14.1.11

SURFISTAS. Miguel Camarero Suanzes (parte 1)



Bastiagueiro 1977 - De izq a der.: Antón Camarero, Miguel Camarero, Gonzalo Viana, Félix Cueto y Carlos Coira.

Miguel Camarero nació en A Coruña en el año 1950. Marino y pintor, toda su vida ha estado vinculada profundamente al mar, como capitán de distintos barcos, profesor en la Escuela de Náutica y como práctico en el puerto de Tarragona. Pero esta relación no se limita únicamente a lo profesional; también como artista, el mar protagoniza su obra. Terranova, Groenlandia, África del Sur, ..., a todos estos lugares viajaba siempre acompañado de su caja de acuarelas y cuadernos de apuntes, en los que recopilaba imágenes, sensaciones y recuerdos de sus mares, tierras y gentes.

Con los años recala en tierra, ejerciendo como práctico en pequeños puertos en Finisterre y patrón voluntario en las embarcaciones de salvamento de la Real Sociedad Española de Salvamento de Náufragos. Posteriormente se traslada como práctico a la costa mediterránea, en dónde continúa pintando y practicando surf cuando las condiciones son las propicias.

En 1969 Miguel conoce a Félix Cueto, y junto con su amigo Gonzalo Viana, se inicia en la práctica del surf. Ellos serán los primeros gallegos en coger olas en las playas del Atlántico.


Playa de Bastiagueiro - 1980

Los inicios.

Antes de comenzar con el surf, ya teníamos una gran pasión por el mar, y en parte, antes de subirnos por primera vez a una tabla, ya habíamos vivido la “sensación”. Nos habíamos deslizado en las olas con botes de remos, colchones, nadando, con un cayuco traído de Guinea por un tío marino, con un extraño artilugio con vela latina precursor del windsurf, y hasta con una pesada “anduriña” que tenía Gonzalo Viana.

A través de un ejemplar de la revista “Mecánica Popular”, tuvimos noticia de que las tablas de surf se construían con madera de balsa. Sin embargo para nosotros aquel material, el único con el que pensábamos que se podían construir las tablas de surf, era algo completamente exótico y no accesible, lo que nos alejaba de cualquier posibilidad de acceder al deseado artilugio.

Estábamos en la década de los 60 y no sé de qué forma, un disco LP del grupo de música surf instrumental “The Astronauts” cayó en nuestras manos; música con muchísimo ritmo y que describía en sus letras el surf; también otros de los Beach Boys; o alguna película con escenas sueltas o segundos planos en los que se veían surfistas. Todas estas visiones nos mostraban un mundo que para nosotros era deseado pero inalcanzable... . No había tablas y no nos imaginábamos cómo conseguirlas. Entre las películas de la época recuerdo especialmente “La Playa”, pues pudimos verla como unas 10 veces: en ella un actor secundario se ponía ciego de correr olas y caminar sobre un tablón en una maravillosa playa californiana, que resultó ser, cómo no, Malibú. Otra de la época con surf de fondo, al menos durante un par de intensísimos minutos, y en la misma playa, fue “500 millas”, protagonizada por Paul Newman. Era muy poco, pero suficiente para hacer germinar y crecer nuestras ansias por practicar aquel deporte.

Con esta frustración trascurrió el tiempo y pasaron los sesenta, hasta que un día, seguramente en la primavera del año 1969, y creo que en la playa del Orzán, vimos a un tipo con una tabla naranja que corría las olas con tanta elegancia como el “artista” de “La Playa”. Es curioso que en mi memoria no queda de aquellos días más que el impacto de la visión del surfista, que era Félix Cueto, y ni rastro de la forma en que se inició una estupenda amistad.

Los primeros baños.

De entre todos los lugares guardo un especial recuerdo de Malpica. Malpica ofrecía una excelente playa, un pueblo extraordinariamente acogedor y una gran ventaja: la “facilidad“ para el transporte de personas y tablas; la “facilidad” consistía principalmente en que los chóferes de la empresa de autobuses Finisterre, que era la empresa que explotaba la línea que iba a Malpica desde A Coruña, nos permitían transportar las tablas “en cabina”.


En Malpica comenzó nuestro duro aprendizaje, aderezado por las broncas continuas que Gonzalo y yo recibíamos de Félix ante nuestro nulos y torpes avances. La impaciencia de Félix era lógica, pues mientras nosotros nos iniciábamos con su tabla, él sólo podía disfrutar de un paipo, que era como llamábamos al bodyboard que también tenía Félix.

Aquel Septiembre acampamos durante varios días entre la playa de Sealla y la de Area Maior. Recuerdo gratamente la inmensa hospitalidad “malpicana”, personalizada en Carmen Amigo y los maravillosos caldos y caldeiradas que nos preparaba, y que nosotros le intentábamos pagar con inmensa gratitud ante el descomunal apetito con el que salíamos del agua.

Poco a poco comenzamos a soltarnos encima de la Bilbo de Félix y a escaparnos de la espuma cogiendo “carne de ola”, que así era como llamábamos a las paredes, y a disfrutar intensamente. Visto desde la distancia de tantos años, estos recuerdos son el comienzo, y sólo una pequeña parte de lo que el surf llegó a suponer para nosotros.

Félix fabricó entonces para nosotros otras dos tablas. Sin embargo aquellas tablas tenían serios fallos “tecnológicos” y de acabado. A parte de que a los pocos baños aumentaba mucho su peso debido al agua que cogían, el mal acabado nos causaba heridas. El día que las estrenamos en el Orzán, al salir del agua nos sorprendió ver nuestros torsos enrojecidos. Lo primero que pensamos era que las tablas habían desteñido, tintando nuestras barrigas y pecho de un fuerte rojo. Sin embargo la realidad era que el color se debía a nuestra piel llena de rozaduras y enrojecida por las heridas. Con la emoción ni nos habíamos dado cuenta del dolor.

Desgraciadamente son pocos los testimonios gráficos que quedan de aquellos primeros baños. No teníamos cámara de fotos, ni nos planteábamos siquiera su necesidad. Siempre pinté y dibujé, y lo sigo haciendo, y los únicos recuerdos gráficos que guardo son algún apunte de aquellos comienzos y un óleo de 1977.



Los compañeros.

Los naufragios del Isla y el Erkowit, en el otoño de 1970, nos sorprendieron a los tres, Félix, Gonzalo y yo, surfeando en el Orzán, ajenos a la tragedia que conmovió a la ciudad. Aquel naufragio provocó la reactivación de la Sociedad Española de Salvamento de Náufragos, que se transformó en una sección de la Cruz Roja. Para entrenar a los que nos habíamos presentado como voluntarios, y de paso tratar de vender sus estupendas embarcaciones, los británicos de la RNLI enviaron dos embarcaciones que permanecieron con su tripulación más de un año en nuestro puerto. En esas prácticas tuve la suerte de conocer a Carlos Bremón. Un día de mal tiempo, mientras estábamos embarcados en el veloz y modernísimo prototipo, corrimos con la embarcación una rompiente y salió el tema del surf. Carlos me contó que tenía en “usufructo” una tabla todavía más grande que la Bilbo de Félix que veníamos utilizando. Su tabla era una “Ten Toes” de casi tres metros y un peso considerable. Carlos tenía además un Seat 850, con el que nos llevaba a las playas. Aquel invierno disfrutamos del surf con Carlos Bremón, Alejandro Mesías, y Manuel como fijos, a los que se sumaban de vez en cuando algunos irregulares como Carlos Coira, Pipo Vázquez, además de muchos otros compañeros de Náutica que atraídos por la novedad venían de vez en cuando a probar.

Aquel invierno, y los años siguientes, el número de surfistas era mayor que el de tablas, lo que nos obligaba a entrar en el agua por turnos. Las esperas en el verano se solventaban sin problemas. Pero en invierno teníamos que acudir a una protección térmica adicional a base de jerséis de lana o camisetas, que creíamos nos aguantaban un poco más nuestro calor corporal.

En realidad la mayor protección nos la proporcionaba, además del ansia de surfear, la “vergüenza torera” que nos provocaba la madre de Carlos Bremón, casi octogenaria y que compartía el baño con nosotros. Solía acompañarnos a la playa cuando íbamos a hacer surf, ya que era una persona a la que le encantaba el mar. Yo creo que se bañaba todos los días del año, y la verdad es que nos daba la sensación que para ella había dos tipos de personas: los que eran como nosotros, amantes del mar, y el resto, a los cuales no tenía en la misma consideración.

Las tiritonas en el viaje de vuelta, en el coche atiborrado de gente húmeda y agotada, duraban el interminable tiempo que la calefacción tardaba en caldear el interior.


Continua en la parte 2 pulsando AQUÍ.

7 comentarios:

  1. Miguel, me encanta tu blog. Muchas gracias por tus recuerdos.
    Besos.
    Manena Coira

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  2. Soy Juan Carlos Jorquera, de Madrid. Alumno tuyo en Coruña en los años 80, el que sacaba a navegar los laúdes. Al final, navegué 10 años en los SIERRA y llegúe a mandar barco. Ahora me ocupo de la vigilancia de Reservas Marinas en el Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino. Intenté verte una vez en Tarragona, pero no estabas de guardia. Desconocía tu faceta de acuarelista y me ha gustado mucho mucho mucho. Si quisieras contactar conmigo, en la página web de Reservas Marinas están teléfono y dirección de mail.

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  3. Veo dificil que la primera foto sea de 1977, porque se ve un Seat Ritmo.Ese modelo no salio al mercado hasta 1979

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    1. Posiblemente tengas razón, no te lo voy a discutir, simplemente, y como pié de foto, figura el texto que aparecía en el reverso de la foto. De todos modos la fecha es lo de menos, y el verdadero valor de la foto no es el Seat Ritmo, sino que en ella aparecen Félix Cueto, Miguel Camarero y Gonzalo Viana. De todos modos muchas gracias por el apunto.

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    2. La foto será entonces de posiblemente 1980, en adelante: http://www.seatfansclub.com/2011/11/historia-seat-ritmo.html

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  4. Excelente Blog y maravillosas historias.

    Muchas gracias por ello.

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