27.2.16

HISTORIAS. Carlos Bremón Pérez (parte 4).


"Si hoy en día el problema para los surfistas es encontrar material a buen precio, nuestro problema era simplemente encontrar cualquier tipo de material. Yo tuve mucha suerte con aquella tabla aparecida en un garaje, un genuino longboard de los años sesenta salido quizás de algún taller californiano, y que en aquel momento me pareció, aunque muy antiguo, muy bonito y clásico. De bandas longitudinales blancas y verdes, disfruté inmensamente de él durante varios años, antes de que el uso, los golpes y la falta de reparaciones, lo condenasen a un prematuro desguace del que nunca me perdonaré por haberlo consentido. Solo diré que hubo alguien que me lo pidió, cuando yo ya no lo usaba mucho, creo que para aprovechar el foam y hacer una tabla más pequeña y moderna. La realidad es que el tablón tenía deshecho el “nose”, y absorbía agua por la punta como si fuera una esponja. Lo peor era que el agua no salía por ningún lado: increíblemente se quedaba dentro. Eso hizo que la plancha se fuese deteriorando enormemente. No me planteé una reparación para restaurarla. Fue una lástima, aunque me temo que más tarde o más temprano hubiera sucumbido a la falta de cuidados con que la trataba.

El estado de la tabla era consecuencia en buena medida de que entonces no usábamos invento, lo que veíamos como algo exótico y prescindible. La falta de invento, y que la tabla pesase unos 15 kilos, hacía que constantemente terminase golpeándose con fuerza en la orilla, no solo contra la arena, sino también contra las frecuentes piedras que es fácil encontrar en ella. Y aunque hubiera tenido un invento a mano, no hubiera sido muy sensato usarlo. Primero porque los inventos más modernos que había entonces eran bastante rígidos: poco más que una cuerda atada a un trozo de neumático que se fijaba al tobillo. Y en segundo lugar, porque de intentar sujetar aquel portaviones con algo, con lo que fuera, se corría el riesgo de ser miserablemente arrastrado hasta la misma orilla o, en el peor de los casos, que casi te arrancara de cuajo una pierna. No procedía emplearlos. 

La falta de amarradera, sin embargo, conllevaba graves inconvenientes. Aun me acuerdo de las maldiciones que lanzaba cuando al coger una ola en Santa Cristina, a 100 ó 150 metros de la orilla, me caía de la tabla y la veía alejarse rápida e irremisiblemente. Tocaba entonces nadar. Pero el agua estaba muy fría. No hace falta aclarar que surfeábamos sin traje de neopreno. El frío, y también la desesperación por no poder prolongar los baños, además de una cierta dosis optimismo, nos llevó a probar el ponernos jerseys de lana, pero evidentemente no resultaban efectivos. Mi situación mejoró una tarde en la que apareció por la playa una mujer que vivía en un chalet cercano, y que me conocía porque había dado clases de natación a sus hijos. Cuando me vio salir del agua, totalmente aterido de frío, me prometió que al día siguiente me iba a traer un traje de buceo que su marido ya no usaba. Al día siguiente, cumplió su promesa, y ¡qué sensación más deliciosa! Era un poco molesto llevar la cola de pingüino del traje colgando, pero los siete milímetros de espesor me abrigaban del frío. Para no entorpecer las maniobras solo utilicé la chaqueta, las piernas las seguí llevando al aire durante muchos años.

Aquel encuentro, que me resolvió en buena medida el problema del frío invernal, es una muestra de cómo la falta de recursos hizo que todos tuviésemos que agudizar nuestro ingenio y estar atentos ante cualquier oportunidad que surgiese para así resolver nuestras carencias. Otro caso curioso fue cómo, y ante la imposibilidad de disponer de parafina, acudimos a los cabos de cera de vela. Cuando me trasladé a vivir a Ferrol, una de las primeras necesidades que intenté solventar fue la de localizar dónde poder comprar cera de velas. Recuerdo que pregunté a Juan Abeledo padre y él me localizó a mi suministrador: Cerería Poupariña. Y allí, entre imágenes de santos y exvotos de cera que terminarían en cualquier capilla o iglesia de Galicia, adquiría yo las velas, con su mecha y todo, para frotar la tabla.

Pero todos aquellos inconvenientes y dificultades se compensaban enormemente por el placer que nos producía coger una ola bien formada en las playas que íbamos descubriendo. Poco a poco fuimos ampliando nuestro radio de acción a playas como las de Barrañán, o Sabón, que al principio nos producía gran respeto. A través de Miguel Camarero descubrimos Malpica. También Razo. Los inviernos eran fantásticos, todo actividad, con las marejadas y los suroestes. Íbamos del Orzán a Santa Cristina, de Bastiagueiro a Barrañán, de Sabón a Malpica, aunque a esta playa casi siempre los fines de semana, porque ya quedaba lejos. Pero cuando alguien decía: “¡Vamos a Malpica!”, todos se apuntaban con entusiasmo. Aunque el mito muchas veces se derrumbaba, y cuando llegabas allí las cosas no eran como esperábamos.


A medida que se fue ampliando el grupo de surfistas, y ante la dificultad de hacerse con una tabla, los más ingeniosos empezaron con la fabricación propia. Entre todos, los que desde el principio consiguieron los prototipos mejor acabados fueron Rufino y Tito, que ya se habían aventurado a fabricar tablas en 1971. Sus primeras tablas apenas flotaban en el agua, pero poco a poco las tablas de Rufino comenzaron a mejorar con cada modelo. Pronto estaba fabricando hasta su propio foam en el taller que tenía en San Roque de Afuera. Las Rufo’s Surfboards se convirtieron pronto en la referencia.

Pero no todos los intentos de fabricación resultaban bien. Recuerdo como una de las mayores catástrofes la de un chico que apareció un día por la playa. Se entusiasmó tanto al vernos coger olas que a los pocos días trajo una tabla de evidente fabricación casera. Aquella tabla se me quedó grabada en la memoria para toda la vida. ¿Y por qué? Pues porque era la...¿tabla? más original que he visto nunca. La perfecta demostración de que la ilusión nos puede cegar el sentido común hasta un punto inimaginable. Este muchacho, con enorme optimismo, había hecho lo siguiente: con unos paneles de corcho blanco había conformado más o menos la silueta de una tabla. Pero ante la evidente fragilidad de aquellas delgadas planchas de corcho, compró una tela plástica, de skay en color gris, como la que se empleaba para forrar sofás. Con ella envolvió los corchos para darles algo de rigidez. Pero como aquel forro exterior parecía empeñado en “desenvolverse”, remató la idea atando todo el conjunto con unas cuerdas, con lo que la tabla parecía aparentemente sólida. Íntimamente presentimos la corta vida de aquel engendro, pero de nuestras bocas no salió ni una palabra de crítica, sino más bien “qué bonito”, “a ver si funciona...”. Era lo más que le podíamos decir en aquel momento, sin que creyese que lo queríamos desanimar, chafarle la ilusión, o sabotearle el experimento. Incluso, algunos nos llegamos a contagiar algo de su entusiasmado: “igual coge una ola”.

Llegado el momento de probarla, se echó al agua, remó hasta el pico, y se dio la vuelta para tratar de correr la primera ola. Ésta llegó. Pero la ola en lugar de impulsarlo lo cogió por debajo, y en unos breves segundos, no necesitó más, le deshizo el artilugio, echando a perder muchas horas de trabajo, algún dinero y, por supuesto, la enorme ilusión del chaval. Cuando llegó nadando hasta la orilla, traía debajo del brazo los restos de lo que, sin duda, era la mejor demostración de que el excesivo entusiasmo por el surf nos puede llegar a crear alucinaciones realmente preocupantes. Pero nadie se rió. Todos miramos aquellos trozos de corcho, tela y cuerda, ya totalmente sueltos, con aire de “¿qué raro?, ¿qué habrá pasado …?” 

Pero no fue el único. Félix Cueto había traído de Asturias una Bilbo con la que se metía a veces. Félix no se prodigaba demasiado, sobre todo porque no le gustaba el frío y la temperatura de nuestras aguas, algo más frías que las de su tierra. Quizás por eso, y también porque tenía que compartir demasiado su Bilbo con sus nuevos amigos y compañeros de la Escuela de Náutica, que accedió a vendérsela a Miguel Camarero. Miguel estuvo surfeando durante varios meses con ella, hasta que un buen día me confesó sus intenciones de “acortarla”. Se había enterado de que las nuevas tablas habían reducido su longitud. La Bilbo, que si no recuerdo mal andaría por los 2 metros y medio, resultaba demasiado larga para las nuevas tendencias.

Cuando me lo contó sinceramente no le tomé en serio, hasta que a los pocos días apareció con la Bilbo “reformada”. La había cortado por la punta casi medio metro, pero como Miguel no era muy dado a perfeccionismos, se contentó simplemente con serrar la proa y darle una mano de resina. Cuando vi lo que acababa de hacer me quedé paralizado. Nunca nada me volvió a recordar tan bien la proa de un portaviones como la punta de la nueva Bilbo. Aquello me pareció un verdadero sacrilegio. Miguel tenía una tabla magnífica, que con la mía era lo mejor de que disponíamos, ¡¡¡y le hacía aquello!!! Ese día, y accediendo a la invitación de su dueño, le cambié mi tabla por la suya para probar. Y la verdad es que la tabla no giraba mal. Pero llevar delante de tí aquel “nose” te daba una gran sensación de inseguridad.

Miguel, que era un tío inquieto y emprendedor, cuando vio que su “solución” no había sido muy afortunada, decidió dar otro paso adelante: hacerse una tabla. El primer problema fue encontrar poliuretano. Después de mucho buscar se enteró de que los cofres congeladores de los bares utilizaban como aislante este material, pero con poco grosor y de una tonalidad amarillenta muy fea. Y, además, no se podía comprar en Coruña. Pero sí había "porespan" que, sin embargo, también tenía un grave inconveniente, y es que no resistía la resina de poliester, que lo fundía de inmediato al aplicarla sobre el poliestireno expandido. Al poco tiempo se enteró de que había otra resina que no atacaba al porespán, la epoxi, aunque era muy cara. Pero Miguel no se desanimó y se hizo con un bote de esta resina y adquirió también un buen bloque de porespan. Al poco tiempo había acabado su tarea. Más o menos, había conseguido dar forma a una “surfboard”. Como el color no le gustaba, a nadie le gustaba, optó por pintarla de rojo chillón. Pero el resto de acabados no eran muy finos. Por ejemplo no se preocupó, tras dar la resina, de lijarla, con lo que le quedaron numerosos chorretones en los laterales, que al secar se convirtieron en afilados cuchillos. Fueron a probarla y al salir del agua alguien le dijo:“¡Miguel, te ha desteñido la pintura que le has puesto!” Pero no eran de pintura las manchas rojas que Miguel tenía en la piel, sino sangre de las heridas que la tabla le habían producido".

Continuará ... Parte 5 pulsando AQUÍ.

2 comentarios:

  1. Yo tuve la inmensa suerte de escuchar la historia de su propia boca, hace unos días tomando una cerveza en el salón de mi casa.
    Estas cosas deben estar escritas, y poder recordar como fue la historia.
    Años más tarde, a mediados de los ochenta, algunos nos poníamos jerseys de algodón para surfear en invierno en Valdoviño......y de pronto llegó Aqua Surf, y todo cambió!!!!

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  2. Me encanta tu blog. Échale un vistazo al mío y pásate si quieres (unarayaentutabla.blogspot.com). Un saludo!

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