12.10.16

HISTORIAS. O'Patacón.


Aunque el surf siempre se ha considerado un deporte individual, la verdad es que tiene bastante de social y comunitario. A la playa no vamos solo a coger olas, sino también a ver a los amigos, a charlar, y a compartir nuestros problemas y alegrías. Muchas de esas charlas tienen lugar en el agua, por así decirlo nuestro medio habitual, pero fuera de ella se desarrolla también mucha de esa actividad social. Ello ha llevado a que la historia del surf está llena de lugares icónicos, en tierra firme, alguno de los cuales ha alcanzado casi el mismo nivel de protagonismo que algunas de las olas más conocidas. Estos lugares han sido fundamentales para crear el sentimiento de comunidad entre los surfistas de una misma playa o de una ciudad, y resultan vitales para entender y conocer la historia de ese lugar. Por poner el ejemplo de mi playa habitual, ¿sería posible contar la historia de la playa de Doniños sin mencionar su caseta de socorrismo?. En los orígenes del surf en Galicia, algunos de esos lugares especiales fueron las escaleras de la playa del Orzán o el "chabolo" de Rufino en Mar Dafora. Ambos perdieron algo de protagonismo en el momento en que se abrió el bar O'Patacón. Y digo bar porque a Vari Caramés, uno de sus socios, nunca le gustó llamarle pub a lo que había nacido como una aventura emprendida por tres amigos: Luis Bericua, Jose "Queimarán" y Vari Caramés. 

"Un día, -me contaba Luis Bericua- llegaron Vari y Manolo con el proyecto de montar un bar, y a Jose y a mí nos gusto la idea. Cuando nos enseñaron el local en la calle del Orzán, terminamos de convencernos. Nuestra primera decisión como "socios" fue la de esperar a que pasase el verano para que cada uno pudiese juntar el dinero necesario para poder hacer frente a la primera inversión que permitiese abrir el local. A Majo, mi novia por aquel entonces, le gusto también la idea, así que decidimos embarcarnos en la aventura y venirnos a vivir a Coruña. Después de pasar todo el verano vendiendo artesanía por las fiestas de los pueblos, y con la ayuda de los padres, juntamos el dinero". 

"Manolo nos dejó pronto porque no encajaba con nosotros, así que nos quedamos al frente del negocio, Vari, Jose y yo, además de Ángeles, la mujer de Vari, y Majo. El bar lo montamos nosotros, con nuestras propias manos, menos algunas obras especializadas como un tabique de ladrillo, los baños y la instalación eléctrica que contamos con profesionales que se agenció Jose, que en aquella época trabajaba en la constructora de la familia. Pero el resto lo hicimos nosotros. Tiramos todo lo que sobraba buscando crear un espacio amplio. Rufo nos ayudó también con el techo y demás elementos de madera, ya que éste era un tema que dominaba. Tardamos mucho en abrir, y nos retrasamos con respecto a la fecha prevista varias veces, ya que nos daba un poco de miedo dar el paso. Siempre encontrábamos algo que se podía mejorar y que retrasaba la inauguración".


"Mientras trabajábamos en las reformas para abrir el bar, -recuerda Jose- todos los días, cuando terminábamos y antes de irnos a casa, sacábamos una libreta y un lápiz y cada uno proponíamos nuestra lista particular de nombres para el local. Yo desde el principio insistí con el nombre de O’Patacón. Era un término por un lado muy nuestro. Recuerdo de pequeño el ir a la tienda de ultramarinos a por un patacón de judias, de patatas, de cebollas, … Era una unidad de medida indeterminada, que significaba ni mucho ni poco, pero que siempre te dejaba con la sensación de querer algo más. Esa era la idea, o el pensamiento con el que queríamos que la gente se fuese del bar. Que no sólo lo hubiesen pasado bien, sino que le quedasen ganas de volver a disfrutar de nuevo de la experiencia. El distintivo de O’Patacón se lo encargamos a Javier Correa, más conocido por Javier Corredoiras, y es un medallón, que en una de sus caras tiene un caballero, mezcla entre un Don Quijote y un valiente guerrero".



"La apertura de O’Patacón en 1979 coincidió con una época muy especial en todos los aspectos: con el fin de la dictadura se palpaba en el ambiente de la ciudad que la gente tenía especial motivación y necesidad de hacer cosas, de poner en común ideas y aficiones que hasta hacía poco se guardan casi en privado. En aquellos años en Coruña casi no había ningún local en el que gente con aficiones artísticas pudiese exponer sus obras y entrar en contacto con otra gente con esas mismas inquietudes. Y se puede decir que con esa idea abrimos O’Patacón". 

Buscando por internet encontré una entrevista en la que Vari, el único socio que me queda aún por entrevistar, describía el ambiente en el bar. "Era un ambiente muy bohemio, muy tabernario. La decoración tenía también un punto "surrealista" y es que eran los clientes quienes llenaban de recuerdos el frente de la barra, con postales y fotografías. Aquella era una expresión del espíritu de O'Patacón, que logró tirar los muros que flanqueaban a una "ciudad de élites y clases" y de hacer que se sentasen en la misma mesa surferos, punkarras e intelectuales". 

Desde sus inicios O'Patacón se convirtió en uno de los centros culturales más activos de la ciudad. "Para la inauguración del local, -me contaba Jose hace unos años- conseguimos traer al filósofo y ensayista Antonio Escohotado, y dentro de nuestra programación, que cambiábamos cada quince días, incluimos exposiciones de pintura, fotografía, conferencias, … Por allí pasó gente muy reconocida hoy, como el propio Vari, que en el año 1980 hizo allí su primera exposición, con fotografías que revelaba en el pequeño estudio fotográfico que se montó en el piso de arriba. También pasaron Xurxo Lobato, Alfredo Roldán, Jorge Cabezas, Fernando Bellas, Javier Corredoiras, Xaime Cabanas o Manuel Vilariño. Quisimos dar al local también un ambiente especial. Mientras que el resto de locales de Coruña solían ser espacios oscuros, nosotros, que tanto nos gustaba la naturaleza, queríamos que hubiese luz, que la gente se viese las caras después de tantos años de oscuridad y prohibiciones. Más que como negocio, lo enfocamos como una aventura, un lugar de encuentro en el que poder dar salida a todos los cambios que se estaban produciendo y en el que se respiraba un ambiente increíble".


"O’Patacón -tal y como me contaba Luis- no fue el primero de los bares de este estilo que se abrió en Coruña, ni el primero que organizaba exposiciones. En mi opinión su éxito, y los buenos recuerdos que guarda la gente, se deben principalmente en que abrimos O’Patacón no para ganar dinero, sino para vivir. Una de las cosas que más nos gustaba era que como con dos personas se atendía bien, el tercero de los socios podía descansar, lo que nos permitía hacer turnos en los que trabajábamos un mes y descansábamos 15 días. Esto nos permitía disfrutar realmente del trabajo, y eso la gente lo notaba. Además, como abríamos sólo por la tarde noche, el disponer del resto del día libre nos permitía organizarnos en función de las condiciones del mar, adelantando o retrasando los recados o tareas que había que hacer durante el día. La hora de apertura era a las ocho, y recuerdo llegar muchas veces, los días que las olas eran buenas, directamente del agua a abrir, sin ducharme. No teníamos mentalidad de empresarios, tal como se entiende hoy. El dinero que ganábamos nos llegaba y valorábamos más el tiempo libre. Con los años, y el aumento de las obligaciones familiares, aumentó la necesidad de dinero, además de que la competencia también aumentó". 

"El ambiente en el bar era muy variado, pero predominaba la gente con interés por el arte, y en concreto la música, la pintura, la fotografía o el teatro. Nosotros también éramos aficionados a todas esas cosas y estábamos dispuestos a que el bar tuviese una programación mantenida y continuada de actividades de este tipo. Éste era el verdadero ambiente del bar, más que el de un lugar de encuentro de surfistas. El que los dueños practicásemos este deporte era una anécdota. Sí que era cierto, que por su situación, cerca de la playa del Orzán, era donde quedábamos para coger olas. En los últimos años, en la parte trasera del bar, Tito tuvo un pequeño local/taller en el se guardaban y arreglaban tablas de surf, bicicletas y un largo etcétera de variadísimos artilugios, y en donde se mezclaba el olor a poliéster, fibra de vidrio y grasa de cadena. Hoy ese garaje sigue siendo el taller de Tito. También recuerdo hacer la entrega de premios de algún campeonato, o proyectar películas de surf, pero casi a puerta cerrada. Aquellos campeonatos no eran verdaderas competiciones, sino una disculpa para vernos, estar juntos y pasar un día de fiesta".

Independientemente de su actividad cultural, la apertura de O´Patacón, constituyó un hito fundamental en el desarrollo del surf en A Coruña. Pronto se convirtió en el lugar de referencia y punto de encuentro de toda la gente que se movía entorno al surf en Coruña. "Antes de O’Patacón, -recuerda Jose -como casi nadie tenía coche, nuestro lugar de encuentro eran siempre las escaleras del Orzán o el chabolo de Rufo, en donde quedábamos para desde allí desplazarnos a donde hubiese olas. Pero con la apertura de O’Patacón esta dinámica cambió, y el local pasó a ser nuestro lugar de encuentro. Normalmente a las 9 Tito ya estaba allí, y a medida que iba llegando la gente decidíamos nuestro destino. Fue prácticamente la cuna del surf en La Coruña, debido a que era el punto de referencia y de localización del mundo surfero en la ciudad. Toda la gente que venía a La Coruña y quería contactar con la gente del surf tenía que ir a O’Patacón". Pero también todos los tenían alguna inquietud artística o intelectual pasaban por O Patacón, que se mantuvo en pie hasta 1994. Fueron quince años de aventura, de intercambio y de relación con la gente que se terminaron porque el inmueble fue declarado en estado ruinoso. "Nos decían que estábamos locos por abrir allí, -recuerda Vari- ya que a finales de los setenta la calle Orzán era un poco lumpen. Años más tarde, sin embargo, se convertiría en una de las zonas más céntricas de la ciudad".

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