Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Bremón. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Carlos Bremón. Mostrar todas las entradas

4.10.24

La tabla de Darryl


El sudafricano Darryl llegó en un velero a Coruña en 1972, en la primera etapa de un periplo que esperaba lo llevase a los océanos Índico y Pacífico vía Marruecos, las Islas Canarias y el Canal de Panamá. Tanto Darryl, como el compañero que le acompañaba en el viaje, conocían bien el Índico, ya que el año anterior habían explorado, también en barco, las Islas Mauricio, las Reunión y otros grupos de islas del Índico. Aquel viaje, y las experiencias vividas, les habían llevado a tomar una decisión vital: abandonar su vida en el continente y sumergirse en la aventura de recorrer los tres grandes océanos del planeta a la búsqueda de olas.

Su aparición en A Coruña fue toda una revolución entre los surfistas gallegos, no solo en cuanto a su nivel de surf, sino también por su filosofía de vida. Les empujó a surfear en olas en las que hasta entonces no se habían atrevido a entrar por la violencia de su rotura, enseñó a Rufino algunos de los secretos de la fabricación de tablas de surf y, además de un gran recuerdo, dejó una tabla, shapeada por él en Islas Mauricio, con unas líneas y formas hasta entonces nunca vistas en Galicia. Un gun, 7’2” con cola pin-tail, con un shape orientado a las olas rápidas y potentes que Darryl espera descubrir en el Pacífico.


Tras una avería en el timón del barco de difícil reparación, Darryl y su amigo decidieron abandonar, por un tiempo, el proyecto de navegar por los Mares del Sur. Antes de regresar a su país, Darryl vendió su tabla a Carlos Bremón. La de Darryl fue la tabla de Carlos durante varios años hasta que, a principios de los 80, se la vendió a alguien que no recuerda.

Esa persona posiblemente fuese Lozano, un amigo del instituto de Gonzalo Casal “Super”, ya que este recuerda que en sus inicios en el surf, en 1985, entró varias veces al agua con esa tabla en la playa de Santa Comba. Pero desde entonces, se le perdió la pista.

El verano pasado, al poco de editar Otro mar, me encontré con Pablo en Pantín. En medio de nuestra conversación me dijo: “tengo una de las tablas que aparece en el libro”. A principios de los 90, Pablo se hizo con una tabla a cambio de unas pesas. Nunca llegó a utilizar esa tabla, ya que enseguida se hizo con otras de menor volumen y más manejables, así que, en una especie de cápsula del tiempo, la tabla estuvo sin uso durante más de 30 años guardada en el taller de carpintería de su padre.


Meses después, Pablo me trajo a casa esa tabla. No había lugar a dudas, era la de Darryl. En videollamada con Carlos Bremón lo confirmamos al 100%. Ahora le espera una merecida restauración.

Podéis disfrutar de la historia completa de Darryl en Otro Mar, y de sus contenidos extra pulsando AQUÍ.

23.4.16

HISTORIAS. Carlos Bremón Pérez. (parte 9 y fin).


Con la parte número 9 concluimos la serie dedicada a Carlos Bremón, sin duda uno de los personajes más influyentes en la historia del surf en Galicia, tanto pasada como actual. Esta última parte recoge los años transcurridos desde principios de los ochenta hasta la actualidad, y se basa en buena medida en la entrevista que Gonzalo Cueto le realizó hace ahora 18 años, y que se publicó en la revista Surfari. A pesar del tiempo que ha pasado, creo que las palabras de Carlos continúan estando totalmente vigentes. De hecho estoy seguro de que si se las realizase hoy, su respuesta sería muy parecida.

Tal vez estos años los he recogido con menos detalle que los anteriores, y no porque hayan sido menos relevantes. Pero cuando me marqué qué calendario cubrir para contar los orígenes del surf en Galicia, ese llegaba hasta 1988, por lo que muchos de los acontecimientos en los que Carlos tuvo un papel vital tras esa fecha, creo que no están reflejados como se merecen. Tal vez esa época habrá que cubrirla en un próximo proyecto.

"Es curioso, pero no recuerdo que tabla usé a continuación de la que le compré a Darryl, aunque creo que entre aquella tabla y la siguiente estuvo la etapa en la que casi dejé el surf, cosa que duró dos ó tres años. Tal vez algo más. Fueron los años en los que, y tras haber trabajado entre 1972 y 1978 en el Club Náutico de Coruña, decidí dedicarme profesionalmente, y de forma completa, al mundo de la natación como entrenador. Dejé el Club Náutico de Coruña y fui contratado por el Club Poliesportiu de Puigcerdá, en Gerona, y al año siguiente por el CD Tenerife, en donde permanecí dos años, hasta que retorné a Galicia en 1980, para trabajar en el Club Marina de Ferrol, y posteriormente, a partir de 1986, para la Armada, organizando la enseñanza de la natación a los reclutas que llegaban al Cuartel de Instrucción para hacer la mili. 

Aquella decisión de centrarme en la natación, aunque me alejó temporalmente del surf, me ha proporcionado muchas satisfacciones, tanto personales como profesionales, y ha sido fundamental en mi vida. Entre las profesionales se encuentra la de haber formado parte del equipo técnico de la selección nacional en diversas ocasiones: en 1976 en Montceau les Mines, en 1980 en Florencia, en 1982 en Luxemburgo, en 1997 en Israel, … . O en esta última etapa, en la que, y desde octubre de 2013, soy Presidente de la Federación Gallega de Natación. En ese año se me concedió la medalla de oro de la Real Federación Española de Natación por mi carrera profesional.

Con mi llegada a Ferrol en 1980 retomé el surf de nuevo. Para entonces todos nos habíamos olvidado de los longboards, que en aquel momento eran ya, simplemente, prehistoria del surf. Al poco de llegar me instalé en una casa en el pueblo de Valón, por lo que tenía Doniños y las demás playas, relativamente cerca.

Mi llegada a Ferrol coincidió en el tiempo con la de Vicente Irisarri, iniciándose una profunda amistad. Aquel supuso el comienzo de una nueva etapa llena de proyectos que poco a poco se fueron materializando: la primera tienda de surf, el primer club de surf, y la organización del primer campeonato internacional de surf en Galicia.


La tienda fue lo primero que se hizo realidad. En 1986, con Laly, mi mujer, abríamos Aquasurf, la primera surfshop gallega. La tienda se abrió en la Calle María de Ferrol, en el barrio de la Magdalena, en un pequeño bajo. Durante los dos primeros años de Aquasurf, y como especializarse únicamente en el surf nos parecía una verdadera locura, la tienda abrió también como kiosco y tienda de regalos, de modo que, y además de la prensa del día, podías comprar tus golosinas preferidas, y hacer fotocopias, entre inventos, tablas y trajes de surf.

Entrar de primeros en el mercado de un deporte que parecía encontrarse en plena expansión, nos pareció una excelente oportunidad. Sabíamos además que la apertura de la tienda, tal y como después pudimos comprobar, supondría que más y más gente se animase a probarlo. Cada año era mayor el número de practicantes, por lo que comenzó a dejar de ser extraño, sobre todo en los meses de verano, llegar a Doniños y encontrarse en el agua con 20 o 30 personas. De hecho en Coruña, donde estaba uno de los principales gérmenes del surf en Galicia, el número de practicantes se quedó un poco estancado durante los 80, y no resurgió hasta que Okena abrió en el año 1991.

Mientras fuimos la única tienda, venía gente de toda Galicia a comprar. El aumento de clientes supuso que la tienda se fuese centrando cada vez más en el surf, hasta que finalmente se convirtió en nuestra única actividad. Las tiendas, no solo la nuestra, cumplían en aquellos años una función que casi podía calificarse como “social”, evidentemente en lo que respecta al surf. Eran la puerta de entrada a su práctica para muchos niños y jóvenes. Cuando cruzaban nuestra humilde puerta, yo me fijaba en sus caras y parecía que entraban en un mundo mágico, maravilloso, que les llenaba de entusiasmo. El surf tenía mucho de mito entonces.

Traer material a la tienda en aquellos años era complicado. La mayor parte de los mayoristas estaban en el País Vasco, Francia o Inglaterra, y no tenían comerciales por aquí. Importábamos también algo de material directamente desde Estados Unidos, donde había una oferta mucho mayor. A la dificultad de comprar material, se unía la poca seriedad de los proveedores, tal vez porque en su mayoría eran aún gente muy joven, sin experiencia. Era muy frecuente hacer un pedido y recibir una mercancía totalmente distinta de la solicitada. Además las condiciones de venta tampoco eran muy buenas. Algunas marcas te exigían exclusividad en la venta de sus productos. Otras el pago al contado antes de recibir la mercancía. Los márgenes en las tablas eran bajísimos, hasta el punto de que la tienda sobrevivía fundamentalmente de la venta de ropa. La aventura de la tienda, tras diversos avatares, entre ellos un incendio, un desalojo por riesgo de derrumbe, y un traslado, duró hasta 1993.

Antes de abrir la tienda, tenía claro que una de las actividades asociadas a ella debía ser la de la organización de competiciones de surf que diesen a conocer el deporte. Es así como en 1987, al poco de abrir la tienda, organizamos en el mes de septiembre un campeonato en Valdoviño, en aquellos años la playa de Ferrolterra con mayor número de bañistas. Durante el campeonato, una de las personas que se acercó enseguida a ayudar y colaborar fue Vicente, quien también tenía en mente la necesidad de organizar una prueba deportiva seria que pusiese a Galicia en el mapa del mundo del surf. De esa idea compartida, y ante la necesidad de que existiese una entidad desde donde se gestionasen las ayudas y subvenciones necesarias para la organización del campeonato, surgió la necesidad de crear el club. De ahí nació el Océano Surf Club. Y a los pocos meses la organización del primer Pantín Classic, que el Club dirigió durante sus 20 primeras ediciones.

El desarrollo del evento, su estilo propio, y el prestigio que pronto adquirió, tienen en Vicente su principal responsable, de modo que sin él, el Océano Surf Club, ni el Pantín Classic, serían lo que han llegado a ser hoy. Él tiene vocación política en el más puro sentido, es decir, servidor público de la comunidad a la que pertenece. No es raro, entonces, que una persona como Vicente haya conseguido lo que ha conseguido, a pesar que cuando iniciamos aquella aventura nunca nos imaginamos que el campeonato fuese a cumplir casi treinta ediciones y lograse el nivel que tiene hoy. Porque por supuesto que teníamos la ilusión de lograr un campeonato profesional como los que se celebraban en Francia a finales de los ochenta. Que vinieran a nuestras olas surfistas de talla mundial de los de entonces, como Tom Curren o Mark Occhilupo. Pero no nos imaginábamos que se fuese a lograr en relativamente tan poco tiempo. ¿Te imaginas nuestra satisfacción de ver cumplido ese sueño?


Siempre he pensado que, a pesar de su antigüedad, el surf pertenece al siglo XXI. Que se practique en plena naturaleza concuerda perfectamente con la corriente predominante entre nuestra juventud actual: ecología, aventura, espacios naturales. Viajar, otra de las características propias del surf, es el modo en cómo los humanos nos conocemos los unos a los otros, y ello ayuda a evitar los ancestrales conflictos bélicos; y ser viajero es una de las actividades en auge en el nuevo milenio. Personalmente considero que no he viajado mucho, menos de los que debería. No conozco demasiados spots. En nuestro país conozco algunos sitios en Canarias, en especial en Tenerife, donde suelo pasar muchos veranos. He surfeado en muchos lugares de Portugal, en el norte de España, por donde realicé mi primer viaje en 1971 hasta Tapia; en Francia, en las Landas; y las Islas Británicas, aunque pude sólo pude meterme en un par de sitios, por falta de olas. En Escocia, en una playa del Mar del Norte cerca de un sitio maravilloso que se llama Squirza, encontramos una izquierda buenísima; en Cornualles, en Port Chapel, una orillera potente. En aquel viaje recorrimos cerca de cien spots, pero no valió la pena entrar más que en un par. Vi la famosa rompiente de Thursto en el norte de Escocia, pero con un desagradable viento noroeste que la hacía impracticable. Por esas costas hay buenas olas, pero hay que echarle mucha moral. En verano las condiciones son como las de aquí en invierno. ¡Imagínate cuáles son las de invierno!. De otros sitios me impresionó mucho coger olas en Mundaka; cuando crece por encima de los dos metros es algo sobrecogedor. Es, indudablemente, una de las mejores izquierdas del mundo". 


¿Quieres añadir algo más?

"Espero que me perdonen todos aquellos a los que no me haya acordado de mencionar. Guardo recuerdos inmensamente gratos de mucha gente, pero, o me he olvidado, o son tantos que no podría mencionarlos. También me gustaría aprovechar para dar las gracias a todos aquellos surfistas a los que en alguna ocasión les salté alguna ola y no me dijeron nada. Les agradezco esa ya rara amabilidad. Y pedir a todos los surfistas, en especial a lo que cogen muchas olas en cada baño/año, que se acuerden de los demás que están en el agua, que también querrían coger algunas. Los campeonatos son el momento apropiado para tratar de coger todas las olas posibles, aunque sea en detrimento de los demás. Pero en surf libre es otra cosa, no es competición, es camaradería. Mucha gente no sabe diferenciar una cosa de la otra. El ambiente de los campeonatos les ha enseñado ese comportamiento y desconocen cómo era el “free surf” antes de que apareciesen las reglas. No todo se reduce a saltar o ser saltado, a tener la preferencia. ¿Sabes cuantas veces tuve yo que frenar y perder una magnífica ola porque un aprendiz se me ponía torpemente delante de mi tabla?. Y tampoco sentí la necesidad de decirle nada. Volvía y cogía otra.

Creo que el surf ha perdido una gran virtud –bajo mi punto de vista, por supuesto- y es la gran aventura que era hace 40 años. Surgió en cada uno de nosotros como una curiosidad; luego se transformó en un descubrimiento continuo, y por último, que no menos importante, en una visión de la propia existencia. Lo podría resumir en lo que sentí desde el primer día: volar sobre el agua, atravesar el mar con una tabla a mis pies, impulsado por un milagro de la naturaleza, aprovechando solamente la fuerza, oculta en las ondas, que has descubierto. 

Cada playa que descubrimos fue una pequeña parte de aquella apasionante aventura. Doniños la vi, a muchas millas de distancia, como una invitadora mancha de blanca arena en el horizonte; Nemiña, con mi gran amigo Luis Otero padre, la descubrimos con un mapa en la mano; Pantín la vi romper gigante pero maravillosa en una ocasión, y tardé en volver un año, un maravilloso mediodía de verano en el que, en plena soledad, disfruté de aquellos tubitos que se forman en la orilla en marea alta. En Villarube, la primera playa de Ferrolterra en la que hice surf, entré una tempestuosa tarde de primeros de mayo con un longboard y me deleité corriendo aquellas ondas tan largas que entran, hasta que la oscuridad de la noche no me dejó seguir. Cuando empecé a surfear en Campelo, en un mes de junio de 1982, siguiendo la pista que Rufino me había dado sobre ella como posible playa surfeable, fui una semana seguida, tanto que mis amigos de Doniños estaban intrigados al no verme aparecer en tantos días. San Jorge la descubrimos rompiendo casi mar adentro, muy lejos de la orilla, y aunque imponía respeto, era toda una tentación ver caer aquella izquierda. A Ponzos nos llevó Rufino, un gran descubridor de playas, ya que era pescador y exploraba al mismo tiempo que pescaba, y me pareció, aquella primera vez, una playa remota y alejada de la civilización.


Me parece que el espíritu de aventura, uno de los grandes ingredientes del surf, ya no es tan fácil de disfrutar. Ya no queda mucho que descubrir, y es difícil llegar a una playa con buenas olas sin que haya nadie en el agua. Eso, para mí, es lo que inevitablemente se ha perdido, al menos para los que tenemos espíritu de exploradores. Antes encontrarte en tu playa con un surfista foráneo era motivo de alegría; conocer a alguien diferente con el que intercambiar experiencias. Ahora suele ser motivo de desconfianza. Cuando estás solo en el agua echas de menos a un amigo, pero cuando estás en el pico un domingo por la mañana, soleado, con buenas olas, con una multitud, recuerdas con nostalgia las soledades".

Podéis leer todas las partes anteriores pulsando AQUÍ.

2.4.16

HISTORIAS. Carlos Bremón Pérez (parte 8). Nemiña y el campeonato de Barrañán.

"Otro de los descubrimientos que hicimos en uno de aquellos primeros veranos como surfistas, fue el de la playa de Nemiña, posiblemente en el año 1974. Un domingo de mar en calma, y con el mapa Firestone que me había ayudado a descubrir Doniños, Luis Otero y yo nos lanzamos a la carretera a la búsqueda de olas en el área comprendida entre Finisterre y Carnota. Luis era un gran compañero para este tipo de aventuras, ya que lo consideraba un experto conocedor de la costa, con información detallada de gran cantidad de playas y acantilados por su afición a la pesca submarina. 

Tras varias horas en la carretera, y después de explorar varias zonas, el caso es que no encontrábamos una playa que nos pareciese adecuada, en especial porque el nordeste que soplaba ese día les daba mal a todas. En otras ocasiones la presencia de rocas, muy cerca de las rompientes, nos llevaba a descartarlas. 

Rebuscando posibilidades en el mapa Firestone, me llamó la atención una misteriosa playa alejada de la civilización que, con orientación totalmente sur, se escondía detrás de una punta, al abrigo de Cabo Touriñán. El nombre que figuraba en el mapa era Nemiña. Decidimos volver hacia el Norte y tratar de llegar hasta ella. Pasado Cee parecía que había que desviarse pronto y tomar, entre tantas y tantas pistas, la adecuada que nos llevase hasta la costa en dirección oeste. Tras probar por distintos caminos, supimos que estábamos cerca de nuestro destino gracias a un oxidado cartel que encontramos en el borde de la tortuosa carretera y que nos anunciaba la entrada a Nemiña. Antes de llegar a la playa, cruzamos el pueblo, una pequeña y típica aldea de la Costa da Morte con algas secando en los prados, nasas en las puertas de la casas y maíz colgando de los balcones. Preguntando, localizamos una estrecha carretera mal asfaltada que bajaba recta hacia la costa y desde la que pudimos vislumbrar un arenal que tenía ya a esa hora el sol a su derecha. Cuando llegamos lo que vimos nos extasió: unas magníficas olas de medio metro peinadas por una perfecta brisa terral se iban desplegando y rompiendo sobre una playa larga y algo abrigada, en aquel momento desierta, flanqueada por dunas que trepaban por una colina y que parecía estar impregnada de una serena tranquilidad. Tan sólo una vieja casa en su extremo oeste denotaba la presencia humana. Creo que cogimos olas, pero la verdad es que no lo recuerdo.

Estos descubrimientos, como los de otras playas, los dábamos a conocer en campeonatos que decidíamos precisamente organizar en esas olas. La verdad es que en dichos campeonatos la competición estaba en un segundo plano, y lo que primaba era la oportunidad de conocer y estar en contacto con otra gente con la que se compartía la pasión por el surf. En 1975, poco después del descubrimiento de Nemiña, se nos ocurrió organizar un campeonato allí. El único inconveniente del lugar era que estaba a 100 kilómetros de A Coruña. Había que alquilar un bus y se me ocurrió, como Delegado de la recién constituida Delegación Gallega de la Sección Nacional de Surf, el ir a pedirle al Delegado Provincial de Deportes, Enrique Tapia, buen amigo mío, una subvención. Nos dio 5.000 pesetas que, aunque parezca mentira, llegaron para alquilar un bus (seguro que aquella fue la primera subvención que recibió el surf gallego). Y allá nos fuimos un domingo. Sin embargo al llegar a la playa, apenas rompían 50 centímetros de ola, imposibles de surfear, por lo que el campeonato se acabó convirtiendo en una gran sardiñada.




El campeonato que no se llegó a celebrar en Nemiña tuvo lugar meses después, concretamente el 19 de octubre de 1975, en la playa de Barrañán. Aquel sería el primer Campeonato Gallego de Surf de la historia. Nicolás Pita, que actuaba como secretario de la Delegación Gallega, y representante de los surfistas del sur de Galicia, conserva las primeras actas de la Delegación, entre las que se encuentra la que contiene la crónica y resultados de aquel campeonato, que por cierto gané por delante de David Vecino, Luis Peña y Fernando Adarraga, en un día, tal y como se recogió, de cielo despejado, viento suave del noroeste, temperatura de 17 grados, y un ligero oleaje de fondo con olas rompiendo cerca de la orilla de entre 1 metro y metro y medio, con predominio de las izquierdas. 

Meses más tarde, se organizó el I trofeo de Navidad, concretamente el 28 de diciembre de 1975. El campeonato organizado tanto por la Delegación como por la sección de surf de la Sociedad Deportiva Orzán, se celebró finalmente en el Orzán. Como recuerdo se concedió a todos los participantes una medalla conmemorativa".

25.3.16

HISTORIAS. Carlos Bremón Pérez (parte 7). El descubrimiento de Doniños.


"Como contraposición al invierno, pronto descubrimos que había una época del año en la que la fuerza del mar se apagaba. Pero no sólo era el mar lo que llegaba con menos energía. También los vientos dominantes del suroeste desaparecían. Impulsado por el anticiclón de las Azores, el nordeste se imponía en la costa. Pronto lo consideramos como un viento “malo”, ya que soplaba de mar en nuestras playas habituales. La entrada del nordeste, y la bajaba de la fuerza del mar, hacia que la calidad de las olas que surfeábamos cayese en picado. Pero no todo era malo: al menos los días eran más largos y las temperaturas más agradables.

Un día de viento nordeste y mar casi en calma del verano de 1973, el grupo de amigos surfistas de Coruña pasábamos la tarde en el “chabolo” de Rufino, en San Roque de Afuera. El “garito” era una pequeña caseta de bloque situada al borde de un acantilado, prácticamente colgada sobre las rocas. Hasta hacia poco tiempo, la caseta había sido usada por el padre de Rufino para guardar la embarcación que utilizaba para ir de pesca, y que ponía en el mar, los días de calma, con la ayuda de una pequeña grúa. Cuando su padre dejó la pesca, Rufino ocupó la caseta para dedicarla a la fabricación de tablas. Casi al momento nosotros la convertimos también en nuestro lugar de reunión, y en el sitio desde donde se organizaban las salidas hacia la playa en función de dónde hubiese olas.

Pero aquel día, como otros de aquel verano, el nordeste soplaba entablado y fuerte contra los acantilados de San Roque. Apenas había olas, por lo que no había perspectivas de ir a surfear. Allí sentados, pasábamos la tarde observando con atención cómo Rufino se afana en lijar un pan de foam para una nueva tabla de surf; cómo sus manos, a la vez que el ambiente se inundaba de polvo, se iban volviendo blanquecinas a cada paso de la lija sobre el foam. Polvo que también se posaba en sus cejas y en su pelo. Concentrado yo también observando aquella actividad, miré un momento hacia el horizonte y vi algo que me llamó la atención: más allá, apenas sobre la línea del horizonte, se dibujaba una lejana costa entre la bruma. Al pie de ella, una línea blanca, de apenas unos cientos de metros de longitud, que sin duda indicaba el final de un gran arenal. Al instante un detalle cobró sumo interés en mi pensamiento: el viento venía justamente de allí, lo que significaba que en esa playa remota y desconocida la brisa del nordeste venía de tierra. La playa parecía además bastante abierta al océano. ¿Habrá olas en ella?, pensé; aunque me pareció que estaba mirando hacia el suroeste, por su situación deduje que le había de entrar algo de oleaje. Bastaría una pequeña ola, a la que sin duda ese viento le daría de tierra, para que unos surfistas aburridos y desesperados como nosotros pudiesen sacarse el mono veraniego después de tantos días sin olas.

Para aclarar mis dudas sobre aquel lugar, me acerqué hasta mi coche y cogí un pequeño mapa turístico de Firestone, en el que, además de las carreteras, estaban también dibujados, y con cierto detalle, los innumerables arenales de la costa gallega. De hecho esa guía, y en aquellos años, nos fue de gran utilidad, ya que prácticamente era la única ayuda con la que podíamos contar para encontrar playas desconocidas. Y ahí, en ese pequeño plano, efectivamente estaba dibujada aquella playa. Un arenal de gran tamaño, cuyo nombre estaba rotulado sobre el color azul del mar que se suponía que batía en ella: "Doniños". Para mí, un nombre desconocido hasta entonces. 

Tras un breve debate nos pusimos de acuerdo: había que intentar llegar hasta esa playa y comprobar mis sospechas. Personalmente tenía la intuición de que yendo hasta allí no íbamos a perder el tiempo, por lo que tras insistir un poco terminé convenciendo a los más reticentes. Pero claro, viajar de Coruña a Ferrol en aquellos años no era lo de hoy, por lo que pasaron varios días hasta que nos decidimos ir a investigar. Finalmente una tarde, la típica de verano en la que no se tiene nada que hacer, arrancamos. Cargamos las tablas en un par de coches y emprendimos el viaje. 

Tardamos una hora y media en completar el trayecto. Creo recordar que íbamos Miguel Camarero, Rufino, Tito y yo, aunque puede ser que nos acompañase alguien más. Recuerdo que llegamos a Doniños a las siete de tarde, y desde la atalaya del outeiro, pudimos ver romper unas maravillosas olas peinadas por el viento nordeste. En el mar se veían numerosas rompientes que nos aceleraron el corazón, y empezamos a elegir en cuál nos íbamos a meter.

Aquella tarde las olas eran pequeñas, sobre algo más de medio metro, pero más que suficientes para nosotros. Muchas de las que vimos rompían con suavidad llegando desde la distancia hasta la orilla. El viento, y eso es lo que más nos entusiasmó, era totalmente de tierra. El sol, que ya declinaba sobre el horizonte, otorgaba tintes dorados a todo el paisaje, incluido el color del mar, en el que se reflejaba la luz solar con fuerza, indicando su orientación totalmente del oeste. No tardamos mucho en reaccionar, y cogiendo nuestras tablas nos lanzamos colina abajo directos al agua. ¡¡Cómo recuerdo nuestra llegada a Doniños, corriendo por las dunas para ir a coger aquellas maravillosas olas que habíamos visto desde la colina que domina la playa!! Cualquiera que nos viese corriendo en dirección al agua, muy nerviosos y gritando, y con nuestras pequeñas "lanchas" bajo el brazo, pensaría que estábamos locos

Ya en el agua, recuerdo perfectamente la sensación tan vivificante que sentí remando sobre mi tabla, sorteando las olas para llegar hasta el pico. La frescura del agua, que nos pareció tan grata después del calor pasado en el viaje; las olas tan prometedoras que avanzaban hacia la orilla; las crestas de agua cristalina que nos rompían encima, iluminadas por detrás por la luz del sol poniente; todo, hacía de aquella experiencia un conjunto de sensaciones maravillosas que nunca se me podrán olvidar".

Puedes leer el capítulo 8 pulsando AQUÍ.

4.3.16

HISTORIAS. Carlos Bremón Pérez (parte 6). El descubrimiento de Pantín.


Creo que hasta hoy nunca antes había repetido una entrada en el blog. Pero la serie dedicada a Carlos Bremón estaría incompleta sin la historia del descubrimiento de las playas de Villarrube y Pantín. Además de la relevancia que pueden tener estos dos hechos para la historia del surf gallego, de aquel primer día en Pantín ha quedado testimonio a través de 5 fantásticas fotografías hechas con una cámara reflex Zenit y un objetivo Noritar de 250 mm y 1:4,5 comprado por Carlos en Nueva York en 1968, tras haber asistido a los Juegos Olímpicos que se celebraron en la ciudad de México. Tal y como recuerda Carlos “fue una suerte inmortalizar aquel baño, ya que si no todo sería un vago recuerdo, muy bonito, eso sí, pero definitivamente enterrado en el olvido”. Gracias a esas fotos, y al testimonio de Carlos, de algún modo todos hemos podido disfrutar de aquel primer baño en Pantín.

"En mayo de 1971 emprendí un surfari a Tapia. Aprovecharía el puente del 1 de mayo para llegar hasta tierras asturianas y contactar con un grupo de surfistas que me habían dicho cogían olas en esa playa que entonces era desconocida para mí.

No hacía ni un año desde que había empezado a hacer surf, pero el crudo invierno que acababa de terminar había sido muy provechoso, con muchas buenas sesiones en Santa Cristina cuando entraba temporal, y cuando no, en el Orzán o en Bastiagueiro. A pesar del frío estos han sido unos meses mágicos, en los que el surf ha resultado ser una experiencia alucinante.

Como era lógico en aquellos años, iría hasta Tapia siguiendo la carretera de la costa. Mi primera parada fue en Valdoviño, la playa de los ferrolanos que estudian Náutica en Coruña. Me acerqué hasta la playa pero había mucho mar, por lo que seguí de largo en dirección a Cedeira.

Tras dar una pronunciada curva, de pronto diviso una playa desconocida. Busco una bajada y llego a una pista que muere sobre una duna, en la ladera de un pequeño outeiro que domina el centro del arenal. La playa, de unos cuatrocientos metros de longitud, con bastantes dunas y un carrizal inmenso detrás, está como encajonada entre dos acantilados. Pero hay algo que enseguida me llama la atención. Es una cresta gris, una ola que se mueve paralela al acantilado norte.

La playa está resguardada de casi todos los vientos -excepto del Noroeste-, por las dos colinas que la flanquean, tanto por el lado Norte como por el Sur. Sin embargo su orientación es muy buena, totalmente noroeste, por lo que la principal dirección de mar le da de lleno.

La cresta gris rompe en una magnífica derecha. Y detrás viene otra, y otra. El cuerpo me lo pide, pero la lógica se impone. Estoy solo, y esa ola tiene un buen tamaño. Mi metro de Santa Cristina no es un buen entrenamiento para enfrentarse a esa derecha.

Sigo mi camino, pero esa ola queda grabada en mi memoria.

Poco después de dejar aquella playa, y de nuevo tras una curva cerrada, aparece ante mí otro arenal. Este no está tan abierto al mar, ya que encuentra abrigo en el interior de la ría de Cedeira. Desde lo alto resulta complicado apreciar el tamaño de las olas. ¿Será suficiente?. Sigo por la carretera y veo un cartel que pone Villarrube. Bajo por una pista estrecha y pronunciada, que me lleva al pie de unas dunas. Desde allí no se ve el mar, así que me acerco caminando hasta la orilla. Parece que las olas son surfeables. Vuelvo al coche para cambiarme. Entre mis cosas busco la chaquetilla del traje de neopreno, pero no aparece. Tras buscar y buscar llego a la desagradable conclusión de que no la tengo conmigo. Hace frío y llueve, pero las olas son muy buenas. Para mi desgracia me he olvidado también el bañador, por lo que he de entrar al agua con un pantalón de chándal. Aguanto en el agua una media hora, pero a pesar de todo, aquella fue una buena sesión.




Un año más tarde, a principios del mes de agosto de 1972, me voy unos días de camping a Valdoviño con mi novia. Conmigo llevo mi tablón de 2,70 metros. Llego al atardecer, y tras montar la tienda, voy a ver las olas. La carretera baja hasta la misma arena. Veo un islote muy batido por las olas, pero el mar está algo revuelto. Parece que el viento de hoy no es muy bueno allí.

De pronto me viene a la cabeza el recuerdo de aquella playa cercana a Valdoviño que, yendo hacia Cedeira, había visto el año anterior. ¿Por qué no le hacemos una visita?

Accedemos a la playa por la misma pista que un año antes. He visto carteles que indican “Playa de Pantín”. Después de aparcar al final de la pista, bajo a la arena. La playa está lisa. Es marea baja y el mar ha retrocedido mucho. Hay una ola rompiendo en el medio de la playa. Una izquierda muy rápida, aunque pienso que con el tablón quizás sea capaz de seguirla. Pero hoy ya es muy tarde. El sol marca ya largas sombras. Mañana por la mañana lo intentaré.

Son la una del mediodía. Nos hemos levantado tarde y he vuelto a ver Valdoviño. Más o menos sigue igual que ayer. No hay duda, ¡a Pantín!

Cuando llegamos la marea está alta y rompe una preciosa ola,  que tendrá algo más de medio metro, frente al Outeiro. La mañana es muy soleada, la brisa es terral suave, y todo invita a irse al agua. Cojo mi tablón y me lanzo al mar. El agua está fría, pero al ver romper aquellas olas, pronto me olvido. Por supuesto que estoy en bañador, el traje de goma es sólo para el invierno.

Cojo izquierdas y derechas, disfruto de las olas, de la soledad. No hay nadie en la playa, ni tomando el sol tan siquiera. Aguanto más de una hora, hasta que me harto de coger olas y salgo ebrio de espuma, de agua verde cristalina, de olas acariciadoras que me han transportado al paraíso. Con los años, será una de esas sesiones que consigues recordar sin esfuerzo, que la tienes viva en la mente, en la que aún ves las crestas cerca de tu cara, e incluso revives las sensaciones que has experimentado: el sabor del mar, la luz brillando en la superficie del agua, los revolcones en la orilla.

Al día siguiente la brisa ha subido de intensidad, sopla un fuerte nordeste. Vuelvo temprano a Pantín. Quiero intentar coger la ola de marea baja que vi la otra tarde. La ola es una verdadera cremallera, pero demasiado rápida. El viento es muy fuerte y fresco. Además el mar ha subido de tamaño. Me lo pienso un rato, pero finalmente desisto. La soledad, con aquellas fuertes olas y viento, impone un poco. No sé si sería capaz de surfear esa ola. De todas maneras le hago unas fotos porque nunca había visto romper una ola así.

Después de comer aparece un matrimonio con unos niños que aparcan junto a nosotros y bajan a jugar a la arena. La tarde cae y volvemos al camping".

Continuará ... Sigue la historia, en la parte 7 con el descubrimiento de Doniños, pulsando AQUÍ.

29.2.16

HISTORIAS. Carlos Bremón Pérez (parte 5). Darryl.


"Sin embargo, y a pesar de todos nuestros avances autodidactas, todo cambio a mejor en la primavera de 1972, una tarde en la que surfeábamos en el Orzán, tal y como hacíamos en esa estación casi todos los días. Al subir la escalera de acceso al paseo nos encontramos con un muchacho con aspecto de nórdico: pelo rubio largo, barba, mandíbula prominente, complexión fuerte y de estatura superior a la nuestra. No sabía hablar español, pero intentó decirnos algo con gestos. Su expresión era muy amistosa, y con un poco de nuestro inglés escolar, conseguimos comunicarnos con él.

Se llamaba Darryl y era sudafricano, concretamente de Durban. Nos contó que hacia unos días había zarpado con un amigo desde Inglaterra a bordo de un velero con rumbo al Sur. En el trayecto, y a la altura de las costas gallegas, habían sufrido una avería en el piloto automático del barco, lo que les obligó a recalar en A Coruña. Mientras su amigo había vuelto al puerto de origen a buscar la pieza que se les había estropeado, él se quedaría en Coruña esperándole en el barco. Pero lo más interesante de la conversación fue cuando Darryl nos contó que era surfista. En el barco tenía una tabla, y nos preguntó si nos importaría que surfease con nosotros. Recuerdo mi emoción en aquel momento: ¡No me podía creer lo que estaba oyendo!. ¡Era casi irreal! ¡Un surfer de Sudáfrica quería compartir sesiones con nosotros en nuestras olas!, ¡y durante varios días!. 

Al día siguiente se presentó con su tabla en el Orzán, y cogió olas con nosotros. El entusiasmo nos podía. Los siguientes días lo citamos para llevarlo a otras playas con la idea de que conociera toda la gama de olas de que disfrutábamos. El primer sitio a donde fuimos fue a Barrañán. Era un día pequeño, con una ola babosa. Nosotros quisimos que se echase al agua pero –con los años lo entendí- aquella ola no le motivó lo suficiente y no se metió. Nos dijo que podíamos probar su tabla, pero creo recordar que no nos atrevimos, ya que su anchura nos parecía minúscula y su shape demasiado innovador para nosotros.

Después de darnos un baño regresamos a Coruña recorriendo la costa y viendo otras playas. Lo llevamos a una que ya conocíamos pero cuyas olas siempre nos habían parecido muy radicales para nuestro nivel. Cuando llegamos, le dije: “En esta playa nunca nos hemos echado. Se llama Sabón”.

Darryl observó las olas, como de metro y medio, con paredes verticales, lisas y muy rápidas. Al cabo de unos segundos de contemplación, se volvió hacia nosotros y, con una gran sonrisa y unas frases entusiastas en inglés, nos dejó claro que aquellas eran las olas en las que quería surfear. Yo volví la vista hacia la rompiente que hasta entonces habíamos despreciado, sobre todo por el temor que nos infundía, y me di cuenta que aquel día tendríamos que romper el tabú que significaba Sabón para nosotros.

A medida que fueron pasando los días, nuestra confianza con él fue aumentando. Un día nos invitó a cenar en su yate a algunos de nosotros. Nos recibió con alegría y nos enseñó el barco. Cuando llegó la hora de cenar sacó un par de tarteras con comida recién cocida y humeante, de olores a los que no estábamos muy acostumbrados. Empecé escogiendo unos vegetales que, sin saber qué eran, me metí en la boca. Los tuve que masticar bastante, ya que tenían una cáscara muy dura y desagradable. Cuando iba por el tercero más o menos, Darryl, partiéndose de risa, me enseñó que antes había que sacarle la cáscara. Después supe que eran alcachofas. Entre plato y plato Darryl nos explicó que era vegetariano. Aquella opción culinaria, que rechazaba la carne y cualquier otro producto de origen animal, nos resultó también un tanto extraña.

Durante la sobremesa nos contó que estuvo casado, y que trabajó como descargador en un mercado de frutas en Durban, pero que llegó un momento en el que se dio cuenta de que su vida iba por un rumbo equivocado, lo que le llevó a tomar la decisión de dejar todo eso atrás, incluido a su mujer. Con un par de amigos se marchó a Islas Mauricio, en donde estuvo un par de meses, y en donde fabricó la tabla que ahora tenía. Incluso nos proyectó películas en las que se le veía surfeando en unas olas estupendas. ¡Qué envidia nos daba!

A su vuelta de Mauricio, él y un amigo decidieron invertir todos sus ahorros en la compra de un barco de vela en el sur de Inglaterra, con la idea de atravesar el Atlántico, cruzar al Pacífico por el Canal de Panamá, e irse a recorrer los Mares del Sur. Así, tal como suena. ¡Y de qué manera nos sonaba a nosotros!

El paso de Darryl por Galicia, fue uno de los episodios fundamentales de nuestros orígenes. Nos dio el empujón definitivo para comenzar a surfear en playas que hasta entonces nunca nos habíamos planteado por parecernos demasiado peligrosas. Pudimos ver con nuestros ojos a un surfista de verdad, lo que sin duda ayudó a que nuestra evolución en el agua fuese más rápida. Pero en donde su paso resultó tal vez más trascendental fue en todo lo relativo a la fabricación de tablas de surf. Un día Rufino me contó que le había preguntado a Darryl cómo se hacía una. Él le hizo un plano del soporte en el que se colocaba foam, ese tan típico que hoy en día se puede encontrar en cualquier taller, con dos horquillas metidas en sendos botes viejos de pintura llenos de hormigón. También algún secreto sobre la técnica al darles forma. De hecho creo que hicieron una tabla juntos desde el principio. Pero lo más importante fue un dato que en forma de nombre de un tipo de resina de poliéster, al que Darryl le concedía una gran importancia. En nuestras conversaciones sobre fabricación de tablas no dejaba de repetir "paraffin resin, paraffin resin", sin que nosotros llegásemos a deducir a que se refería. Lo tradujimos como resina parafinada, pero no entendíamos que significaba realmente. Conocíamos la parafina, la cera que se le daba a las tablas, y también la resina de poliéster, el gel que se aplicaba a las tablas exteriormente y que luego se cristalizaba. Rufino, que conocía muchos de esos productos, sin embargo no identificaba aquella resina “parafinada”. Pero al cabo de varios días, y aunque no recuerdo como lo averiguó, Rufino llegó muy contento y nos contó que la resina parafinada era un gel que, tras secar, cristalizaba de tal forma que se podía lijar sin ningún problema, al contrario de la que usábamos, que nunca llegaba a secar totalmente, y con la que era casi imposible usar la lija porque se embozaba constantemente. Para Rufino fue un avance tecnológico importantísimo.

Poco a poco los días de Darryl en Coruña con nosotros pasaban, y su amigo tardaba en volver. La semana pronto se convirtió en tres meses, y ya nos temíamos que lo hubiese abandonado. Hasta que un buen día apareció, aunque la realidad es que nunca llegamos a conocerle ¿Existiría de verdad? Es una pregunta que me hice muchas veces.

A los pocos días apareció por la playa y nos dijo que se marchaba. Creo que había cambiado de planes en cuanto a viajar a los Mares del Sur, al menos de momento. Nunca nos contó que era lo que había pasado con su amigo. Pero cuando se marchó, me ofreció venderme su tabla, porque necesitaba dinero. Yo le regateé, pero al revés: le ofrecía más dinero del que él quería aceptar, y no nos poníamos de acuerdo. Al final le hice una buena oferta y nos dimos un abrazo".

Continuará ... Parte 6 pulsando AQUÍ.

27.2.16

HISTORIAS. Carlos Bremón Pérez (parte 4).


"Si hoy en día el problema para los surfistas es encontrar material a buen precio, nuestro problema era simplemente encontrar cualquier tipo de material. Yo tuve mucha suerte con aquella tabla aparecida en un garaje, un genuino longboard de los años sesenta salido quizás de algún taller californiano, y que en aquel momento me pareció, aunque muy antiguo, muy bonito y clásico. De bandas longitudinales blancas y verdes, disfruté inmensamente de él durante varios años, antes de que el uso, los golpes y la falta de reparaciones, lo condenasen a un prematuro desguace del que nunca me perdonaré por haberlo consentido. Solo diré que hubo alguien que me lo pidió, cuando yo ya no lo usaba mucho, creo que para aprovechar el foam y hacer una tabla más pequeña y moderna. La realidad es que el tablón tenía deshecho el “nose”, y absorbía agua por la punta como si fuera una esponja. Lo peor era que el agua no salía por ningún lado: increíblemente se quedaba dentro. Eso hizo que la plancha se fuese deteriorando enormemente. No me planteé una reparación para restaurarla. Fue una lástima, aunque me temo que más tarde o más temprano hubiera sucumbido a la falta de cuidados con que la trataba.

El estado de la tabla era consecuencia en buena medida de que entonces no usábamos invento, lo que veíamos como algo exótico y prescindible. La falta de invento, y que la tabla pesase unos 15 kilos, hacía que constantemente terminase golpeándose con fuerza en la orilla, no solo contra la arena, sino también contra las frecuentes piedras que es fácil encontrar en ella. Y aunque hubiera tenido un invento a mano, no hubiera sido muy sensato usarlo. Primero porque los inventos más modernos que había entonces eran bastante rígidos: poco más que una cuerda atada a un trozo de neumático que se fijaba al tobillo. Y en segundo lugar, porque de intentar sujetar aquel portaviones con algo, con lo que fuera, se corría el riesgo de ser miserablemente arrastrado hasta la misma orilla o, en el peor de los casos, que casi te arrancara de cuajo una pierna. No procedía emplearlos. 

La falta de amarradera, sin embargo, conllevaba graves inconvenientes. Aun me acuerdo de las maldiciones que lanzaba cuando al coger una ola en Santa Cristina, a 100 ó 150 metros de la orilla, me caía de la tabla y la veía alejarse rápida e irremisiblemente. Tocaba entonces nadar. Pero el agua estaba muy fría. No hace falta aclarar que surfeábamos sin traje de neopreno. El frío, y también la desesperación por no poder prolongar los baños, además de una cierta dosis optimismo, nos llevó a probar el ponernos jerseys de lana, pero evidentemente no resultaban efectivos. Mi situación mejoró una tarde en la que apareció por la playa una mujer que vivía en un chalet cercano, y que me conocía porque había dado clases de natación a sus hijos. Cuando me vio salir del agua, totalmente aterido de frío, me prometió que al día siguiente me iba a traer un traje de buceo que su marido ya no usaba. Al día siguiente, cumplió su promesa, y ¡qué sensación más deliciosa! Era un poco molesto llevar la cola de pingüino del traje colgando, pero los siete milímetros de espesor me abrigaban del frío. Para no entorpecer las maniobras solo utilicé la chaqueta, las piernas las seguí llevando al aire durante muchos años.

Aquel encuentro, que me resolvió en buena medida el problema del frío invernal, es una muestra de cómo la falta de recursos hizo que todos tuviésemos que agudizar nuestro ingenio y estar atentos ante cualquier oportunidad que surgiese para así resolver nuestras carencias. Otro caso curioso fue cómo, y ante la imposibilidad de disponer de parafina, acudimos a los cabos de cera de vela. Cuando me trasladé a vivir a Ferrol, una de las primeras necesidades que intenté solventar fue la de localizar dónde poder comprar cera de velas. Recuerdo que pregunté a Juan Abeledo padre y él me localizó a mi suministrador: Cerería Poupariña. Y allí, entre imágenes de santos y exvotos de cera que terminarían en cualquier capilla o iglesia de Galicia, adquiría yo las velas, con su mecha y todo, para frotar la tabla.

Pero todos aquellos inconvenientes y dificultades se compensaban enormemente por el placer que nos producía coger una ola bien formada en las playas que íbamos descubriendo. Poco a poco fuimos ampliando nuestro radio de acción a playas como las de Barrañán, o Sabón, que al principio nos producía gran respeto. A través de Miguel Camarero descubrimos Malpica. También Razo. Los inviernos eran fantásticos, todo actividad, con las marejadas y los suroestes. Íbamos del Orzán a Santa Cristina, de Bastiagueiro a Barrañán, de Sabón a Malpica, aunque a esta playa casi siempre los fines de semana, porque ya quedaba lejos. Pero cuando alguien decía: “¡Vamos a Malpica!”, todos se apuntaban con entusiasmo. Aunque el mito muchas veces se derrumbaba, y cuando llegabas allí las cosas no eran como esperábamos.


A medida que se fue ampliando el grupo de surfistas, y ante la dificultad de hacerse con una tabla, los más ingeniosos empezaron con la fabricación propia. Entre todos, los que desde el principio consiguieron los prototipos mejor acabados fueron Rufino y Tito, que ya se habían aventurado a fabricar tablas en 1971. Sus primeras tablas apenas flotaban en el agua, pero poco a poco las tablas de Rufino comenzaron a mejorar con cada modelo. Pronto estaba fabricando hasta su propio foam en el taller que tenía en San Roque de Afuera. Las Rufo’s Surfboards se convirtieron pronto en la referencia.

Pero no todos los intentos de fabricación resultaban bien. Recuerdo como una de las mayores catástrofes la de un chico que apareció un día por la playa. Se entusiasmó tanto al vernos coger olas que a los pocos días trajo una tabla de evidente fabricación casera. Aquella tabla se me quedó grabada en la memoria para toda la vida. ¿Y por qué? Pues porque era la...¿tabla? más original que he visto nunca. La perfecta demostración de que la ilusión nos puede cegar el sentido común hasta un punto inimaginable. Este muchacho, con enorme optimismo, había hecho lo siguiente: con unos paneles de corcho blanco había conformado más o menos la silueta de una tabla. Pero ante la evidente fragilidad de aquellas delgadas planchas de corcho, compró una tela plástica, de skay en color gris, como la que se empleaba para forrar sofás. Con ella envolvió los corchos para darles algo de rigidez. Pero como aquel forro exterior parecía empeñado en “desenvolverse”, remató la idea atando todo el conjunto con unas cuerdas, con lo que la tabla parecía aparentemente sólida. Íntimamente presentimos la corta vida de aquel engendro, pero de nuestras bocas no salió ni una palabra de crítica, sino más bien “qué bonito”, “a ver si funciona...”. Era lo más que le podíamos decir en aquel momento, sin que creyese que lo queríamos desanimar, chafarle la ilusión, o sabotearle el experimento. Incluso, algunos nos llegamos a contagiar algo de su entusiasmado: “igual coge una ola”.

Llegado el momento de probarla, se echó al agua, remó hasta el pico, y se dio la vuelta para tratar de correr la primera ola. Ésta llegó. Pero la ola en lugar de impulsarlo lo cogió por debajo, y en unos breves segundos, no necesitó más, le deshizo el artilugio, echando a perder muchas horas de trabajo, algún dinero y, por supuesto, la enorme ilusión del chaval. Cuando llegó nadando hasta la orilla, traía debajo del brazo los restos de lo que, sin duda, era la mejor demostración de que el excesivo entusiasmo por el surf nos puede llegar a crear alucinaciones realmente preocupantes. Pero nadie se rió. Todos miramos aquellos trozos de corcho, tela y cuerda, ya totalmente sueltos, con aire de “¿qué raro?, ¿qué habrá pasado …?” 

Pero no fue el único. Félix Cueto había traído de Asturias una Bilbo con la que se metía a veces. Félix no se prodigaba demasiado, sobre todo porque no le gustaba el frío y la temperatura de nuestras aguas, algo más frías que las de su tierra. Quizás por eso, y también porque tenía que compartir demasiado su Bilbo con sus nuevos amigos y compañeros de la Escuela de Náutica, que accedió a vendérsela a Miguel Camarero. Miguel estuvo surfeando durante varios meses con ella, hasta que un buen día me confesó sus intenciones de “acortarla”. Se había enterado de que las nuevas tablas habían reducido su longitud. La Bilbo, que si no recuerdo mal andaría por los 2 metros y medio, resultaba demasiado larga para las nuevas tendencias.

Cuando me lo contó sinceramente no le tomé en serio, hasta que a los pocos días apareció con la Bilbo “reformada”. La había cortado por la punta casi medio metro, pero como Miguel no era muy dado a perfeccionismos, se contentó simplemente con serrar la proa y darle una mano de resina. Cuando vi lo que acababa de hacer me quedé paralizado. Nunca nada me volvió a recordar tan bien la proa de un portaviones como la punta de la nueva Bilbo. Aquello me pareció un verdadero sacrilegio. Miguel tenía una tabla magnífica, que con la mía era lo mejor de que disponíamos, ¡¡¡y le hacía aquello!!! Ese día, y accediendo a la invitación de su dueño, le cambié mi tabla por la suya para probar. Y la verdad es que la tabla no giraba mal. Pero llevar delante de tí aquel “nose” te daba una gran sensación de inseguridad.

Miguel, que era un tío inquieto y emprendedor, cuando vio que su “solución” no había sido muy afortunada, decidió dar otro paso adelante: hacerse una tabla. El primer problema fue encontrar poliuretano. Después de mucho buscar se enteró de que los cofres congeladores de los bares utilizaban como aislante este material, pero con poco grosor y de una tonalidad amarillenta muy fea. Y, además, no se podía comprar en Coruña. Pero sí había "porespan" que, sin embargo, también tenía un grave inconveniente, y es que no resistía la resina de poliester, que lo fundía de inmediato al aplicarla sobre el poliestireno expandido. Al poco tiempo se enteró de que había otra resina que no atacaba al porespán, la epoxi, aunque era muy cara. Pero Miguel no se desanimó y se hizo con un bote de esta resina y adquirió también un buen bloque de porespan. Al poco tiempo había acabado su tarea. Más o menos, había conseguido dar forma a una “surfboard”. Como el color no le gustaba, a nadie le gustaba, optó por pintarla de rojo chillón. Pero el resto de acabados no eran muy finos. Por ejemplo no se preocupó, tras dar la resina, de lijarla, con lo que le quedaron numerosos chorretones en los laterales, que al secar se convirtieron en afilados cuchillos. Fueron a probarla y al salir del agua alguien le dijo:“¡Miguel, te ha desteñido la pintura que le has puesto!” Pero no eran de pintura las manchas rojas que Miguel tenía en la piel, sino sangre de las heridas que la tabla le habían producido".

Continuará ... Parte 5 pulsando AQUÍ.

20.2.16

HISTORIAS. Carlos Bremón Pérez (parte 3).


"Bastiagueiro fue la playa en la que por vez primera me puse de pie sobre una tabla. Recuerdo esa ocasión, un mediodía soleado de noviembre, en el que estaba totalmente solo en el agua con mi enorme tablón de rayas verdes. Bastiagueiro era la playa a la que más frecuentemente acudía en mis  primeros meses como surfista, y eso que en aquellas fechas estaba tristemente de actualidad porque, a pocos metros de distancia de la orilla, había naufragado el buque Erkovitz, en una de las mayores catástrofes medioambientales que sucedieron en la costa gallega.

Un día Miguel Camarero me dijo que el mar iba a subir, y que entonces podíamos surfear en Santa Cristina, la playa de al lado. Yo creía que en ella no entraba mar suficiente, pero Miguel me aclaró que con marejada se podían coger olas muy buenas.

Al día siguiente, tal y como había anunciado Miguel, el mar subió. Tengo grabado en la retina la primera vez que vi romper Santa Cristina, un domingo de noviembre. Yo iba con mi coche por la carretera de Las Jubias y paré en la cuneta para ver el oleaje anunciado por mi amigo. Y efectivamente allí estaban las magníficas olas de Santa Cristina. Desde arriba se veían romper perfectas, muy lejos de la orilla, totalmente diferentes a las barras de Bastiagueiro. Recuerdo que el corazón se me aceleró y decidí ir a buscar mi tablón de inmediato para tratar de coger aquellas ondas maravillosas. 

De esta forma se inauguró la temporada de olas de aquel invierno en Santa Cristina, en el que por fortuna el mar siguió entrando con frecuencia y las tardes dedicadas a surfear esa playa fueron numerosas. También aquel fue el comienzo de una relación muy especial con ese lugar. De hecho, si pienso en el conjunto de mis recuerdos, me doy cuenta que uno de los más recurrentes es el de las muchas tardes de invierno pasadas en la playa de Santa Cristina. Tantos recuerdos, después de tanto tiempo, solo pueden ser la evidencia de que ese lugar representa algo muy especial para mí. Es indudable que, a estas alturas, decir que el surf ha sido algo importante en mi vida es una obviedad. Pero afirmar que en mi vida de surfista, Santa Cristina ha sido algo importante, quizás no lo sea. Pero la realidad es que en esa playa, en esa ola, descubrí cosas muy importantes del surf, y por ello creo supuso para mí una etapa vital. 

Los surfistas que podíamos titularnos “locales” de Santa Cristina éramos Miguel Camarero, Alejandro Mesías, Manuel (no recuerdo su apellido) y yo mismo, como habituales. Luego los esporádicos, que para su desgracia solo podían ir ocasionalmente (y si había olas, claro): Rufino, Tito, Carlos Coira, Pipo, José Andrés, Jose “Queimarán” y algunos más que ya no tengo en la memoria. Algunos me tendrán que perdonar por que no los mencione, pero mentiría si dijese que recuerdo a todos los que por allí pasaron en aquellos años, en los que disfrutamos mucho de Santa Cristina, nos reímos mucho, y surfeamos muchas olas. También es verdad que pasamos mucho frío, y que nos llevamos muchos chascos cuando llegábamos a la playa, pensando que el mar había subido lo suficiente, y resultaba que no. Pero durante aquellos primeros meses de Santa Cristina nos empapamos de la esencia del surf: coger buenas olas con dos o tres amigos e irnos para casa pensando que mañana, o pasado, o muy pronto, habría otros buenos baños. Que las olas nunca se acaban, que siempre van a estar ahí, que son un maravilloso regalo que nos hace la Naturaleza para nuestro deleite. Y gratis, que es lo mejor.



Los días de olas, que principalmente eran en invierno, llegábamos a Santa Cristina sobre las cuatro y media o cinco de la tarde, cuando el sol ya comenzaba a declinar. En aquellos baños casi nocturnos, tomé conciencia por vez primera de la hora exacta en que anochecía durante el invierno. En diciembre, con los días más cortos, estábamos en el agua hasta las seis y media, prolongando el baño todo lo que podíamos hasta que la oscuridad nos impedía ver venir las olas. Entonces salíamos del agua, tiritando, justo cuando la helada nocturna comenzaba a caer inmisericorde sobre la arena de la playa. Ya en tierra, sentías que los pies te abrasaban por lo frías que estaban la arena y el hormigón de la carretera.

La primera maniobra era intentar abrir el coche, pero nuestros dedos eran incapaces de manejar la llave, y con frecuencia teníamos que recurrir a algún paseante. Sacarnos el neopreno -o lo que cada uno se ponía-, era una tarea más complicada aún, ya que el frío nos sacaba la fuerza de los dedos y el relente gélido empeoraba aún más su parálisis. Después de estar un rato dando saltos para entrar en calor, era un alivio coger la toalla, secarte y vestirte.

Con el tiempo abandonamos esta dolorosa rutina. Después de la playa, tenía que ir directamente a trabajar a la piscina del Club, en donde entraba a las siete y media. Decidimos entonces que lo más práctico era sacarnos el traje y taparnos simplemente con una toalla, para después, y sin cambiarnos, coger el coche e ir lo más rápido posible al Club, en donde nos esperaba una ducha de 30 minutos bajo el agua caliente. ¡¡Qué placer!!. Pero para ello teníamos que atravesar prácticamente toda la ciudad de La Coruña por el centro. Cuando parábamos en un semáforo, los peatones nos miraban con asombro al verlos medio desnudos dentro del coche. Nosotros nos reíamos, no podíamos hacer otra cosa. Además, lo primero era lo primero; no íbamos a cambiar nuestra comodidad por un simple detalle como aquel. 

Cuando llevábamos tiempo surfeando esta ola, empecé a preguntarme como sería cuando entrase un maretón enorme. Pero una tarde en que el Orzán se desfasó hasta el punto de que las olas, invadiendo la calzada, llegaron a girar algunos coches que circulaban por la avenida, corrimos hasta Santa Cristina, pensando que quizás aquel era el día de verla gigante. Pero al llegar allí también el mar estaba desfasado, quizás no por tamaño, ya que rompían dos metros, sino porque era el típico oleaje revuelto y poco apetecible. Ahí llegamos a la conclusión de que el tamaño ideal de mar para disfrutar en esta playa era el típico metro ordenado y glassy. Ni más, ni menos.



Era con esas condiciones, y no con otras, cuando el banco de arena, situado hacia el final de la playa, producía buenas olas, sobre todo para el longboard, gracias al cúmulo de arena producido por las fuertes corrientes que se forman en la desembocadura de la ría del Burgo. Sin embargo cuando empecé a frecuentar esta playa en los primeros setenta, Santa Cristina ya no era el paraíso que había conocido diez o veinte años atrás. Una playa con unas características muy especiales, con una zona abierta al oleaje mirando al Norte, y con aguas tranquilas hacia el Sur. Dos mares completamente distintos separados por un cordón de grandes dunas. La ampliación, a finales de los sesenta, del dique de abrigo de Barrié de la Maza no fue muy buena para esta rompiente, ya que agudizó la escasa entrada de oleaje directo que la caracterizaba para la práctica del surf: desde aquel momento, para que pudiese surfear en Santa Cristina, pasaron a ser necesarias marejadas incluso más fuertes de las que antes eran precisas para que la ola rompiese con una pared decente. Con la ampliación del dique, y seguramente debido a la entrada de menos mar, la arena de la playa empezó a desaparecer lentamente, año tras año. También en esa época, la barra de arena, que hasta entonces había sido un un paraje bucólico y solitario en las afueras de Coruña, comenzó a sufrir las ansias urbanizadoras sin regulaciones de ningún tipo, desapareciendo lo que hasta entonces había sido una hermosa y privilegiada playa. 

Pero durante mucho tiempo seguimos cogiendo olas en aquellas inolvidables tardes de Santa Cristina; en aquellos atardeceres en los que veíamos, entre ola y ola, como el sol se iba poniendo por detrás de los eucaliptos que habían plantado en las escasas dunas del extremo oeste de la playa.



No recuerdo cuál fue el último día que cogí olas en Santa Cristina. Aunque tampoco creo que sea tan importante, porque tengo suficientes imágenes todavía en mi mente de aquellos deliciosos años, de aquellas divertidas tardes de invierno, de las fascinantes experiencias que me permitió vivir y de los grandes colegas que me hizo conocer".

Continuará ... Parte 4, pulsando AQUÍ.

18.2.16

HISTORIAS. Carlos Bremón Pérez (parte 2).


"A las pocas semanas de iniciarme en el surf, a finales del verano de 1970, se hundía el pesquero “La Isla”, muy cerca de dónde hoy está la Casa de los Peces, a poco más de 100 metros de la Torre de Hércules en los llamados bajos de A Pedra do Boi. En el naufragio falleció casi toda la tripulación del barco, simplemente porque los medios con los que se contaba entonces fueron incapaces de llegar a tiempo para socorrerles. Aún recuerdo estremecido el relato que hizo la prensa de aquel suceso. En medio de la más absoluta oscuridad, los marineros gritaban pidiendo auxilio, mientras los testigos de la tragedia, que habitaban en unas casas construidas cerca de la orilla del mar, los oían pero se veían impotentes para prestarles auxilio. Este llegó, por fin, cuando ya era muy tarde para impedir que 14 hombres murieran ahogados en la mar del Orzán. Esta tragedia causó un impacto muy fuerte en la opinión pública, por lo que pocas semanas más tarde ya estaba muy avanzado el proyecto de crear la Cruz Roja del Mar.

En la creación, y en la formación de los primeros voluntarios de la Cruz Roja, se contó con el asesoramiento de la sociedad nacional de salvamento británica, la Royal National Lifeboat Institution, la RNLI, que enviaron dos modernas embarcaciones para las prácticas, aunque la intención de los ingleses era también la de vendérnoslas a continuación. Sin embargo, y después de probarlas durante todo un año, el gobierno tomó la decisión de fabricar las suyas propias, eso sí, adoptando sus características principales.

Las embarcaciones británicas habían sido diseñadas para la navegación y el rescate en las condiciones más difíciles. Eran capaces, por ejemplo, de volcar y automáticamente recobrar la posición correcta, por lo que se las consideraba insumergibles. Pronto empezaron a ser probadas en las aguas de nuestra bahía. Para tripularlas se solicitaron marineros voluntarios y yo me presenté de inmediato. Recuerdo que argumenté durante la entrevista con el encargado de hacer la selección que, además de ser un buen nadador, practicaba surf, lo que yo suponía que sería un argumento irrebatible para que me eligieran. No sé si por esa razón, o por la de ser nadador, o porque no había muchos voluntarios, que me eligieron.

Pronto salí para mi primera navegación, pero con lo que no contaba era con un factor personal muy negativo: me mareaba. Aún recuerdo hoy a uno de los suboficiales ingleses dándome palmaditas en la espalda y consolándome en su idioma, mientras yo vomitaba por la borda con desesperación y mucha vergüenza. Pero aquello no me desanimó, y continué con los prácticas.

Un día, mientras nos balanceábamos entre las olas a bordo de la embarcación, salió durante la conversación el tema del surf. Entre los marineros voluntarios había un chavalote fortachón y hablador llamado Miguel CamareroÉl había empezado hacía meses y tenía una tabla, una Bilbo, que le había vendido un asturiano, Félix Cueto. Hoy en día tal vez sea difícil imaginar para los más jóvenes lo que significaba entonces encontrarse con alguien que, asombrosamente, también era surfista como tú. De inmediato lo convertías en tu colega más cercano. En el caso de Miguel, algo más joven que yo, se trataba además de una persona entrañable, risueña y sobre todo un enamorado del mar, de la vida, y de todas esas cosas bellas que hay ahí fuera y que, muchas veces, llegamos a olvidar que existen. Él me habló de la aventura que acababan de comenzar unos cuantos alumnos y compañeros de la Escuela de Náutica coruñesa. Indudablemente esta Escuela fue el vivero más lógico para todo lo que pasó después. ¿En dónde se podía encontrar, mejor que en aquel lugar, a un grupo de chavales lo suficientemente enamorados de todo lo que significase el mar, los océanos…, para iniciarse en el surf? Y enseguida quedamos para surfear un domingo en Bastiagueiro.

Pero antes de los inicios de Miguel, el hecho trascendental de toda esta historia fue la llegada, en 1965, de Félix Cueto para estudiar Náutica en La Coruña. Tres años más tarde se trajo su tabla, y con otro asturiano que era también alumno de la Escuela, Amador Rodríguez, comenzaron a surfear en las playas de Coruña. Pronto conoció a los locales Miguel Camarero y Gonzalo Viana, compañeros en Náutica, que estaban muy interesados en el surf. Puede que de no haberse producido la llegada de Félix, todo hubiese sucedido más o menos de la misma manera, tal vez más tarde, pero la realidad es que fue él, y no otro, el que estuvo allí, en el momento y en el sitio oportuno para que empezase a andar el surf en el Norte de Galicia. El terreno estaba abonado, porque la idea ya existía, y prueba de ello eran Rufino y Tito, que por su cuenta, y con las mismas inquietudes que teníamos en nuestra pandilla, también habían empezado a dar sus pasos de modo independiente. Pero precisamente por haber sido el primero, los surfistas coruñeses le tendríamos que hacer un pequeño homenaje en forma de monumento, al lado, por ejemplo, de los surfistas anónimos que hay sobre la playa del Matadero. 


Muy pronto, todos fuimos un solo grupo de chavales a los que ni los temores de nuestros padres, que veían en el surf un peligroso deporte, ni el dedo que muchos de nuestros amigos se ponían en la sien cuando salía el tema del surf en las conversaciones, fuese impedimento para que nuestros objetivos, principalmente conseguir tablas y descubrir olas, se fueran consiguiendo. Además de Miguel, Gonzalo, Tito, Rufino, Félix, y yo mismo, otro de los habituales en aquellos inicios era Alejandro Mesías, al que conocía del mundo de la natación, y al que logré convencer, como a otros, más que nada para tener compañía en el pico en aquellas tenebrosas tardes de invierno. También José “Queimarán” o el fotógrafo Vari Caramés, estaban entre aquellos “chalados y románticos” que desafiaban en cada baño, más que al frío y a las olas, a la vergüenza que pasaban nuestros allegados cuando alguien les decía: “Mira, ayer por la tarde vi a tu hijo desnudándose en las escaleras del Orzán, ¡con el frío que hacía y la lluvia que caía!”.

Continuará ... Parte 3, pulsando AQUÍ.

16.2.16

HISTORIAS. Carlos Bremón Pérez (parte 1).


Mis primeros recuerdos de Carlos no son en una playa. La primera imagen que guardo de él es en el borde de una piscina, con un silbato colgando de su cuello, vestido con un chandal y con su mirada fija hacia alguna de las calles en la que varios nadadores se esforzaban durante un entrenamiento. Al igual que yo, somos muchos los que guardamos de Carlos esa imagen como primer recuerdo, aunque mi paso por la piscina, como nefasto nadador que fui, fue muy corto. 

Años más tarde nos volvimos a encontrar en Aquasurf, la primera tienda de surf de Galicia que él regentaba junto con su mujer Laly, y a la que muchos niños como yo acudíamos para estar un poco más cerca de las tablas y trajes que allí se exponían. La imagen de Carlos, con su inseparable bigote y su cuerpo atlético, continua siendo aún una de esas que llama la atención, y que te hace intuir la presencia de una persona con una personalidad de las que deja huella. De hecho, y cuando pienso en él, la imagen que me viene a la mente es la de un Greg Noll en versión local. No sólo por su físico, sino también por toda su trayectoria vital y deportiva, en la que el surf ha sido uno de los muchos deportes que ha practicado y que sigue practicando. Pero también por su afición al cine amateur y la fotografía; por su faceta de escritor; o incluso por su participación en un programa de televisión, “La Unión hace la Fuerza”, con Carlos como miembro deportista del equipo de Galicia. Con el paso de los años, aquella imagen de admiración, además de continuar, creo que se ha convertido en una sincera amistad. 

Carlos nació en el año 1947 en la calle Juana de Vega de A Coruña, a caballo entre dos mares totalmente diferentes: por un lado, al Sur, la plácida bahía coruñesa; por otro, al Norte, y enfrentado al océano, el tempestuoso Orzán. A él, como a otros tantos niños, les fascinaba jugar a lo que llamaban “torear las olas”. Este juego, que practicaban los días de temporal, consistía en esperar al borde del malecón del Orzán, justo a la altura del Instituto Femenino, a que, tras romper una ola a sus pies, el agua trepase por el alto muro e inundase el sitio en el que, hasta décimas de segundo antes, los chavales habían estado esperando desafiantes. Tal y como recuerda Carlos, “¡aquello era lo más parecido que teníamos al surf de grandes olas!”.

Pero increíblemente lo que llevó a Carlos al surf no fue el amor de su familia por la playa, ni el que él fuese un excelente nadador, sino un trabajo en un banco. Después, su carácter explorador y aventurero permitió al surf gallego extenderse por prácticamente toda nuestra costa. Villarrube y Pantín en 1972, Nemiña en 1974, Campelo,… fueron vistas con ojos de surfista por primera vez a través de los ojos de Carlos. Pero también su espíritu emprendedor, casi visionario, lo situó como protagonista en muchos de los acontecimientos que han marcado no sólo los orígenes del surf en Galicia, sino también su posterior desarrollo. Por poner tres ejemplos: Carlos estuvo tras la apertura, en 1986, de Aquasurf, la primera tienda de surf en Galicia; fue unos de los socios fundadores del Océano Surf Club, primer club de surf en nuestra comunidad y miembro de la organización del Pantín Classic durante años; fue también uno de los creadores de Agasurf, posterior Federación Galega de Surf. 

La presente entrevista toma su contenido de muy diversas fuentes. La primera, la entrevista que hace ya 17 años le efectuó Gonzalo Cueto y que apareció publicada en la revista Surfari. También varios textos escritos por el propio Carlos y que han sido publicados en su blog Cazador de Mejillones. Y por último, las múltiples conversaciones que hemos mantenido durante todos estos años entorno a los orígenes del surf en Galicia y su vida. 

“Con 23 años descubrí el surf. A esa edad, supe que un mortal como yo no solo podía conseguir una tabla, sino que también iba a ser capaz de deslizarme con ella sobre esas olas que me llevaban fascinando desde mi niñez. Me invadió entonces una grata sensación. Una sensación anímica muy reconfortante y que aún hoy me es difícil de describir".

"Mis padres fueron unos grandes amantes de la naturaleza, de las excursiones. Sobre todo mi madre, que fue una persona muy vital y que siempre nos inculcó a mis hermanos y a mí el amor por la naturaleza y el paisaje como elementos de esparcimiento y satisfacción anímica. Los domingos, en invierno, eran para pasear por los viejos caminos que iban de pueblo en pueblo. Caminos por donde rodaban con parsimonia aquellos carros de ejes cantarines, que iban sonando con multitud de notas extrañas, componiendo una música especial que sólo ellos podían interpretar. Mis padres buscaban las aldeas escondidas, los prados y los bosques, los sembrados de trigo y de centeno, los hórreos y los perros ladradores, y al aldeano que siempre te saludaba con perfecta amabilidad.

Pero en verano tocaba la playa. En aquellos años, las pocas playas a las que acudían los escasos amantes de los baños en el mar, eran las que tenían poco o ningún oleaje. Por eso, mis padres, buscando la soledad que tanto les gustaba, elegían arenales con mar bravo, con olas, más solitarias, más escondidas, casi vírgenes, en las que poder disfrutar de un total aislamiento. En las que caminar por la arena húmeda y virgen sin huellas humanas, solo las que tú ibas dejando, era todavía posible. Sentirse como en una isla desierta …, aunque con un poco de imaginación, claro. Descubrieron que había decenas de ellas en estas costas, ninguna igual a otra, y que cada una tenía sus encantos. Cercanas a Coruña, en donde vivíamos, estaban las de Arteixo: Sabón, Valcobo, Barrañán, … Todas playas batidas por un constante y poderoso oleaje, y que, incluso en verano, tan solo recibían la visita de algún campesino que llegaba hasta allí para pescar; o de algún caminante que, recorriendo la costa, bajaba a descansar y se tumbaba en su arena. Lugares inhóspitos, batidos por las olas y los vientos implacables en invierno, y abrasados por el sol en verano. Se veían como espacios que no eran para disfrutar, ni para estar siquiera. Salvo por nosotros. 


De entre todas, teníamos una preferida. La llamaban la playa de Las Gafas –nunca supimos por qué- y estaba en la costa del municipio de Arteixo (hoy es conocida como La Cueva). Para llegar hasta allí desde Coruña, primero había que coger el trolebús que iba a Carballo y que paraba en Arteixo. Allí comprábamos una bolla de pan blanco y harinoso, tierna y sabrosa. Luego, rumbo a la playa, caminábamos una hora haciendo ganas de un buen baño y apetito para la deliciosa tortilla que había preparado mi madre. Pasábamos la pequeña aldea, cruzábamos el bosque y bajábamos por la ladera desnuda de las colinas que se bañan en el Atlántico. Y allí estaba la playa, tan remota como un arenal en una isla perdida. Tan solitaria como siempre. Esperándonos. Ocupábamos nuestro rincón en unas rocas, dejábamos las cosas y nos dábamos un baño en las olas.

Jugar en las olas siempre fue una forma de disfrutar de la playa. Nos divertía jugar con ellas, admirábamos su fuerza tremenda a veces. Pero siempre lo hacíamos con cuidado; mi padre era prudente, sabía que con el mar no se juega, y aunque todos éramos buenos nadadores, siempre nos inculcó el respeto al mar y la idea de que esas playas no eran para nadar, sino para disfrutar jugando en las olas de la orilla, sin correr riesgos innecesarios. 

Además de en la naturaleza, buena parte de nuestra niñez y juventud giró también entorno al deporte, sin duda animados aquí por mi padre, que fue nadador y Presidente de la Federación Gallega de Natación. Con mis hermanos tuve una gran diferencia de edad, de casi veinte años. Fernando fue un gran deportista, practicante de múltiples deportes, aunque destacó sobre todo como atleta, habiendo conseguido en los años 50 varios títulos de campeón de España en los 400 y 200 metros lisos. Leopoldo fue el técnico. Yo aprendí a nadar con ochos años, y pronto estaba compitiendo en pruebas de natación y entrenando en este deporte. También, por la falta de instalaciones de invierno para la natación en Coruña, así como por el ejemplo de mi hermano, a la edad de trece años comencé a hacer atletismo escolar, llegando a ganar varios campeonatos provinciales con un crono notable para la época: 2:49, en los 1.000 metros. Con 16 años me fui a entrenar a Madrid con una beca en la Residencia Blume, en donde estuve dos temporadas. Conseguí ser internacional con el equipo juvenil español en Holanda en los Juegos de la Ficep. Regresé a Coruña cuando tuve posibilidad de entrenar en invierno en mi casa. Entrené un invierno en la Escuela Naval de Marín, hasta que se construyó la piscina cubierta de la Hípica de Coruña. En aquel año volví a ser internacional con España B en Pamplona contra Francia B. En Tenerife, en 1964, fui 4º en 200 mariposa, mi mejor clasificación en un Campeonato de España de natación. También ese verano fui plata en el Campeonato de España juvenil en 200 mariposa y 800 libres. En 1968 gané el Descenso Internacional de la Ría de Navia. En 1970, con 23 años, tomé parte en mi último campeonato de España, en Barcelona”.

Ese año Carlos comenzó a trabajar en el Banco Pastor. Y por increíble que pueda parecer, gracias a este trabajo entró en contacto con el surf. En la oficina tenía un compañero, llamado José Luis Junquera, al que le apasionaba un deporte exótico que se llamaba surf, pero que nunca había tenido la posibilidad de probar. Su compañero había conseguido localizar un enorme tablón traído desde Venezuela y que dormía plácidamente en el garaje de un conocido. El tablón era una grande y hermosa Malibú de 2,90 metros y 15 kilos de peso, blanca y con rayas verdes longitudinales. “Aunque hoy me parezca increíble, a José Luis le costó mucho trabajo convencerme para que probase el surf, pero al final, tras mucho insistir, lo consiguió”. Carlos siempre sospechó que la elección de su persona se basaba en que Junquera veía en él una garantía para su seguridad, al ser Carlos un buen nadador. 

El primer baño fue en la playa de Barrañán, en una apacible tarde veraniega con muy poco oleaje. Junquera le dejó meterse a él primero. Carlos se subió encima del tablón y remó hacia fuera unos treinta metros. Tras un tiempo en el agua, tumbado sobre la tabla, remó y consiguió coger una ola aunque, con buen criterio, no trató de ponerse de pie. La tabla enseguida comenzó a ganar velocidad, camino de la orilla. Sobre el tablón Carlos vio que ésta se acercaba y no había manera de frenar la tabla. La ola se estrelló contra la pendiente arenosa y la tabla aterrizó en la arena tratando de continuar playa arriba. Entonces la quilla se enganchó en el suelo y Carlos salió disparado por encima del tablón, rodando un buen trecho por la arena. Aquella fue su primera experiencia como surfista. Semanas más tarde, en la playa de Bastiagueiro, se pondría de pie por primera vez.


Desde ese momento su visión sobre el mar y las playas cambió completamente. “Antes de empezar con el surf, veía el oleaje que rompía en las playas como algo terrible y amenazante, y eso que era un buen nadador. Por eso, encontrar aquel deporte que era capaz de llevarte detrás de aquella barrera trágicamente infranqueable que eran las rompientes, me supo a coger el cielo con las manos. 

Tras los primeros días de surf, comenzaron a venir a mi mente los nombres de los arenales que conocía. ¿Cuáles de sus olas podían ser surfeables?. También repasé las viejas fotos de mis padres, buscando en ellas rompientes y “esa ola maravillosa” que suponía que tenía que estar en alguna parte. Pronto me invadió una sensación mágica, que me desbordaba de placer, al pensar que había tantas y tantas playas por descubrir… Se trataba de un mundo nuevo, con múltiples y apasionantes posibilidades; investigar nuevas playas y paisajes; reconocer y encontrar nuevas olas, ...  Fuimos una generación con suerte, al ser los primeros en descubrir que esas olas temibles se podían tratar de tú a tú: podías salir allí fuera, detrás de los rompientes, esperarlas y jugar divertidamente con ellas. Y ese descubrimiento fue muy importante para describir lo que para mí representa el surf. Leí en una ocasión que él que comienza a hacer surf, nunca volverá a ver las olas sin estudiar las posibilidades de surfearlas. ¡Y es absolutamente cierto!”.

Continuará ... Parte 2, pulsando AQUÍ.