco muy buenas. O se seguía hacia el interior, por la carretera que llega a Betanzos, y que permite en esta ciudad salvar el río Mandeo, o se cruzaba la desembocadura del río utilizando el servicio de pasaje en bote a remo. La embarcación cruzaba el río a la altura de donde hoy se encuentra el puente. El problema de la primera de estas dos rutas era el tiempo de viaje, que resultaba excesivo. El del paso con bote, el que la carga estaba muy limitada.

La construcción del puente se inició en el año 1939, y se concluyó en 1942. Fue diseñado por los ingenieros Eduardo Torroja y César Villalba, y construido en hormigón armado, un material que aún resultaba innovador en aquella época. El puente tiene una envergadura considerable, ya que en su día hubo de elevarse lo suficiente para permitir el importante tráfico fluvial que hasta mediados del siglo XX utilizaba el río para el transporte de mercancías, principalmente con origen y destino en Betanzos. La figura del puente está dominada por un potente arco y tiene una longitud de 520 metros.

Crucé el puente en bus muchas veces durante mis años de estudiante, en el trayecto Ferrol-Coruña, Coruña-Ferrol, antes de que se abriese la autopista. De aquellos viajes recuerdo que me llamaba la atención lo estrecho de su calzada, y lo rápido que pasaba el bus por él, haciendo valer su superioridad en tamaño con respecto a los otros vehículos, lo que dio lugar a más de un paso realmente emocionante, sobre todo cuando nos cruzábamos con otro autobús o con un camión. En aquellos viajes, más de una vez me quedé sorprendido con las olas que se veían romper en la desembocadura del río, siempre solitarias, y de las que era difícil adivinar su tamaño, precisamente por la distancia a la que rompían.

Con el tiempo he descubierto que ese mismo pensamiento fue compartido con otros muchos surfistas que pasaron por allí antes que yo. Carlos Bremón, uno de los pioneros del surf en Galicia, recuerda como en sus viajes de principios de los 70, desde Coruña a Ferrol, para surfear en Doniños o Pantín, siempre paraban cerca del puente para echar un ojo a las olas. Sin embargo nunca llegaron a surfear en el Pedrido por el peligro que suponían podían representar las corrientes que se generaban en la desembocadura del río, además de por lo lejos que las olas rompían de la costa. Sus grandes preguntas eran ¿por dónde entrar?, ¿por dónde salir? Posiblemente una mala experiencia vivida por su amigo Rufino, también surfista y primer shaper gallego de las tablas Rufo’s Surfboards, tuvo mucho que ver en aquellas dudas. Rufino, gran pescador y conocedor de la costa, contaba que en un día de pesca, y tras ser sorprendidos por una repentina subida del mar, habían tenido serios problemas en aquella zona. El temporal les había llevado a buscar refugio en la ría de Betanzos, en donde sufrieron una avería en el timón de su barco. Sin gobierno sobre la embarcación, y creyéndose protegidos por las aguas abrigadas de la ría, fueron sorprendidos de pronto por unas olas imponentes que rompían dentro de la ría y que no se esperaban, y que les hicieron temer por su integridad y la del barco. Aquella aventura dio al lugar una dosis extra de peligro y misterio no merecida.

Pero si alguien disfrutó por primera vez de las olas del Pedrido ese fue Juan Abeledo. En el diario del viaje que emprendió a bordo de un kayak fabricado por él mismo en el año 1948, y con el que recorrió las rías de Ferrol, Ares y Betanzos, cuenta como al llegar al Pedrido, y antes de desembarcar en la playa, “se nos estropeó el timón cogiendo una ola. Para poder volver hasta Ferrol tuve que rehacerlo con maderas que encontré por la playa.” Juan, que había conocido el surf en los años 30 a través de una publicación que describía el surf, siempre consideró aquel deslizamiento sobre las olas del Pedrido como su primera experiencia surfística.

Pero cuando la ola ha tomado verdadera trascendencia, y ha empezado a ser conocida de verdad, ha sido a partir de la organización en el año 2010, por el colectivo Galegos Asociados polo Longueirón, de la primera edición del Onda Longa. En aquel año, Yago Baz, Román Díez y Dani Alvite decidieron organizar en Galicia un festival, a semejanza de otros que ya tenían lugar en el mundo, en el que primase la diversión sobre la competición, y para ello eligieron una ola especial, situada dentro de una ría, en un lugar rodeado de castaños y robles, y en el que las buenas condiciones de mar siempre estuviesen aseguradas. De hecho, y en el año 2011, precisamente porque no se dieron las condiciones adecuadas de mar, Onda Longa no se celebró. Por sus características, la ola exige fijar un periodo de espera para la celebración del festival. Porque el Pedrido no rompe siempre. Posiblemente no lo haga en buenas condiciones en más de 10 ocasiones al año. Hay años que ni eso. Se trata de una ola que depende de muchos factores, todos los cuales han de coincidir: una cierta intensidad de mar, en la dirección adecuada, oeste - noroeste, a poder ser con vientos flojos del sur - suroeste y con un punto de marea concreto.

La ola, que rompe en el medio de la ría, comienza a funcionar a partir de media marea subiendo. Con marea baja, la rompiente se extiende tanto a través de la desembocadura del río, que carece de la fuerza suficiente para ser surfeada. Pero a medida que va subiendo la marea, el mar se concentra, dando lugar a dos tipos de ola: una derecha muy larga, aunque con poca fuerza en algunas de sus secciones, que puede dar recorridos de más de 600 metros, y una izquierda, más corta, aunque también muy larga, que en el punto bueno de marea levanta secciones muy divertidas. 

Llegar hasta la ola exige consecuentemente una remada también muy larga, pero que se encuentra totalmente compensada por la belleza del paisaje y por la cara de felicidad de los otros surfistas con los que te vas cruzando, mientras remas con fuerza en busca de una nueva ola.

15.5.15

HISTORIAS. La Rufo's Azul.
















El viernes pasado nos acercamos hasta Sabón para ver de nuevo a Rufino, uno de los pioneros del surf en Galicia y las manos tras Rufo's Surfboards, el primer taller de tablas de surf que se abrió en Galicia a principios de los sesenta. 

Días antes de la visita, y a modo de sorpresa, intenté juntar varias de sus tablas, para llevárselas y que las viera muchos años después de haberlas hecho: llamé a Antonio, que me dejó la Rufo's de la flecha; en casa tenía la de Nano; Super, que vendría conmigo, traería la Amarilla; y el miércoles para cerrar la recolección, y de vuelta del trabajo, vi que Juan Abeledo estaba en casa, así que pasé a coger la Gaviota y la Rufo's Azul. Ya estaban todas.

A nuestro viaje se unió Carlos Bremón, así que los tres, más todas las tablas, casi no cabíamos en el coche. Cuando llegamos, y tras los saludos, le enseñamos a Rufino las tablas. "¡¡Qué gran alegría me da el verlas todas juntas!!", exclamó. Al grupo se unió la única Rufo's que conserva. No se acordaba de ninguna de ellas en particular, salvo de la Gaviota de Juan. La que más le gustó fue la Amarilla, de la cual incluso se atrevió a tomar medidas para, tal vez en un futuro próximo, hacer una parecida. Con la Azul en sus manos, y repasando sus cantos y formas, dijo que posiblemente fuese una tabla de las de la primera época. La cola en pin-tail y los cantos, eran similares a la tabla de Darryl, el sudafricano que le había descubierto muchos de los secretos del trabajo con la resina, y que se había pasado por Coruña en 1972; la quilla era de madera, como las primeras que hizo antes de empezar a construirlas en fibra; y el foam, también era de los fabricados por él.

Antes de llevar la Rufo's Azul a Arteixo, la puse al sol; le quité la parafina, la limpié y le di cera. Las huellas del paso del tiempo son evidentes en ella. El foam ha amarilleado. La fibra está estallada en los cantos y en la zona del alma. La cola deja al aire la madera. El puente para el invento sigue sin embargo mostrándose robusto, tal vez por ser doble. La quilla muestra el vasto trabajo de unirla a la tabla. Es para mí todo un privilegio el poder acceder a estas tablas, de ahí mi interés en fotografiarlas y documentarlas, ya que en si mismas constituyen uno de los mejores de los documentos de la historia del surf en Galicia.

23.12.13

HISTORIAS. Juan Abeledo, insignia de oro de la ciudad.


Cualquier ocasión es buena para recordar a Juan Abeledo. Y si hoy lo volvemos a hacer en desdelacroa, es porque ayer el Concello de Ferrol anunciaba el homenaje que se le dará el próximo día 7 de enero, en los actos de celebración del día de la ciudad. El Concello ha decidido otorgarle la insignia de oro de la ciudad, en reconocimiento a su voluntarismo y labor desinteresada de ayuda a los demás.

Para los que tuvimos la suerte de conocerle, Juan resultó ser toda una inspiración y ejemplo en nuestras vidas. Pero además, y desde su trabajo voluntario como primer socorrista en la playa de Doniños, no solo salvó muchas vidas, sino que también sentó, con esta iniciativa pionera, las bases del servicio de socorrismo en Ferrol. Pero Juan no sólo fue pionero en este campo. Todas aquellas tareas que emprendió las realizó siempre con ingenio y bondad. Sin duda todo un ejemplo a seguir y del que sentirnos muy orgullosos.

Seguro que allá donde esté recibirá este reconocimiento con alegría y una gran sonrisa. 

18.8.13



Aunque uno crea que el paso del tiempo lamina las emociones, es inevitable, aunque haya pasado ya un cierto tiempo, revivir todas esas sensaciones que surgen cuando se recuerda a alguien querido, y más cuando se hace rodeado de amigos y en el lugar que Juan consideraba su hogar. 

Fue un acto breve, como creemos que a él le hubiese gustado, y también alegre. "¡¡Ser felices!!", estoy seguro que nos gritó cuando le saludamos, a la vez que nos enviaba la serie más grande de la tarde para recordarnos que había unas olas perfectas rompiendo en la playa que no nos podíamos perder.

Sé que fueron muchos los que habiendo querido estar, no pudieron formar con nosotros el círculo que trazamos en honor a Juan. Bastó con vuestros pensamientos, allá donde estuvieseis, para saber que estabais con nosotros.

Muchas gracias a Pablo "Nordeslizamento" por la fotografía que ilustra esta entrada, y a Xavi y a Super por los vídeos.

17.8.13

CITAS. Hoy en Doniños.


Será un sencillo y pequeño homenaje, aunque esta sé que es una palabra que no le gustaba especialmente a Juan, poco propicio a los reconocimientos, aunque mereciese muchos. 

Hemos quedado frente a la caseta de socorrismo a las 6 de la tarde. Cerca del lugar en donde pasó muchos de sus veranos en Doniños. Allí donde ejerció de modo voluntario una gran labor como el primer socorrista de la playa. A las seis y media entraremos al agua y formaremos un círculo cerca de la "corriente de la punta", en donde lanzaremos al aire y al mar unas flores. Y después a coger olas. A disfrutar de un baño que sabemos estaría encantado de compartir con nosotros.

Así que allí os esperamos a todos los que os apetezca pasar hoy por Doniños.


Y después, dentro de la programación de la IV Concentración de pioneros del surf en Galicia, y tras el baño, habrá una cena en el Refugio de Penencia, dedicada a Ángeles Vega, Nicolás Pita, Victor Montenegro y Nacho Montenegro, pioneros del surf en la playa de Patos.

14.8.13

CITAS. 17 de agosto.



Hoy, 14 de agosto, Juan Abeledo hubiese cumplido 97 años. 

Somos muchos los que tanto antes, como ahora, nos acordamos en infinidad de ocasiones de él, y de las muchas historias que nos contó, verdaderas lecciones de cómo debemos de afrontar la vida para lograr algo que tendría que ser bien fácil, y que no siempre se consigue: ser felices. 

Cuando se despidió, fuimos muchos los que no tuvimos la oportunidad de darle un último abrazo. Ya han pasado unos meses de aquello, y coincidiendo con su cumpleaños, queremos enviarle un saludo el próximo sábado día 17, a las 18:30, desde la playa de Doniños. Allí donde esté, seguro que estará encantado de vernos.

Hemos quedado a las 18:00 horas frente a la caseta de socorrismo en Outeiro, para en media hora, y desde el agua, cerca "da corrente da Punta", recordarle y contestarle a su despedida.

Estáis invitados a participar todos los que lo conocisteis, y también los que no habiéndolo hecho, pero que sabéis de su valía como persona, os queráis unir a este pequeño homenaje. Sólo una cosa, traer vuestra tabla.

Este recuerdo forma parte también de la IV concentración de pioneros del surf de Galicia.

23.4.13

HISTORIAS. Juan Abeledo. Nunca es tarde para empezar. Parte 5 y fin.



Si aún no has leído los episodios anteriores, se recomienda ver la parte 1, parte 2, parte 3 y parte 4.

Juan y el surf.

El surf llegó a mí de la mano de mi hijo Juan en el año 1977. Antes, con 14 o 15 años, ya había llamado mi atención a través de alguna foto que me imagino que había visto en una revista o un noticiario. Sin embargo era un deporte que se practicaba en lugares lejanos, al otro lado del mundo, no aquí. Miraba a las olas de mi playa y soñaba que, algún día, podría surcarlas montando en una de aquellas míticas tablas de los hawaianos. Deseaba practicarlo desde los 15 años, pero no llegó a mí hasta 45 años después.

Sin embargo, y antes de tener la primera tabla, se puede decir que ya surfeábamos con una canoa que nos construimos con lona de cáñamo. Medía unos 6 metros de largo por 1 metro de ancho, y llegamos a navegar en ella hasta 4 personas. Primero la utilizábamos para hacer rutas por la ría de Ferrol los fines de semana, y luego travesías hasta la de Ares. Incluso fuimos una vez hasta los Caneiros, en Betanzos, en una travesía de más de 30 kilómetros por mar y 15 días de viaje. También llegamos a A Coruña en tres horas. En el viaje hasta Betanzos, y cuando salimos a mar abierto para pasar de la ría de Ferrol a la de Ares, nos sorprendió una fuerte marejada y lluvia, que nos obligó a separarnos una milla de la costa, antes de virar a toda prisa para empopar las olas. Desde los barcos de pesca nos llamaban locos, y no les faltaba razón. También recuerdo que en el puente del Pedrido, en la desembocadura del río Mandeo, se nos estropeó el timón surfeando una ola. Para poder volver hasta Ferrol tuve que rehacerlo con maderas que encontré por la playa. Por cierto, algún tiempo después de esta aventura, surgieron problemas con uno de los tres socios con los que compartíamos la propiedad de la canoa, y que intentó hacer un uso inapropiado de la embarcación. Mi otro amigo y yo tomamos una decisión. Lo citamos un día en el muelle para entregarle su parte de la sociedad. No asistió a la cita, y previendo esto, fuimos provistos de una sierra; medimos los 2 metros de piragua, la aserramos y le dejamos su parte allí. La piragua quedó un poco más corta, pero como ya sólo éramos dos, servía igual.

También se lanzaba a las olas sólo con el cuerpo -comenta Matilde-, y solía acabar revolcado en la orilla, lleno de arena tras coger una.

Pero mi verdadera historia como surfista comenzó el día que mi hijo Juan apareció en casa con una tabla de surf inglesa que había comprado en un viaje que hizo a Cantabria en autostop. Tan pronto como la vi le dije: “¡Yo también quiero una tabla para mí!”. Asombrado él me preguntó “¿Pero estás seguro qué quieres hacer surf a tu edad?”, a lo cual yo le respondí sin dudarlo: “Si sabes de una tabla, cómpramela.” 


A las pocas semanas Juan hijo cumplió el deseo de su padre y apareció con un precioso tablón azul y amarillo, que sería su primera y única tabla. “La había comprado en Coruña a su amigo Jose. Aún la conservo, con su pintura original, azul y amarilla, y “La Gaviota” que le pinté en fibra en la proa para bautizarla.

Fue así como con sesenta años me entró lo que yo llamo el “síndrome del surf”. Desde entonces lo primero que hacía al levantarme por la mañana era abrir la ventana y mirar al mar en busca de ondulaciones: ¡¡hay olas!!. Y fíjate que felicidad, porque el mar casi siempre estaba bien. Y eso que el océano es algo vivo. Tiene su carácter, cambia de humor. Hacer surf en él es una locura. Imagino lo que sentirá un joven, que puede hacer maravillas en las olas. Es fantástico hasta cuando te da revolcones el mar. Estuve surfeando unos 15 años, hasta los 75. Los primeros 3 o 4 años surfeaba solo en Doniños, salvo algunos domingos que aparecían por aquí la gente de Coruña: Carlos Bremón, ¡el gran Tito!, Vari Caramés, Jose, Rufo, y los compañeros de mi hijo en Náutica. Me hubiese gustado haber podido disfrutar del surf más años. De hecho creo que no he hecho ni la décima parte del surf que me hubiese gustado. También es cierto que con los años de madurez se calmaron mis ansias de coger olas. Creo que supe aprovechar mi oportunidad, a pesar de que tenía 60 años cuanto ésta se presentó. Y desde luego que no me consideré mayor para aprender y disfrutar del surf por haber empezado tan tarde.

Además de los citados recuerdo también a Cristina Rodríguez, la primera mujer surfista. Cristina era hija de mi amigo Jaime. Le entró la furia por el surf, y tras probar “La Gaviota”, su padre le compró una tabla. Surfeamos juntos 4 años a finales de los 70 y principios de los 80.

Al igual que Cristina, pronto comenzó a surfear más gente de Ferrol, como los hermanos Antón, Alberto, Fernando, Jorge y José Luís, que eran unos verdaderos asiduos. Fueron los primeros en Ferrol. Luego apareció Juan Chedas, que pasaba los veranos en una caseta en Doniños a mi lado. También los Couto, los Montalvo. Todos dejaron en mí grandes y felices recuerdos. Y así fue como de repente, de surfear solo, pasé a verme rodeado de chavales que me contagiaban su alegría y con los que continuamente estábamos riéndonos y pasándolo de maravilla. A veces nos llegábamos a juntar entre 15 o 20 personas en el agua. Y ellos me gritaban “¡Abuelo!, ¡esa ola es mía!”. Y yo les decía, “¡ni os atreváis a cogerla que os paso por encima!”. Lo pasamos fenomenal. Aún es hoy el día que me gusta verme rodeado de gente joven, que me contagie su alegría y las ganas de seguir haciendo cosas.

Al poco tiempo de haberme iniciado en el surf mi hijo Juan me encargó recibir y mostrar las olas a unos chicos que venían de Cantabria. Fui a buscarlos a la Croa y allí estaban esperándonos sentados, al lado de su Citroën dos caballos. Se quedaron con nosotros unos 15 días y tuvimos un trato muy cordial. Surfearon olas maravillosas en Doniños todos los días; eran muy buenos. Lo que yo consideraba que eran surfistas de verdad. Recuerdo que nos ayudaron a apagar un incendio al lado de nuestra casa. ¡Cómo trabajaron ayudándonos a vencer a las llamas! Uno era Pedro Beraza, otro José Manuel Solana y del resto no me acuerdo de sus nombres. Pedro me enseñó a trabajar con la resina y con lo aprendido conseguí arreglar aquella primera tabla que mi hijo había traído de Cantabria y que a los pocos días de su estreno en Doniños había partido.


Yo les hacía caldo gallego – dice Matilde. Les encantaba. Uno de ellos se sentaba con las piernas cruzadas en el suelo a hacer yoga, y como yo no sabía lo que estaba haciendo, me quedaba pasmada cuando sus amigos me decían que estaba en trance. ¡Mucho les gustaba el caldo gallego!. Durmieron en una tienda de campaña que les dejamos. Eran muy buena gente.

También recuerdo una furgoneta de ingleses que apareció un día en la playa, y que se quedaron en Doniños varios meses. Estuvieron tanto tiempo que hasta habían dado nuestra dirección en Doniños para que sus familiares les enviasen cartas desde Inglaterra. Cuando se marcharon nos dejaron dinero para recogerles el correo y remitírselo de nuevo Inglaterra. Creo que les debo aún unas 100 pesetas del fondo que dejaron, ¿verdad Matilde?

A diferencia de ellos, yo era un surfero de los de dejarse llevar por la ola, correr la pared y nada más. Disfrutaba deslizándome, y si algún día tenía algo de suerte, y la ola era buena, me colocaba en la punta. Surfear una ola era toda una maravilla. Y tras el baño me iba más contento que un ocho para casa.

Aquellos años están llenos de otras muchas anécdotas e historias. Carlos Bremón se hacía su propia parafina y Rufo aprendió a trabajar con la resina y la fibra, por lo que comenzó a hacer tablas de surf como la Rufo´s que ves aquí. Ésta es “La Guapa”. La usó mi hijo mientras estudiaba Náutica en Coruña. Conservo también otra tabla, de color negro, hecha por Félix Cueto, aunque no funcionaba muy bien. Y también los inventos que fabricábamos con cuerda con goma de neumático y que atábamos a la base de la quilla.

De entre todos los días de olas recuerdo uno en el “Rincón” de Doniños, un día precioso de derechas… Derechas bien formadas con bastante mar. Una ola de la serie hizo que “La Gaviota” se desplazara en dirección contraria a mi brazo y me llevé un susto de muerte. ¡¡Mi brazo!!, grité. Cuando eché la otra mano al sitio habitual del hombro no lo encontré. Menos mal que al final apareció. ¡¡Alberto, Alberto!!. ¡¡Me he dislocado el hombro!! Llamé a Alberto Antón a gritos para que me ayudara a llegar a tierra. Él y sus hermanos me llevaron al hospital vestido con mi traje de buzo.
Allí los médicos no daban crédito al verme, y tras convencerlos de que no recortaran el traje, no paraban de preguntarme – “Pero abuelo, ¿qué narices estaba usted haciendo en el mar?” A lo que yo respondí: “Por favor hagan su trabajo rápido que quiero volver a la playa. ¡¡Me están esperando unas olas fantásticas!!”. Estuve un mes con el brazo en cabestrillo hasta poder volver a surfear de nuevo.

En mis últimos años, a partir de los 75 y hasta los 80, surfeaba más de barriga, acostado o de rodillas, pues con los años me costaba ponerme de pié debido a la artrosis.

Del surf, con ochenta años, me pasé al campo a través. Estuve corriendo durante cinco años, aunque claro, a mi ritmo, no como cuando tenía sesenta años. Participé en el primer memorial Adolfo Ros, y logré dar la vuelta a la Ría de Ferrol. Hoy sigo practicando natación. Cuando la temperatura del agua me lo permite me baño en el mar. Sigo yendo a nadar a la piscina, o a caminar, porque tengo claro que si me siento en el sillón me atrofio. Padezco artrosis pero creo que mientras me mantenga en movimiento seguiré pudiendo hacer muchas de las cosas que me gustan. Lo único que me ha quedado por hacer en la vida ha sido probar el parapente o el surf con vela. Ahora escucho la radio, veo la televisión, leo la prensa. Aún tengo la del domingo sin leer. No me da tiempo a leerla todos los días. Luego, chapuzar en casa. Si no tengo ninguna ocupación pendiente cambio las cosas de sitio. Carpintero, albañil, electricista, hasta peluquero. ¿Sabes que la última vez que fui al peluquero fue en 1950? Me cobró 12 pesetas. Ahora yo mismo me sigo cortando el pelo. Durante el día bebo mucho agua, sobre dos litros, mezclada con hierbas aromáticas: romero, cola de caballo, orégano, pasionaria, … . Hago la infusión y me la bebo. También he pintado cuadros, casi todo con el mar como tema. Pero sucedió que, para evolucionar en mi pintura, tenía que perder muchas horas de playa, de charla con los amigos, de surf, de pesca, etc. Y decidí colgar los pinceles. O lo hacía bien, o no lo hacía.

Deciros que me dais mucha envidia cuando os veo correr como locos hacia las olas. Espero que antes de que me muera, allá por el 2018, la ciencia avance lo suficiente para rejuvenecer mi cuerpo y poder surfear algún año más.  No estaría mal a los 96 años que tengo ¿no?. 

Foto 1.- 1978. Juan en Doniños.
Foto 2.- 2009. La Gaviota.
Foto 3.- Cántabros en Galicia.

Todo lo publicado sobre Juan Abeledo en desdelacroa pulsando AQUÍ.

22.4.13

HISTORIAS. Juan Abeledo. Nunca es tarde para empezar. Parte 4.



Si aún no has leído las partes anteriores se recomienda ver parte 1, parte 2 y parte 3.

Juan y el socorrismo.

La verdad es que me metí en el socorrismo sin quererlo, de casualidad. Como soy aficionado a la pintura, un día me fui a pintar al “Rincón” de Doniños. Desde allí vi llegar a 2 soldados; uno de ellos no sabía nadar y el otro no paraba de llamarle cobarde por no querer entrar al agua. No paró hasta que consiguió que su compañero se bañase. A los pocos minutos tuve que quitarme la ropa y tirarme a por los dos. Tras el rescate, la satisfacción personal fue tan grande que, desde ese momento, siempre estuve atento por si alguien necesitaba de mi ayuda.

Tras varios rescates un hombre me regaló una cuerda y otro un salvavidas, de modo que con la cuerda, el salvavidas y mis aletas de bucear, me convertí, sin quererlo, en el primer socorrista de Doniños de modo totalmente voluntario. Por aquel entonces el tema del salvamento y la seguridad en las playas no se trataba como ahora, en que se dispone de medios, y es una cuestión que preocupa. Como no había infraestructura en la playa, ponía en mi tienda el distintivo para que la gente me pudiese identificar en el caso de que hubiese alguna emergencia. Luego cuando se formó la Delegación Provincial de Salvamento pasé a ser el socorrista oficial. Izaba la bandera roja y nadie se bañaba, todo el mundo me obedecía. Con el nombramiento de socorrista oficial, me regalaron mi primer traje de goma de verdad. Para mí aquel traje fue uno de los mejores regalos de mi vida. Estaba como un chiquillo con él. Después de tanto tiempo pasando frío, al fin podía disfrutar de cierta comodidad. La llegada de las tablas nos ayudó también en muchos rescates. Hubo además mucha gente que colaboró en la tarea. Aquella fue una labor de más personas, no sólo mía”. Tras mucho insistir Juan acaba reconociendo: “Habré salvado a unas treinta o cuarenta personas”. 

Foto 1.- 1979. Juan frente a la primera caseta de socorrismo que hubo en Doniños.