27.10.15

HISTORIAS. Biarritz (parte 11). El castillo de las mil leyendas.












Saliendo de Biarritz, en dirección hacia el Sur, es imposible que no te llame la atención un edificio situado en lo alto de un monte. Es el castillo de Ilbarritz, un palacio construido por el excéntrico barón Albert Espée, en el lugar que para él era el más hermoso del mundo: "He conocido todos los lugares célebres del mundo, pero me he querido fijar en el más bello, y por eso estoy aquí. La famosa bahía de Río es mezquina y secundaria ante la inmensa curva de este golfo. En lo que se refiere a Nápoles y su colina, no es, comparada con la nuestra, más que un grabado de folleto”. El barón, además de excéntrico, era también hipocondríaco e inmensamente rico. Ello le permitió, además del palacio, construir otras viviendas en Europa, aunque en ninguna como en ésta, llevó hasta el extremo la idea de crear una especie de mundo propio destinado a su disfrute personal.

Con este objetivo, en 1894, inició la construcción de un “palacio” en una finca de 60 hectáreas. La obra, confiada al arquitecto Gustave Huguenin, se terminó en tan solo tres años gracias al trabajo ininterrumpido de 400 obreros, a los que se les pagaba el doble para garantizar la calidad y rapidez de su trabajo. Al edificio principal, una especie de cubo de cuatro plantas, le acompañarían otros 14 edificios, todos ellos unidos con el palacio por más de 3 kilómetros de senderos cubiertos, para que en el trayecto el paseante estuviese protegido del viento y la lluvia. Además, y para vencer al frío, las pasarelas disponían, cada 10 metros, de una especie de habitación con estufa.

El palacio no sólo causó asombro entre los lugareños por sus dimensiones, sino también por todas las instalaciones con las que se le dotó. Tenía calefacción y agua caliente en todas sus estancias, gracias a unas potentes calderas situadas en el sótano, desde las que se bombeaba agua a todas las plantas. La corriente eléctrica era a 220 voltios, lo que resultaba muy poco habitual en la época. Ello era posible gracias a la construcción de una central hidroeléctrica en la propia finca a partir de la transformación de un antiguo molino del siglo XVII. También se instalaron bocas de riego y de incendio. El interior estaba decorado con maderas traídas de Hungría, mármoles de todo tipo, y ventanales con vidrios triples para aislar el interior del ruido del exterior. A las ventanas se les colocó también un enrejado metálico para que no entrasen los mosquitos. Todo el edificio disponía de sistema de ventilación. El barón estaba obsesionado por la higiene y la salud. Sólo bebía agua Evian, que venía especialmente embotellada para él, en envíos semanales, con un certificado que avalada la calidad del agua. Solo comía pescado que hubiese visto antes con vida. 

Pero de entre todas los acabados, adelantos y máquinas con las que contaba la casa, el elemento más impresionante era el órgano. El palacio tenía como núcleo central un enorme salón de dos pisos de altura en el que el barón, un enamorado de la música, especialmente de Wagner, construyó un órgano que, por sus dimensiones, resultaba monumental. Su tamaño era similar, por ejemplo, al órgano de la catedral de Notre-Dame en París. Todo el diseño del edificio se condicionó a la disposición del órgano y a su acústica. El instrumento fue construido por el célebre artesano Cavaillé-Coll, y disponía de su propio motor eléctrico para abastecerse de aire. En ocasiones al barón le gustaba acompañar sus adaptaciones de Wagner con el sonido del mar, sobre todo los días de galerna, en los que se dice que su ruido parecía competir con el de las olas. Pero nadie disfrutaba de esos conciertos salvo él, ya que siempre tocaba en soledad.

Entre los 14 edificios auxiliares estaban: las perreras para sus perros de caza, traídos expresamente desde Alemania; el lago, que fue alicatado para que se pudieran ver mejor las carpas; siete cocinas, dos ellas con horno, que se instalaron fuera del castillo para evitar los olores en el interior de éste (para transportar los alimentos, las cocinas estaban conectadas a la casa mediante un montacargas eléctrico); un cenador situado en la orilla del mar; una estancia, llamada el “pozo de mantequilla”, que hacía las veces de cámara frigorífica, y que se había construido a 17 metros bajo tierra; además estaban los llamados “pabellón de China”, el “pabellón medieval” y la “casa de los monos”, decorados con motivos vinculados con sus nombres. También se construyó una casa en la playa de Ilbarritz, en donde el barón iba a tocar el piano. Cerca del edificio de la playa, había un balneario de agua salada climatizada. También en la playa se encontraba la llamada "cocina del oeste", la única de las 7 cocinas que se conserva en la actualidad, y que hoy se ha convertido en un local de moda, el “Blue Cargo”.

El presupuesto total de la obra fue de cinco millones de francos de oro. Se pueden ver fotos de la época recopiladas en el siguiente enlace.

Y en esta especie de mundo fantástico, el último elemento fue Biana Duhamel, una cantante de operetas, 20 años más joven que él, que accedió a “vivir” en el palacio siempre que fuese en compañía de su madre. Para Biana, el barón construyó la Villa de los Sables. La villa estaba conectado con el castillo por un pasadizo, poderosamente decorado, en el que hasta había una fuente, y que era utilizado por ambos para sus encuentros. Pero el barón resultaba muy posesivo y no permitía a su amante abandonar la villa. Ella, sin embargo, se escapaba por las noches para disfrutar de la vida nocturna de Biarritz. Cuando el barón la descubrió, ordenó que se instalase un foco gigante en lo alto del mirador del castillo, y un telescopio para vigilar por la noche la villa. Los efectos cegadores del foco, que se extendían más allá de los límites de la parcela, provocaron que una noche la princesa Natalia de Serbia, que vivía cerca del castillo en el Château Les Alies, sufriese un accidente de coche cuando su chofer, cegado por la luz del foco, se salió de la carretera. Con tantas limitaciones, pronto Biana se cansó del barón, y lo dejó. 

Aquel fue el principio del desmoronamiento de su mundo ideal. A las pocas semanas de la marcha de Biana, en 1898, el ayuntamiento de Bidart anuncia la decisión de construir un matadero cerca del castillo. Aquello era inadmisible para el barón, que de inmediato abandona Bidart, y pone la propiedad en venta. El órgano se vende de modo separado a la casa en 1903, y se instala en la basílica del Sagrado Corazón de Montmartre.

El castillo se vende finalmente en 1904, pero cuando el barón descubre que la intención de los nuevos propietarios es demoler el edificio y vender la parcela en partes, anula la venta. Por un momento reconsideró volver a Ilbarritz, de hecho llegó a comprar un nuevo órgano para el palacio, más pequeño que el original, pero más perfeccionado. Sin embargo, finalmente se deshace de la casa, con el nuevo órgano incluido, en 1911, vendiendo el conjunto por un precio irrisorio, aproximadamente el 10% del presupuesto de construcción, pero con una condición: que el castillo no se derribase. 

El nuevo propietario, J.B. Gheusi, era uno de los propietarios del periódico Le Figaro. En la primavera de 1912, y durante dos años, Gheusi abrió el castillo al público y en su gran sala de música se organizaron varios conciertos. Cuando estalló la I Guerra Mundial el edificio fue convertido en hospital. Sin embargo, la presencia de un gran órgano en un hospital no tenía sentido, y éste se desmonta vendiéndose a la iglesia de Usurbil, cerca de San Sebastián.

Durante la Guerra Civil española se convirtió en refugio de exiliados vascos, al igual que el cercano edificio de la Roseraie, donde estuvo ubicado el hospital del Gobierno vasco en el exilio y que albergó a los refugiados convalecientes de la guerra.

A partir de 1940, tras la ocupación de los nazis, pasa a manos alemanas, que lo utilizan como lugar de veraneo de sus oficiales y punto de observación de la costa.

Tras la II Guerra Mundial, el edificio fue casi totalmente saqueado, desapareciendo las chimeneas originales, los mármoles que cubrían las paredes de los salones, las piezas de bronce, e incluso los azulejos de las terrazas.

En 1958, con nuevos propietarios, se intenta llevar a cabo la restauración del edificio para transformarlo en un hotel, pero los trabajos resultan tan costosos, que las obras llevan a los propietarios a la ruina. Su distribución poco común, pensada para contener una gran órgano en su interior, resulta poco apropiada para cualquier otro uso que se le quiera dar.

En los últimos años el castillo de Ilbarritz ha cambiado varias veces de propietario, la última en 2014, y por lo visto desde el exterior parece que ahora se usa como cafetería. 

2 comentarios:

  1. Gracias por el artículo, nos hemos quedado maravillados. Fuimos a visitar el Hotel du Palais, y a la vuelta nos quedamos a dormir en un hotel con vistas al mar. Todo comienza, cuando salgo un momento a la terraza con un refresco para disfrutar del mar enfurecido de Biarritz, ya que había bastante temporal.

    Miro al frente y veo un castillo, con luz en una de sus ventanas, una luz de color naranja. Se me hizo raro y busqué en internet, castillos de Biarritz. Y aquí salió esta web. Nos ha encantado el artículo, escrito con todo lujo de detalles, sin duda alguna, se ve que te gusta la historia :)

    Como comento, nos pareció raro ver luz, si supuéstamente, está abandonado. Luego, nos enteramos que lo habían comprado recientemente, (espero que eso fuera la explicación de la luz) jaja.

    De cualquier manera el Castillo de Ilbarritz, narra historias, y evoca el lujo con el que el Barón de L'Espee, se esmeró en crear. Lástima que con la Segunda Guerra Mundial, fuese totalmente desmantelado... He podido encontrar alguna imagen, en la que aún se podían observar sus lámparas, el órgano, o alguno de los muebles que poseía en su interior.

    Decir que enhorabuena por el artículo, y gracias por compartir su historia ;)

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    1. Muchas gracias a ti por tus palabras!!! Fue nuestra segunda estancia en Aquitania, y toda la región además de ser preciosa, está llena de historias interesantes. Por nuestra parte con ganas de volver, no solo a coger olas. Tienes a tu disposición otros artículos del viaje, en la línea de éste, que espero que también te gusten. Un saludo,

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