6.11.13

HISTORIAS. Rufino.



En un pequeño taller situado en San Roque de Afuera, sobre los acantilados que cierran el extremo occidental de la ensenada de Riazor y el Orzán, Francisco Rufino Tizón, más conocido como Rufo, fundó en el año 1972 Rufo’s Surfboards, el primer taller de tablas de surf de Galicia, y uno de los primeros de nuestras costas. Desde allí, y durante buena parte de los años setenta y ochenta, Rufo abasteció a los primeros surfistas gallegos con las tablas que difícilmente se podían conseguir en aquella época, dándoles a muchos la oportunidad de poder iniciarse en el surf. 

Increíblemente la figura de Rufino apenas es reinvindicada hoy por los surfistas de mi generación. Esta entrada busca, en cierto modo, sacar a la luz su historia, y reconocer la excelente labor que efectuó en aquellos días.


El surf llegó a la península en la década de los sesenta, consolidándose de modo firme en algunos puntos de la costa cantábrica en relativamente pocos años.

Ante un número creciente de practicantes, y empujados por las dificultades que existían para acceder al material necesario para la práctica de este deporte, hubo una serie de surfistas que se las ingeniaron para construir sus propias tablas, compensando la carencia de medios y materiales adecuados con ingenio e innovación; fue así como nacieron, casi simultáneamente, los primeros talleres de tablas de surf del litoral cantábrico: Itxas Tresna en Orio, Santa Marina en Loredo y Rufo´s Surfboards en San Roque de Afuera, A Coruña.

Hoy, y sobre todo en los últimos años, ha habido una verdadera explosión en cuanto al número de talleres que han abierto a lo largo de nuestra costa, incluso en zonas del interior. El acto de fabricar una tabla de surf es considerado ya como una actividad normal, casi una profesión. En la actualidad es sencillo conseguir los materiales básicos, e incluso encontrar manuales que te expliquen todo el proceso a seguir en la fabricación de una tabla. Pero en aquellos años, el tomar aquel impulso constituía, además de una arriesgada aventura empresarial, el adentrarse en un mundo en el que todo estaba por conocer. Es por ello que la labor efectuada por Rufino, y todos los avances técnicos que fue capaz de ir incorporando al proceso de fabricación de tablas, tienen un especial valor en el desarrollo e implantación del surf en nuestra región.

”El impulso de hacer surf surgió en mí, en buena medida, por vivir cerca del mar. Si vives al lado del océano, y realmente lo disfrutas, es inevitable que intentes relacionarte y probar todas las actividades que en él se puedan desarrollar. Y el surf, al igual que la pesca, fue una más, aunque seguramente de las más importantes en mi caso. De hecho creo haber practicado, o al menos probado, todos los deportes que se pueden hacer en el mar. Bueno me quedó uno, el windsurf, aunque la verdad es que también lo intentamos.

El primer recuerdo que tengo sobre surf es la llegada a nuestro grupo de amigos de un paipo de fibra que Tito y un sobrino mío habían “conseguido”. Como yo era el manitas del grupo, me preguntaron si sería capaz de hacer algo parecido. Mi sobrino trabajaba en una empresa de aislamientos, por lo que él se ofreció a conseguirme todo el material necesario para la construcción: la espuma de poliuretano, la resina, la fibra, … Como referencia en cuanto a medidas y formas tenía las de un tablón de 2,40 metros de longitud que usaba Carlos Bremón, al cual habíamos conocido algunas semanas antes.

Así que sin más información que la que podía ofrecer el paipo, el cual “diseccionamos” en dos para ver como era su estructura interior, y las dimensiones y formas del tablón de Carlos, me lancé a la que fue la fabricación de mi primera tabla. Del análisis del paipo y del tablón llegué a la conclusión de que la tabla a construir tendría que ser un objeto muy robusto. Mi problema era cómo lograrlo, y más en un artefacto que había de medir 2,40 metros de largo. 

El foam que habíamos conseguido tenía una densidad de 35 kg/m3, que acabó revelándose como muy baja, por lo que una de las primeras determinaciones a las que llegué fue que, para lograr una estructura fuerte, tenía que construir una tabla con un alma robusta, y reforzar toda la superficie con varias capas de fibra. Fue así como construí un alma en madera de teka de 4 cm de espesor, a la que encolé dos bloques de espuma de poliuretano. Tras darle la forma al foam, lo envolví todo en tres capas de fibra con abundante resina.

Carlos Bremón, que de todos era el que más se manejaba en las olas, fue quien la probó. La tabla pesaba una barbaridad, y cuando la echamos al agua, apenas flotaba. Aquello fue una gran desilusión. A pesar de todo, Carlos fue capaz de coger algunas olas, por lo que también quedaba claro que el diseño era válido, y lo que tenía que hacer era perfeccionar la construcción, yendo hacia una estructura más ligera, y por tanto con mayor flotabilidad.

Había que reducir el peso de la tabla, y para ello era fundamental lograr un alma más fina que soportase los esfuerzos a las que se iba a someter la tabla, además de poner menos capas de fibra. Debía por tanto encontrar un foam más denso, más resistente, para compensar la reducción del espesor del alma y del número de capas de fibra.

Mientras no lograba una espuma más densa, y tomando como plantilla la tabla de Carlos, hice varias unidades de tablas de 2,40 de eslora por 60 de manga que vendí a Deportes Otero en La Coruña. Aquellas tablas tuvieron por cierto muy buena aceptación, a pesar de que eran unos artefactos impresionantes por su tamaño y peso considerable. Recuerdo el precio de venta: 3.500 pesetas. Estamos hablando de 1970. Eran tablas tan grandes que aguantaban perfectamente con dos personas a la vez. De hecho recuerdo coger olas en tandem con Tito un día en Baldaio. Ojalá pudiera recuperar hoy una de aquellas primeras Rufo’s.

Cuando ya llevaba unas cuantas tablas construidas, aparecieron por Coruña un grupo de chicos vascos que venían a coger olas y que traían consigo unas tablas que para nosotros eran novedosas en cuanto a formas y volúmenes, y que suponían un importante avance con respecto a la tabla de Carlos. En las conversaciones que tuvimos con ellos mi principal interés era conocer de dónde conseguían el foam, y fue allí donde me hablaron de Barland y su taller en Biarritz. Así que a los pocos días cogimos el coche y nos fuimos hasta Francia a por unos foams. Pero aquellos foams, aunque mucho mejores que los que podía conseguir, eran muy caros, carísimos para nuestras economías, por lo que no podía permitirme comprarlos. La solución había que buscarla en casa. Del viaje volví sin foams, pero con la firme determinación de fabricarlos.

(NOTA: se recomienda leer aquí la entrada sobre el foam de las Rufo's).

Para ello construí un gran molde de hormigón, cuya temperatura era regulada con un termostato, ty ras muchos intentos, que exigieron una continua evolución y mayor precisión en todo el proceso, se logró que la densidad del foam pasase de los 35 kg iniciales a más de 65 kg/m3, con una estructura de celdilla muy buena, muy cerrada. Con foams de calidad aceptable, las características generales de las tablas mejoraron muchísimo: peso menor, mayor resistencia, más fáciles de trabajar, … Pero aún era mucho el camino que me quedaba por recorrer 

La construcción de aquellas primeras tablas, y de muchas de las que vendrían después, la hacía en un chabolo que tenía mi padre en San Roque da Fora, cerca de donde vivíamos, al borde de los acantilados que cierran, mirando al mar a la izquierda, la ensenada de Riazor y el Orzán. Era un construcción muy humilde, con paredes de bloque de hormigón y tejado de uralita, y más bien pequeño, de aproximadamente de 4 por 7 metros. Como te puedes imaginar aquel no era el mejor lugar, sobre todo por la humedad y los cambios de temperatura, para construir tablas de surf, pero en un principio, y durante mucho tiempo, fue lo que tuve.

El proceso de trabajo el taller era más o menos el siguiente. Los foams, una vez expandidos, los dejaba curar entre 20 y 30 días. Antes no se podía trabajar bien con él. Normalmente los lleva a curar al patio de la casa de mi madre, donde permanecían esos días. En el chabolo no tenía espacio, y además la humedad, no era lo ideal para el curado del foam. Pasados los 20 días aquello tenía ya otra dureza. En función de los foams que tuviese almacenados, dedicaba entre 1 y 3 días a la semana a fabricar foam. 

En el chabolo hacia todo el proceso de construcción de las tablas. Tardaba aproximadamente unos tres días en fabricar una, aunque bueno, no tres días continuos de 8 horas laborables, ya que a parte de las tablas, tenía otro trabajo. Además, y como era normal, también quería ir a surfear. Con los 3 días me refiero a que todas las tareas para construir una tabla las desarrollaba en 3 jornadas. El primer día le daba la forma al foam y extendía la primera capa de fibra. Al día siguiente le daba la siguiente capa, y el tercero lo dedicaba a los acabados.

Con el tiempo pasé del chabolo a un piso que me dejó Jose “Queimarán”. Tenía toda una planta de un edificio para mí, por lo que allí me podía organizar mejor. En el piso ya había otra temperatura, lo que repercutió no sólo en un mejor acabado de las tablas, sino también en el número de unidades que sacaba a la semana. Podía trabajar más rápido y ser más preciso. Antes de irme al piso, recuerdo que llegué también a hacer tablas en la casa en que vivía, un pequeño piso situado en un octavo. Hasta allí subí todo: herramientas, plantillas, materiales. Me imagino que el olor que salía de mi casa debía de ser terrible para los vecinos, pero la verdad es que nunca nadie se quejó. Me imagino que entendieron que con aquéllo me gana la vida, y por eso nunca dijeron nada. En mi casa llegué a construir entre 10-15 tablas.

Como herramientas utilizaba aquellas que se podían conseguir en cualquier ferretería de la época. No era material específico, por lo que muchas veces, tenía que hacer pequeñas modificaciones para adaptarlas al uso que les quería dar, y lograr así las aplicaciones que ninguna máquina del mercado me proporcionaba. Había que adaptarse a lo que teníamos acceso, y sobre todo echarle imaginación. Con imaginación se pueden hacer muchas cosas. Siempre he pensado que el no disponer de los medios no puede ser disculpa para no lograr un objetivo. Si no dispongo de lo necesario pues lo tendré que conseguir de otra manera, buscar o construir yo mismo. Tal vez en la sociedad de hoy nuestro problema es que tenemos de todo, y con ello me refiero a cosas materiales, y realmente lo que nos falta es imaginación. De hecho creo que una de la vías para salir de la actual crisis en la que nos encontramos es potenciando el ingenio. Como sabes, en la actualidad me dedico a la construcción de barcos. No tengo estudios navales, pero he llegado a donde estoy en base al trabajo, a la constancia, el esfuerzo y la imaginación. La realidad es que mis barcos navegan como los de cualquier otro. Nadie da nada. O te lo buscas o las cosas no te van a caer del cielo. Suerte es tener salud. O haber tenido la oportunidad de estudiar, ya que los estudios te van a valer siempre. No todos en aquella época tuvimos la suerte de poder ir a la escuela o a la universidad, ya que antes había otras necesidades. Suerte es también que te toque la lotería. Todo lo demás es trabajo.

Acabo de cumplir 65 años, y ahora mismo estoy trabajando en el diseño de un nuevo barco. Algunos me dicen que para que me meto en esto. Pero la realidad es que no puedo estar quieto. Es mi ilusión. Tengo que hacer algo. Tener proyectos. Tengo que mover mis manos y mi cabeza. Me acuesto siempre pensando en algo. Voy en bicicleta y voy pensando. De hecho tengo un amigo que, cuando me lo encuentro, siempre me dice “a ti no te para el caballo”. Tengo esa condición. Cuando me muera ya tendré tiempo para descansar. Ya pararé cuando el cuerpo no me aguante. Mientras no voy a detener. Y en esto he sido así desde joven.

Cuando empecé con la fabricación de tablas, yo en realidad me ganaba la vida trabajando en una panadería. Entraba a trabajar a las 4 de la mañana, por lo que me levantaba a las tres y media.  De 4 a 2 de la tarde estaba en la panadería. De allí me iba a casa, comía y dormía una hora. Me levantaba, y me iba al chabolo a trabajar en alguna tabla, 2 o 3 horas. Si había olas, el tiempo que pasaba en el taller era menor, ya que me iba a surfear. Y a las 8 entraba en el FPA a hacer un curso de soldadura hasta las once y media de la noche. Y así durante 8 meses. El tener un objetivo, una meta, es lo que siempre me ha movido. Hay que luchar siempre. En los buenos y en los malos tiempos, estando siempre dispuesto a aprovechar las oportunidades.

Pero volvamos al surf. Al poco tiempo de lograr fabricar los foams de 65 kg de densidad, apareció por Coruña un joven sudafricano que se llamaba Darryl. Estamos hablando del año 1971. Yo tenía 24 años. La tabla que había traído con él tenía unos acabados y unas formas muchos más evolucionadas que las que yo estaba construyendo. Con él entablamos en poco tiempo una muy buena amistad, y para mí fue una figura fundamental en mi evolución como constructor de tablas. Él tenía las nociones básicas, y conocía buena parte de los secretos, lo que me permitió mejorar en mis construcciones. Con él empecé de cero en varias ocasiones todo el proceso, lo que me ayudó a pulir mi técnica. Para mí aquello fue descubrir otro mundo. Fue un cambio total. Por ejemplo me enseñó como aplicar el poliester, que lo hacía de un modo distinto a cómo yo lo veía haciendo. Con él construí tres tablas. Con los conocimientos adquiridos gracias a Darryl, y con foams de calidad, las tablas mejoraron mucho.

Tres años más tarde del paso de Darryl, en 1974, cuando tenía 27 años, conocimos a un vasco que había venido a hacer surf a Galicia. Enseguida entablemos amistad con él, y un día, en una de nuestras conversaciones, me contó que trabajaba en Bélgica, en una empresa que se dedicaba a la fabricación de barcos de fibra. Cuando le escuché, todas mis antenas se pusieron en alerta con la idea de intentar aprender algo de aquella conversación. En Coruña y alrededores no sabía de ninguna empresa que se dedicase a la construcción naval en fibra. Aquello me pareció una gran oportunidad, Tras 3 o 4 días con nosotros, y cuando ya tenía algo más de confianza, le pregunté si podría ir hasta la fábrica a ver cómo se construían aquellos barcos. Recuerdo perfectamente lo que me contesto: “Sí hombre, como no. ¿Cuándo puedes venir? ¿Cuánto tiempo?”. Un mes después de irse me llamó. Había hablado con su jefe y sería bienvenido en la fábrica. Así que cogí el coche y me fui para Bélgica. Estuve trabajando allí un mes, viendo y participando en todo el proceso. Aquello era lo que estaba deseando. El problema que tenía aquí es que nadie te explicaba cual era la técnica, cómo se hacía. Cómo se desmoldaba. Llegar allí, y ver aquello fue tremendo. Lo tenía todo ante mis ojos. Y claro, en un mes aprendí un montón. Nos levantábamos a trabajar a las 4 de la mañana y estábamos en la fábrica hasta las cinco de la tarde. Cuando terminó el mes de estancia, el dueño de la empresa me ofreció quedarme. Pero rechacé la oferta, no porque no estuviese contento, pero donde se ubicaba la fábrica estábamos a más de 100 km del mar, y yo no podía estar más tiempo sin verlo. Allí no veía el mar por ningún lado, y me volvía loco. Recuerdo que yo le decía a mi compañero “¿Es que no podemos ir al mar?”. Y él me contestaba que estaba a más de 100 km. Así que cuando se cumplió el mes me volví.

La verdad es que aprendí mucho allí. Entre los dos hacíamos un velero de 14 metros en 3 días. A esa edad yo era muy largo trabajando. Me podían echar encima lo que fuese.


A la vuelta, me traje conmigo unos moldes que el jefe me regaló para fabricar, en fibra, bañeras y otras piezas de baño, así que además de con las tablas, empecé con las bañeras. Y de ahí, y tras fabricar otros objetos utilizando siempre moldes, llegué a los barcos, que acabaron convirtiéndose en el centro de mi trabajo profesional. También hice piezas especiales para la armada y para otras empresas. De pronto empezaron a aparecer cientos de aplicaciones asociadas a la construcción son resina y fibra. En fibra habré llegado a fabricar entre 1.750 y 1.800 barcos, de hasta 10,50 metros de eslora. Quién me iba a decir, por ejemplo, que los conocimientos  adquiridos en su día en la fabricación del foam me iban a servir en la construcción de barcos, para aplicaciones, como por ejemplo, la de construir cascos insumergibles.

A los pocos años de estar fabricando y vendiendo tablas, empecé a suministrarme con foam que compraba a través de la tienda Pukas. Llegó un momento en que ya no me salía rentable fabricarlos, y casi por el mismo precio los conseguía hechos. Aprovechando los envíos de foam, diversifiqué un poco más el producto, y comencé a traer trajes: los primeros Rip Curl, y también alguna prenda de textil, aunque poca cosa.

Cálculo haber fabricado algo más de 100 tablas. Las primeras he de reconocer que eran bastante rudimentarias, pero con el tiempo las Rufo's se empezaron a asimilar bastante, en acabados y formas, a lo que había por ahí.  Los colores y acabados eran a petición del cliente, aunque también a veces en el taller se experimentaba, y se estaba abierto a que cada uno propusiese cosas. Había compañerismo, y las opiniones e ideas de todo el mundo eran aceptadas.

Gracias a la pesca submarina tenía muy controlada toda la costa, tanto al norte como al sur de La Coruña. Cuando comenzamos con el surf aún más. A mi Dyang 6, en dos años, le hicimos 200.000 km yendo de un lado a otro en busca de olas, lo que para aquellos años, y con las carreteras que había, eran muchos kilómetros. Lo normal es que fuésemos a bordo Jose, Tito, Alejandro Mesías y yo. Otro que se movía mucho, y que no paraba, era Carlos Bremón, que se reveló como un gran descubridor de playas para el surf. Los surfistas asiduos éramos un grupo de no más de 20 personas. De hecho quedábamos para surfear y así no ir solos. El lugar de encuentro habitual era el chabolo, en donde quedábamos tanto para ir a coger olas, como para charlar en los días en los que el mar estaba en calma. Desde allí salíamos también para hacer pesca submarina. También desde el chabolo divisamos por primera vez Doniños. Una vez que Vari, Jose y Luis Bericua abrieron O’Patacón, el punto de encuentro pasó a ser el bar. 

Además de la costa gallega, también viajamos, y recorrimos buena parte del Cantábrico. En el País Vasco, por ejemplo, nos llevamos una gran sorpresa con la temperatura del agua ¡¡Sí aquí nos sobra el traje!!. Allí había otro nivel: más gente, más medios, mejores tablas, … Otro mundo.

José Andrés, que era muy viajero, y los Irisarri, me traían tablas de fuera que yo copiaba. Nuevas formas, proporciones, tamaños. También nuevas técnicas de construcción. De estas tablas copiaba la forma, preparando unas plantillas en madera. Cuando un modelo funcionaba y tenía aceptación, fabricaba otras iguales. Los modelos que tenían más éxito eran los que usaba Fernando Adarraga. Y no es que esas tablas fuesen especialmente bien, sino que Fernando era el mejor surfista de la época. Sin embargo aún había alguno que creía que el mérito era más de la tabla que del surfista. 

Copiar una tabla es bastante sencillo, y más si lo comparo con hacer un barco. Actualmente estoy enseñando a un chico a construir tablas, y de hecho me voy a animar a hacer una de nuevo. Los secretos: principalmente hay que ser muy curioso, para que la tabla tenga buenos acabados, y también tener algo de buena vista, sobre todo para las formas, el planning de abajo, los cantos".

Y hablando de proyectos de futuro nos despedimos, no sin antes quedar para un próximo encuentro, esta vez en su fábrica, en donde me encantaría poder ver trabajar a Rufino en esa nueva Rufo`s, la primera en 30 años.




1.-1970. San Roque de Afora. Los primeros foams que salían del taller. Fotografía de Carlos Bremón.
2.-Acantilados en Sabón. Fotografía de Luis Bericua.
3.-Filmando en Sabón. Fotografía de Luis Bericua.

7 comentarios:

  1. Jesús la primera foto no es mía, y de los que están con Jose, ninguno es Rufino.

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    1. Corregido. Vi al de bigote y pensé que era él. Le faltaba el pelo rizo, pero pensé que lo tendría corto. Ahora mismo lo corrijo.

      Un saludo y gracias

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  2. Muy bonita historia y actitud ante la vida la de Rufino que además coincide con la de muchas otras historias de otros surfistas.

    Gentes con la mente abierta, ganas de aprender y de disfrutar de la vida con poco. Debe de ser que se educaron con el mar, parece ser que el mar educa y por eso existen tantas similitudes entre el carácter y forma de afrontar la vida de los "viejos" surferos.

    Gracias por compartir estas historias, es una pasada poder leerlas.

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  3. Muy interesante, como suelen ser habituales estas entradas. Gracias por el trabajo Jesus, saludos y buen finde!

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  4. bonita historia y buen trabajo.
    saludos!!!

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  5. Rufino, uno grande entre los muy grandes. Lalo

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  6. Rufo: el mejor: innovador, trabajador, espíritu de sacrificio y de superación, ganas de aprender, esfuerzo... y en el medio de todo esto nos tomábamos la leche condensada "a morro" y yo alucinaba en el chabolo de mi abuelo con lo que hacía mi tío Rufo. Es además un artesano en toda regla...
    Lo admiro y lo quiero muchísimo. Ana (o María, como suele llamarme)

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