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16.2.20

UHANE. Boletín de estudios hawaianos.


Guardo en casa dos ejemplares del número 3 del mítico fanzine Sifón (uno de ellos saldrá dentro de unos días rumbo a Tenerife para Tato de Tato Surfboards (si no conocéis su colección, recomiendo la visita)). Tras el fanzine estaba Joserra de la Mar, al que conocía de nombre por sus "Narraciones orillares de Eddy Marmar" en la Surf Rule, y por una entrevista que había realizado a Amador Rodriguez para esa misma revista. Desde aquellas primeras referencias su nombre volvió a aparecer en otros artículos y textos que trataban sobre historia del surf o cultura hawaiana. Después Vicente Irisarri me habló de su nuevo proyecto, el Boletín de Estudios Hawaianos Uhane, y de lo interesante de sus artículos, que lo llevaron a protagonizar un programa en Música, surf y medioambiente.

Y si hoy hablamos de él es porque Joserra se acaba de publicar el tercer número de Uhane con el que se completa la trilogía de los Boletines de Estudios Hawaianos. Juntos resultan toda una enciclopedia sobre Hawaii, su historia, su música..., por lo que su contenido es muy interesante para todos aquellos que tenemos interés por el surf y ese algo más que le rodea. La relación de artículos, que sospecho que Joserra ha escrito bajo diferentes seudónimos, es extensísima. Estamos hablando de 150 páginas de maquetación muy fanzinera, que reúne joyas como sus tres portadas, el poster que se regala con el número 3 obra del ilustrador Javier Aramburu (autor de muchas de las mejores portadas de discos de los grupos más relevantes de la música nacional y uno de los miembros de Family), la entrevista a Jupa Soler, los artículos dedicados a Duke Kahanamoku, la Hokulea, Ben Finney, la astronomía o el arte de navegar guiado por las estrellas.

Así que se os interesa la cultura hawaiana, y queréis acercaros a ella desde un punto de vista nada convencional, podéis haceros con todos los ejemplares de Uhane pulsando AQUÍ.





8.11.16

LETRAS. Fuerteventura.


Antes de la aparición de las cámaras digitales tenía la costumbre de ordenar en álbumes todas las fotos que iba haciendo. Eran mis primeros años de afición a la fotografía, por lo que hoy muchas de esas fotos me parecen malas. Pero entiendo que formaron parte de un proceso de aprendizaje, que nunca termina, y que me ha llevado a las fotos que hago hoy. Entre todos los álbumes había algunos con un nivel mayor, entre ellos los de los viajes, y en especial el de Fuerteventura. A éste faltaban por incorporarle las de la última vez que estuvimos allí, pero en lugar de pasar a papel esas fotos, recorrí el camino de modo inverso: escaneé todos los viajes anteriores, y les sumé los textos que sobre la isla había escrito en el blog y las últimas fotos. Y el resultado es este libro, con la experiencia de mi paso por la isla.

A lo ya escrito sumé para la ocasión 3 nuevas paradas: Betancuria, Majanicho y el Faro del Tostón. Sobre ellos no había escrito en su día, y el libro no podría cerrarse sin referencias a estos 3 lugares.



BETANCURIA

Betancuria fue fundada por conquistadores normandos en el año 1404, durante el proceso de conquista de la isla de Fuerteventura, que se desarrolló en los primeros años del siglo XV. Betancuria, junto con Rubicón en Lanzarote, fueron las primeras ciudades fundadas por los europeos en Canarias y Betancuria tomó su nombre del propio conquistador, Jean de Bethencourt. Está situada en el valle del Macizo de Betancuria, y es una de las zonas menos desérticas y más fértiles de la isla. Su emplazamiento en un valle interior, alejado de la costa y rodeado de montañas, se debe a que esta ubicación ofrecía cierta seguridad y permitía una mejor defensa ante posibles ataques de piratas. Sin embargo, esta situación no pudo impedir que cuando los berberiscos invadieron la isla en el año 1593 llegaran hasta Betancuria, donde quemaron, destruyeron y desvalijaron los principales edificios.

A partir del siglo XIX, Betancuria fue perdiendo progresivamente poder a favor de otros núcleos de población como Pájara, La Oliva, Antigua o Puerto de Cabras. Finalmente en 1834 perdería la capitalidad de la isla.

El 91,2% del territorio del municipio de está ocupado por el Parque Rural de Betancuria, espacio protegido por sus valores geomorfológicos y etnográficos.

El Macizo de Betancuria constituye uno de los más espectaculares afloramientos del Complejo Basal Insular, con un elevado valor científico y paisajístico. Se localizan en este Macizo importantes depósitos de materiales antiguos, con sedimentos oceánicos y fósiles de animales marinos desaparecidos, que constituyen en la actualidad el Monumento Natural de Ajuy.

En este espacio confluyen afloramientos del Complejo Basal de la isla y coladas de series volcánicas subaéreas. El paisaje se caracteriza por su peculiar cromatismo, por la alternancia de lomos de aspecto suave con barrancos en forma de U y la presencia de estribaciones montañosas de considerable envergadura en el contexto insular, como Morro Velosa (669 m) y Morro de la Cruz (676 m), la Gran Montaña (708 m) y Morro Jana (764 m).


MAJANICHO

Majanicho marca en cierto modo la mitad del camino en la ruta de las playas por el Norte. De hecho es el pueblo situado más al Norte de toda la isla de Fuerteventura. En nuestro primer viaje siempre se llevaba al pueblo después de recorrer varios kilómetros de carreteras sin asfaltar. Daba igual la ruta que eligieses. Pronto descubrimos que existía una velocidad a partir de las cual se sentían menos los baches: 80 km/h, lo que hacía sin duda la ruta más interesante. Con lluvia, y sobre todo si elegías la carretera de la costa, las posibilidades de quedarse enterrado eran muy grandes, y más si viajabas con un turismo. Creo que nos pasó una vez. 

Majanicho parece un pueblo de otra época. Situado en una protegida bahía, de aguas siempre tranquilas, en él no encontrarás nada de lo que te puedas esperar de un pueblo situado en una zona turística de las Islas Canarias. No hay tiendas ni restaurantes. De hecho muchas veces llama la atención de que prácticamente no hay gente, aunque todas las casetas estén ocupadas.


EL FARO

El faro del Tostón se encuentra 5 kilómetros de Cotillo, en un saliente llamado Punta Ballena. Entró en funcionamiento en 1897, y junto con el faro de la isla de Lobos y el de Pechiguera, en Lanzarote, forma un triángulo que señaliza perfectamente el estrecho de la Bocaina, que separa las islas de Fuerteventura y Lanzarote.

El faro ha sufrido varias reformas desde sus construcción hasta adoptar su forma y altura actual. En 1923 se cambió la linterna ubicada en el interior de la cúpula metálica verde que lo coronaba. En 1955 se construyó una nueva torre, de forma octogonal, adosada al edificio de una planta en el que vivía el farero, de modo que la altura del faro pasó de los 6 metros con los que se construyó a 13,25 metros. En la decisión fue fundamental las múltiples quejas que se recibieron por la escasa visibilidad del faro, especialmente cuando las condiciones meteorológicas eran adversas. Tal debía ser la situación que en la Guía de Señales Aeromarítimas de España de los años 60 se advertía a los navegantes de que “la rompiente que se forma al chocar las olas en el bajo del Tostón, situado a unas dos millas del faro, interfiere en los destellos”.

En 1985, tras varios accidentes en los que la falta de visibilidad del faro fue fundamental, se levantó la actual torre de 37,3 metros.

En el interior del faro se encuentra el Museo de la Pesca Tradicional, y en el exterior una “ruta” que te dirige por la costa que lo rodea. Cerca del faro existen una serie de paneles que explican las particularidades de la zona. Entre todos, me llamó la atención uno que hablaba sobre los “jallos”, término canario que se cree procede de la palabra “hallazgo”.

“La carestía de materias primas y la pobreza de los antiguos pobladores hizo que los majoreros dieran mucha importancia a los hallazgos en el litoral. Maderas, sogas, mercancías caídas de un barco. Todo lo que el mar arrastraba al litoral podía ser útil.

Los habitantes de la isla han acuñado una palabra para estos regalos marinos: “jallo”. Así, durante mucho tiempo, el mejor almacén de madera de los majaderos fue su litoral. De ahí salió la materia prima para más de una casa e incluso de una barca de pesca”.


  



  




Podéis encontrar los enlaces a todas las entradas dedicadas a Fuerteventura en el blog, y con las que he conformado el libro, pulsando AQUÍ.

9.4.16

HISTORIAS. Un viaje marcado por las nubes.



















Cuando uno piensa en pasar unos días en cualquiera de las Islas Canarias, la imagen que le viene a la mente es sin duda la de playa, sol y olas. Y aunque se vaya por motivos de trabajo, siempre se espera que haya un momento en el que al menos uno pueda darse un baño, y más cuando por aquí aún no parece que haya empezado la primavera.

Las posibilidades de partida eran pocas. De hecho casi todas se reducían a la tarde del primer día. Pero el "tiempo libre" comenzó a reducirse cuando el avión se disponía a aterrizar en el aeropuerto de Tenerife Norte, también conocido como el de "Los Rodeos", por el nombre del lugar en el que se ubica. El comandante nos explicó, en un tono muy calmado, que debido a la escasa visibilidad en la ruta de aproximación a las pistas, íbamos a estar dando vueltas esperando a ver si se despejaba la niebla. Pero tras tres rodeos al Teide, el vuelo se desvió al aeropuerto de Tenerife Sur, con lo que entre el retraso por la espera, y el trasladado hasta el Norte, la noche se nos echó encima.

Esta situación, que después nos dirían "sólo se da tres o cuatro veces al año", al parecer es bastante habitual. Tanto que ha dado a que exista una leyenda sobre la decisión de ubicar el aeropuerto en ese lugar, alimentada posiblemente por la misma pregunta que yo me hacía: ¿cómo se les ocurrió poner un aeropuerto allí?. De hecho se dice que "Los Rodeos" es uno de los aeropuertos más temidos por los pilotos.

Situado en un alto, a 600 metros sobre el nivel del mar, las condiciones meteorológicas en el aeropuerto están determinadas por la geografía de su entorno, dominada por una cadena de montañas que se eleva hacia el interior de la isla, y los vientos dominantes. Estos dos factores, unidos a la cercanía del mar, hacen que sobre sus pistas exista una "nube permanente", que cuando está más baja, hace que los pilotos, en su aproximación, no tengan visión sobre el lugar en el que han de aterrizar. Esta escasa visibilidad, unida a los vientos racheados laterales que suelen ser habituales, y a unas pistas de longitud no demasiado extensa, hacen del aeropuerto de Tenerife Norte uno de los más complicados. El hecho de que en 1977 sucediese en sus pistas el accidente más grave hasta ahora ocurrido en la aviación civil, ha incrementado sin duda su mala fama, que acumula 14 accidentes aéreos y 951 víctimas (el último accidente grave ocurrió en 1980).

La decisión de construir un aeropuerto comercial en Tenerife se tomó en los años 20 del siglo XX, a petición de la compañía aérea Lufthansa, con la intención de comunicar Berlín con las Islas Canarias, y potenciar los vuelos transoceánicos, en los cuales la situación de las islas, en medio del atlántico, resultaba estratégica como punto de avituallamiento intermedio. La leyenda cuenta que el técnico encargado del estudio para encontrar la mejor ubicación, recogió en una serie de planos varias posibles localizaciones, una de las cuales, la de Los Rodeos, se marcó con una gran X en rojo. Antes de concluir su estudio, el técnico falleció, sin dejar escritas sus conclusiones. Años más tarde, cuando se llevó a cabo el proyecto, las personas encargadas se basaron en esos planos en la toma de decisiones, e interpretaron la X marcada en rojo como el lugar elegido. Lo que dice la leyenda es que en realidad aquella marca indicaba el sitio en dónde el aeropuerto nunca debería ser construido.

Sin embargo, tal y como he podido leer, esta historia no es cierta. De lo que estoy seguro es que, con los criterios actuales, nunca se hubiese construido un aeropuerto en ese lugar. De hecho, y en el momento de redacción del proyecto, ya se reconocía una operatividad del 75%, tal vez admisible hace 100 años. Podéis leer la verdadera historia sobre la elección de la ubicación del aeropuerto de Los Rodeos, pulsando AQUÍ y AQUÍ.

Y si el vuelo de ida protagonizó nuestra llegada, el de vuelta se adueñó de nuestro regreso. Tras dos días en la isla, las condiciones meteorológicas no habían variado, Seguía lloviendo, y Los Rodeos continuaba cubierto por una densa nube. ¿Despegaría nuestro avión o tendríamos que ir hasta el Sur?. Cuando llegamos a nuestra puerta de embarque, y vimos que el avión no estaba, nos imaginamos lo peor. Pero pasados 10 minutos de la hora prevista para el inicio del embarque, llegó la tripulación. 10 minutos más tarde lo hacía el avión. Salimos con 40 minutos de retraso, el margen que teníamos con el enlace que habíamos de coger en Barcelona. Confié que durante el vuelo se recuperase parte del retraso, y así fue: las puertas del avión se abrieron 12 minutos antes de la salida de nuestro siguiente vuelo. Salí corriendo del avión. En nada adelanté a los italianos, que en mi misma situación, corrían para no perder el vuelo que los llevaría hasta Pisa. 32 puertas nos separaban de nuestra meta: ellos tenían la 52; yo la 51. Empecé con fuerza, pero pronto vi que entre puertas había unos 60 metros. A ese ritmo me iba a costar llegar al final, así que dosifiqué. Cuando llegué a mi puerta de embarque el avión aún estaba allí. Me identifiqué, y el personal de la compañía aérea intentó hablar con el piloto: comunicaba. Lo volvieron a llamar, y seguía comunicando. Una de ellas se acercó andando hasta la puerta del avión. Mientras esperaba vi pasar a los italianos, también corriendo. ¿Tendrían ellos más suerte que yo? Al minuto, me confirmaban que las puertas del avión estaban cerradas, y que lo había perdido. Me tocaba quedarme a dormir en Barcelona.

Al día siguiente, y ya sin incidencias, aterrizaba en Coruña. 26 horas después de la salida, llegaba a casa.

25.2.16

LETRAS. Atlas de Islas Remotas.






Existen muchas maneras de viajar, y una de ellas es con la mente. Las guías y los libros de viajes son, sin salir de casa, el medio escrito más directo para tener un montón de información sobre un lugar sin haber estado en él. Pero si lo que realmente buscas es viajar con la imaginación, los mapas, y sobre todo los atlas, son el modo ideal de hacerlo. 

En casa, y en una pared, aunque sin colgar, tenemos un mapamundi del año 1986, impreso en Alemania antes del desmembramiento de la Unión Soviética, de la guerra de Yugoslavia, y de la caída del muro de Berlín. Un mapa en el que se representa un mundo totalmente diferente al de hoy, por lo que el viaje con él ya no es sólo geográfico, sino que también temporal. 

Ante la inmensidad del planeta, contenida en el interior del marco de un cuadro, uno pasa a ser consciente de las distancias entre los diferentes países. De las relaciones entre ellos. O de cómo la geografía ha podido condicionar su historia. Pero también de cómo, y con algo de perspectiva y pensamiento crítico, ese mapa se convierte de pronto en una metáfora de cómo mayoritariamente se nos ha contado la Historia: con Europa normalmente ocupando el lugar central del mundo; con Asia y América en los extremos, separados por lo que parece una inmensidad; y todo ello a través de una representación plana de los continentes, que en realidad no es nada fiel a sus verdaderas dimensiones. 

Tenemos también un pequeño globo terráqueo, éste más moderno, del año 2.000, y de no más de 12 centímetros de diámetro. Tan pequeño que las fronteras resultan prácticamente invisibles. Si lo piensas, y no solo porque en el globo se logre representar de un modo más aproximado la verdadera dimensión de los continentes, el que casi no se pueda distinguir un país del otro, tiene mucho sentido. Las fronteras políticas, que no las geográficas, no dejan de ser en realidad más que una invención del hombre. Algo que la historia, y el mapamundi que descansa apoyado en el suelo de casa, demuestran como obsoleto en tal vez no muchos años. 

Y todo esto lo cuento para hablar de un libro que encontré el otro día en una librería: el "Atlas de Islas Remotas". Con un título así no pude evitar ojearlo, y poco después hacerme con él. Lo que más me atrajo, además de su excelente edición, era la oportunidad que se ofrecía en su contraportada de viajar a lugares alejados no solo de tierra firme, sino también de los habituales libros de viajes. Lugares a los que posiblemente nunca desease ir por inhóspitos, estériles y extremos. Tan poco accesibles que algunos, como la isla de Pedro I en la Antártida, han sido visitados por el hombre en menos ocasiones que la Luna. Lugares que esconden además historias terribles que han marcado su devenir, hasta el punto de que alguno ha sido nombrado por los sentimientos que generaron en los que las descubrieron en medio de los océanos.

A cada isla se le dedica en el libro un relato, que se acompaña, como en los mejores atlas, con una detallada representación de su geografía. También detalles como su año de descubrimiento, extensión, número de habitantes, hecho históricos que la han marcado, y distancias con respecto a otros puntos geográficos más conocidos.

El que el libro esté organizado en breves relatos me permite lecturas casi puntuales. Ahora mismo, y mientras veo el Eddie Aikau, estoy viajando por algunas de las islas del Pacífico, que es el océano que tiene una representación más numerosa. De todas, la isla más cercana a Hawaii creo que es la de Howland, a 3.030 km de Oahu. Solo 1,84 kilómetros cuadrados de superficie. Totalmente deshabitada. El lugar al que debería de haber llegado Amelia Earhart en su intento de ser el primer aviador en dar la vuelta al mundo siguiendo la línea del ecuador. Allí le esperaba el guardacostas Itasca, con reservas de combustible para poder continuar con la aventura. Su último mensaje por la radio fue: "estamos llegando, pero no vemos nada. Nos queda poca gasolina". Tras dar su última posición, el siguiente mensaje fue el silencio.

6.5.15

HISTORIAS. Malpica Longboard Classic (parte 3).






El viernes tras la cena había que decidir: o salir, o acostarse pronto para surfear a primera hora. Las últimas olas del día habían estado muy bien, así que opté por surfear. Cuando me desperté llovía una barbaridad, así que esperé a que parase un poco, y tras el desayuno, y sin mirar el mar, me cambié y fui al agua. Cuando llegué a la playa, me crucé con Pepe Birra, que salía del agua (y eso que yo me creía madrugador). Tras ellos no había nadie más, así que durante una hora, y aunque fuesen pequeñas, tuve todas las olas de Malpica para mí. Me recorrí toda la playa remando buscando el mejor pico, que estaba precisamente allí en donde había entrado. 

Pronto llegaron los Formosel, que me habían estado viendo desde la ventana de su habitación, pero que inteligentemente decidieron esperar al mejor momento de la marea. Con ellos en el agua ya tenía con quién hablar, y César y Iago siempre dan buena conversación. Así estuvimos los tres al menos otra hora más, hasta que comenzaron a entrar el resto de "madrugadores".

Tras el baño, dar una vuelta por el pueblo y encontrarme con Fran y Patricia a los que no veía desde hacía al menos 8 años, decidí cumplir con una de las cosas que tenía pensado hacer antes de empezar el fin de semana, y que César me recordó cuando, en el medio del baño, me contó la historia de los padres de un amigo que habían pasado su luna de miel en el faro de las Sisargas: ya que estaba en Malpica tenía que ver desde cerca las islas que veo desde casa, y después visitar el faro de Nariga. 

Mientras iba conduciendo por la carretera de la costa, y antes de ver las islas, iba recordando algunas de las historias que se contaban en el artículo escrito por el periodista Santiago Romero que tanto me había llamado la atención meses atrás, y en el que se expresaba la importancia simbólica y vital que las Islas Sisargas habían tenido, y tienen, en la historia de la gente de Malpica: "Algunos historiadores sostienen que el topónimo de Sisargas procede de "Circargas", islas del cobre, identificándolas con las legendarias islas Casitérides de los fenicios. A lo largo de la historia han sido muchos los escritores y artistas que han encontrado inspiración en las Sisargas y en la imagen de las islas como metáfora de una enorme bestia marina. Para Alvaro Cunqueiro eran un megalítico centollo petrificado; para el cronista de viajes inglés Aubrey Bell, el lomo de un oculto cetáceo. Las Sisargas aparecen en las más antiguas leyendas locales como el cubil de una monstruosa serpiente que aterrorizaba a la población que habitaba en el que hoy se conoce como el cabo de San Adrián, y que toma su nombre del militar romano que libró a los lugareños del gigantesco reptil. Como si la geología quisiese darle veracidad a la leyenda, al pie de la ermita situada en el cabo, y a poco que se busque, es posible encontrar una veta de mineral, de color amarillo, que sobresale entre el color más oscuro de la piedra circundante, y que se enrosca de manera que sugiere exactamente la forma de una serpiente".

Cuando llegué frente a las islas soplaba un viento muy fuerte. A pesar de que en la playa el mar estaba casi en calma, en alta mar, que es donde se encuentran las islas, la cosa era bien distinta. Aquello no dejaba de ser un plasmación de la realidad del lugar, en donde, y a parte de las leyendas, el verdadero peligro para los habitantes de estas costas ha estado en el mar. Muchos han sido las personas que han muerto en estas aguas, y muchos los barcos que se han hundido. En la propia playa se puede leer una placa en la que se cuenta el naufragio del vapor británico Priam, que el 11 de enero de 1889 se hundió tras tocar con los bajos de la piedra Cistela. Murieron 5 pasajeros y 4 tripulantes, y no fueron más porque los marineros de Malpica se jugaron su vida en medio del temporal y lograron salvar a 35 náufragos. A saber cuantos más habrá habido.

Tras las Sisargas, continué por la costa hasta el faro de Punta Nariga. La llegada al faro es espectacular, a través de una carretera que atraviese unos terrenos de los que surgen unos impresionantes bloques de granito moldeados por la acción del viento y el mar. En un libro de faros que tengo en casa, he leído que se trata de el último de los faros construidos en Galicia, obra del arquitecto César Portela. Totalmente de granito, el faro parece sobresalir de los acantilados, aunque sus formas angulosas no contrastan muy bien, para mi gusto, con las redondeadas del entorno. En él todo es automático, y no vive ningún farero. Tampoco ya en las Sisargas, en donde al parecer cada guardia era un verdadero reto para la fortaleza mental de estos trabajadores del mar. Así lo contaba, en el artículo de Santiago Romero, uno de los últimos fareros que habitó las Sisargas, Jesús Martínez: “Nos turnábamos en Sisargas tres fareros, José Ramón Álvarez, Javier Castro y yo. No recuerdo quién hizo exactamente la última guardia en la isla. Lo más duro era el invierno, aquel invierno de diez meses que teníamos antes en Galicia. Y la soledad. Nuestros turnos eran en principio de diez días, pero muchas veces tenías que quedarte más tiempo porque el barco no podía sacarte por el mal tiempo. Lo máximo que llegué a estar fueron 27 días, en pleno temporal. El riesgo, más que físico, era volverte medio majara, de estar tanto tiempo solo. El teléfono casi nunca funcionaba, estábamos prácticamente aislados. Salvando todas las distancias que pueda haber, la situación es la de sentirte encerrado. Es una especie de condena. Condena con gusto, porque te pagan y es una profesión que has elegido y sabes a lo que te expones. El problema no era sólo tuyo, cuando había grandes tormentas, no conseguían hablar contigo y la familia estaba muy preocupada. Algún golpe que otro llevaron las paredes cuando, después de tantos días de soledad, te tocaba marchar y a última hora veías que no podían venir a buscarte”.

Tras un rato en el faro, y tras volverme a encontrar con Fran y Patricia, decidí regresar a Malpica. Tras la comida se había anunciado la proyección de varias películas clásicas seleccionadas por Pepe Birra. Un prólogo excelente al que podría ser un nuevo baño por la tarde.

15.1.15

HISTORIAS. Las Islas Sisargas.




A veces, en días de temporal como el de hoy, abrigado en casa y mirando el mar por la ventana mientras fuera el viento sopla con fuerza, pienso en cómo sería la vida de la gente que vivía en faros como el de las Islas Sisargas.

Hoy hay tan poca visibilidad que no se ve más allá de Cabo Prioriño. Evidentemente la costa de Carballo y las Sisargas ni se adivinan. El horizonte no existe por los millones de partículas de agua que hacen que la superficie del mar se vaya difuminando hasta confundirse con las nubes del cielo, formado un todo continuo de agua. Pero de todos modos, y aunque no las vea, sé que las Sisargas están allí.

Sobre ellas, en la Sisarga Grande, se encuentra el faro. El actual fue construido entre 1912 y 1915, gracias al empeño y el esfuerzo de los propios vecinos, al lado de los restos del primer faro construido en 1853. Los sillares y mampuestos, que dan forma a sus muros y la torre, fueron llevados desde tierra a la Isla en las embarcaciones de los pescadores, quienes también se ocuparon de su construcción,  conscientes de la importancia de tener esa referencia luminosa y acústica para volver a puerto en medio de la noche o de un temporal. 

Durante años la Isla estuvo habitada por varias familias, que eran las encargadas de que el faro cumpliese su función de señal marítima. Para días de poca visibilidad como el de hoy, disponían de un cañón para sustituir la señal luminosa por una acústica. Más tarde se construiría el edificio de la sirena. Con los años, la Isla pasó a estar únicamente habitada por el farero, que en guardias de varios días, cuidaba que la luz funcionase, solo, refugiado en las labores de mantenimiento y en la lectura. En ocasiones, y aunque su periodo de guardia hubiese concluido, debía permanecer en su puesto por culpa de los temporales, que impedían que sus compañeros viniesen a sustituirle.

Hoy la tecnología permite situar la posición del faro aunque no se vea. Ya nadie habita el faro. Pero me imagino que en medio de la borrasca, y aunque el ordenador te dé su referencia, no hay nada como ver su luz blanca, con sus tres destellos cada quince segundos, indicándote su posición en tierra firme. Un punto fijo que sirve de guía mientras todo a tú alrededor no para de moverse.